La pesadilla del iconoclasta. El bueno, el malo y el mandaloriano

Juan Cruz López Rasch 

The Mandalorian es una serie exclusiva de Disney Plus lanzada en el año 2019. Recientemente se estrenó su segunda temporada. Es imposible no reiterar los elogios que otros comunicadores ya han divulgado. Entre las múltiples y diferentes virtudes que exhibe The Mandalorian hay una que destacan los integrantes del fandom: la serie recupera la esencia de la trilogía original de Star Wars, la de los episodios IV, V y VI. Ahora bien, aquí surge una pregunta: ¿cuál es esa «esencia» a la que se hace referencia? Muchos argumentan que la reminiscencia a los filmes clásicos se observa en la historia, en los nudos argumentales propiamente dichos y en la forma de narrarlos. No voy a negar la veracidad de la afirmación, pero me gustaría complementarla con otras cuestiones. 

George Lucas fue —y es— un gran estudioso de las historias que estructuran las identidades culturales. En su labor creativa detectó los denominadores comunes sobre los cuales estaban asentados los relatos fundacionales de las diferentes sociedades. Así, procuró que su obra fílmica contara con todos los elementos arquetípicos de cualquier historia atrapante: un personaje principal que en un momento determinado, siente el llamado de la aventura y, por algún motivo en particular —ya sea (1) venganza, (2) satisfacción individual o (3) necesidad de proteger a los demás—, se arroja hacia lo peligroso y lo desconocido. En su periplo, el protagonista crece, madura y se nutre de experiencias que, al fin de cuentas, le permiten desarrollar su personalidad, para bien o para mal. Eso es lo que ocurre con Anakin, Luke y Leia Skywalker. El primero de ellos, con un final trágico y funesto que, directa o indirectamente, permite la redención de su linaje gracias a los actos finales que él mismo comete. 

Para quienes jamás vieron un filme de Star Wars, incurriré en dos importantes spoilers. Al final del episodio V, The empire strikes back (1980), descubrimos que Darth Vader —el villano o, por lo menos, el antagonista más interesante de todos— es el padre del héroe. El complejo de Edipo se cuela por la trama. El hijo debe matar al padre, en este caso, literalmente hablando. En el siguiente filme que cierra este ciclo de tres partes, Return of the jedi (1983), el progenitor se sacrifica por su hijo, arriesga su vida y, además, le ahorra al héroe dar un paso que éste nunca se atrevería a dar. Las viejas generaciones mueren para que las nuevas se salven, florezcan y sean mejores que ellas. 

The Mandalorian, a su manera, recupera esta temática. Un cazarrecompensas se encuentra con un ser que tiene aspecto de bebé. El personaje principal, interpretado por Pedro Pascal, decide proteger a la criatura y arriesgarse para salvaguardarla. «Show me the one whose safety deemed such destruction» («Muéstrame a aquel cuya seguridad devino en tanta destrucción»), dice una de las actrices, al final de la primera temporada, sintetizando a la perfección la serie. De esta manera, la figura paternal renuncia a todo para salvar a otro que adopta, de algún modo, como su hijo. El protagonista, entonces, madura y adquiere una de las nociones más distintivas de la paternidad: considera que su vida vale mucho menos que la de aquel que percibe como su retoño. 

Creo que este tipo de mensajes tiene otro tipo de implicancias. Para los fanáticos de la pop culture existe una noción según la cual las películas, las series, las canciones y los libros pertenecen a sus consumidores, a sus oyentes, a sus espectadores y a sus lectores. Se trata de una mirada romántica pero poco realista. Aunque es verdad que toda mercancía cultural se desarrolla y se convierte en exitosa gracias a su público; las producciones de las empresas del entretenimiento no son más que eso, cosas de su propiedad.  

Me gustaría dejar en claro que no soy un liberal, en términos económicos. Tampoco me identifico con esos impresentables que consideran que la propiedad privada y la autonomía desmedida del mercado son los más importantes principios sociales, incluso por encima de los derechos humanos. Revisen cualquiera de mis notas anteriores y observarán que mi ideología dista mucho de eso. 

Ahora bien, nos guste o no nos guste, las empresas que producen películas, los estudios que graban canciones, las fábricas que utilizan los derivados del petróleo para confeccionar muñecos de colección, son empresas, es decir, entidades con fines de lucro.  

Star Wars fue una idea brillante, de un cineasta con una gran formación artística y académica, pero que también necesitó del éxito económico para mantenerse y extenderse. El universo imaginario construido alrededor de los filmes protagonizados, en un principio por Mark Hamil, requirió —y requiere— de la reproducción ampliada del capital. Todos los artistas que cuentan con suficientes recursos para concretar sus ideas, o parte de ellas, necesitan del capital —del vil, espantoso, horrible, inmoral, pero fundamental capital—. La industria del cine es, precisamente, una industria, y como tal, su objetivo es producir, vender, obtener ganancias y reproducirse ad infinitum

Parte de crecer implica aceptar esta realidad, lo cual no significa caer en la resignación. Lo que quiero decir es que, llegadas a cierta edad, las personas deberían de tener en claro que hay condiciones estructurales de existencia que van más allá de nuestra voluntad y subjetividad individual. Madurar implica, para quienes somos fanáticos de Star Wars, comprender lo obvio: se trata de un producto comercial creado por una empresa para ganar dinero, invertirlo y obtener aun más dinero. En reiteradas ocasiones olvidamos esto y caemos en un discurso en el que pensamos que todo lo que acontece en la realización de una serie, una película o una historieta derivada de la franquicia creada por Georges Lucas debe responder a las expectativas de los espectadores clásicos, de los fieles, de los hinchas de toda la vida. Para bien o para mal, esto no es así. 

Lo bueno es que, en el caso de The Mandalorian, conviven a la perfección los intereses espurios de la industria del entretenimiento junto con las expectativas de los fanáticos de Star Wars. No es un detalle notar que Favreau dispone de todos los recursos habidos y por haber del conglomerado del ratón. Más allá de los problemas, contradicciones y moldes preestablecidos que Disney establece, y que pudimos notar en los fallos de la última trilogía, el realizador cuenta con los medios que necesita para materializar sus sueños en el celuloide. Favreau, además, parece sentir predilección por el mismo tipo de cine que, en su momento, inspiró a Lucas, el de samuráis y, especialmente, el de cowboys.  

The Mandalorian constituye todo un homenaje a las películas ambientadas en el lejano oeste. Se trata, de hecho, de un western intergaláctico, protagonizado por un hombre parco, taciturno, sujeto a un código de conducta tan estricto como rebuscado que, por diferentes circunstancias, se encariña con quienes considera más débiles y, a raíz de ello, siente la obligación de protegerlos. No por casualidad la serie se encuentra llena de escenas en las cuales se exuda testosterona y en las que se configura un clímax tan denso que se corta con una navaja. De esta manera, en The Mandalorian abundan las miradas serias, los momentos expectantes, las manos apoyadas en el cinturón y los dedos que juegan con desenfundar el arma. 

The Mandalorian constituye así una de las producciones más interesantes y recomendables. Un uso adecuado, moderado y coherente de los efectos especiales, un casting increíble (con Nick Nolte incluido) y una historia de aventuras que resulta atrapante para propios y ajenos a la franquicia, hacen de esta serie una de las mejores producciones audiovisuales de los últimos años. 

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