Desde el umbral. Sugerencia de lectura: El libro vacío 

Demetrio Navarro del Ángel 

Sé que no podré escribir. Sé que el libro, si lo termino, será uno más entre los millones de libros que nadie comenta y nadie recuerda. 

Josefina Vicens, El libro vacío  

Sin duda alguna hay libros imperdibles para autores primerizos, para autores consumados, para lectores contemporáneos, críticos, meditabundos, pacientes, intranquilos, destructores, curiosos, fortuitos; con ello quiero decir que sin importar el tipo de lector que seas, El libro vacío te enganchará y no podrás dejarlo hasta llegar a la última página.  

La obra de la cual les hablaré hoy es uno de los primeros libros que leí, al cual vuelvo cada año porque creo que el mismo libro me dice cosas nuevas. Parafraseando lo que mencioné en la columna anterior: el ser humano está llamado a la evolución y a sufrir esas metamorfosis constantes —desde luego en el mejor de los sentidos y para bien de todos—. 

¿Quién puede imaginarse un libro vacío? En un primer momento pueden venir a nuestra mente páginas en blanco, tal vez con incipientes trazos, letras patinando entre mandalas y grafitis; un proyecto inconcluso, un libro que puede escribirse en el día a día, una máquina de escribir y un puño de hojas desordenadas esperando que alguien escriba en ellas… 

El libro vacío constituye una auténtica oda a lo atemporal, un libro con el cual pueden derivarse muchísimas reinterpretaciones, momentos en los que se juntan espacio y tiempo para darnos una espectacular perla a la cual se aplicarían los estándares de excelencia y estaría en los mejores escaparates del mundo. 

El libro vacío es uno de esos pilares hechos a mano: se aprecia el cuidado en cada detalle, una obra de arte que rompe con los estereotipos de la narrativa mexicana del siglo XX. Vacíos existenciales quedan manifiestos entre líneas: escribir o no escribir, he ahí el dilema que aqueja a muchos de los escritores actuales y que agobiaba sin duda a la autora del mismo. 

Josefina Vicens se vuelve una arquitecta espectacular: diseña un juego de introspección y de escritura con un personaje que se mueve en un espacio habitual y sin extravagancias. La voz del monólogo de José García nos cautiva desde ese otoño artístico, desde la urdimbre de ese entorno sombrío en el que se siente desfallecer ante la imperiosa necesidad de escribir y el silencio de contárselo a los demás, pues no lo entenderían. 

A través de metáforas sagazmente plasmadas en la narrativa, el narrador representa los roles, la vida citadina de cierto grupo social e incluso el statu quo social al cual todos debemos alinearnos o, bien, reflexionar más allá de este imperativo y concluir que existe la posibilidad de cuestionar ese «deber ser» —que en la mayoría de las ocasiones aceptamos con sumisión como una costumbre heredada de generación en generación—. 

Nos sumamos a la sucesión de los días de este contador de clase media (el narrador), quien pretende encontrar a través del acto de escribir un escape de la repetición que hay en su microcosmos. Tal vez si el personaje hubiera vivido la experiencia de la cuarentena, extrañaría, sin duda, esa rutina que le resulta aborrecible y que nosotros extrañamos tanto. 

Para quienes escriben es más fácil sentirse familiarizados con estas embestidas ante el acto de escribir que narra el personaje: el miedo apabullante a la hoja en blanco, la desconfianza a mostrar lo que se escribe y sentirse avergonzado por ser algo anodino. El texto es el marco perfecto que nos hace experimentar en carne propia estos ciclos recurrentes que se plasman en este atisbo etéreo. 

José García es un espíritu inquieto, sumido en el automatismo. Tal vez la sencillez con la cual está escrito atrapa desde el primer instante al lector, quien se adhiere al personaje y trata de entender su filosofía de vida —¿Será acaso la filosofía de la escritura?—. Las preocupaciones que lo aquejan, moldeando a imagen y semejanza a cada uno de nosotros —no importa si seas hombre o mujer—, harán que disfruten de los magníficos instantes que vibran en el texto.  

El lector puede respirar en este cálido lugar, en esta atmósfera en la que el álter ego de Vicens intenta desdoblarse y reconstruirse. García es un personaje tan real que casi puedes palparlo. Compra dos cuadernos para intentar darse a la tarea de ver germinar la escritura y ser productivo. En él hay un «yo» fracturado que tiene conciencia de lo que desea, pero las condiciones que lo rodean le impiden realizar la noble tarea de escribir tal y como él la concibe.  

Dicho personaje se recrimina continuamente su falta de pericia para lograr el cometido de su conciencia que es escribir. En el primer cuaderno nos habla acerca de la cotidianeidad, de la soledad, de la conciencia del paso del tiempo, de la familia, de la escritura misma como proceso creativo y de esa incapacidad que encuentra en sí mismo para formular tramas, personajes y atmósferas complejas que sean dignos y tan contundentes para cautivar a las audiencias.  

Mis promesas rotas, mis cambios de opinión, mis dualidades emotivas, todas mis contradicciones parecen menos graves cuando simplemente las pienso o las hablo. La expresión oral y el pensamiento tienen una esencia efímera que no compromete. Lo que da una impresión de informalidad e inconsistencia es la frecuente rectificación de los conceptos que se consignan por escrito, como supuesto fruto de largas y concienzudas meditaciones, o la de una verdad que nos parece incontrovertible y que afirmamos como tal, con igual firmeza que unos días después afirmaremos otra que niega la anterior (Vicens, 1978: 196). 

En el segundo cuaderno, quiere escribir una novela importante y que trascienda. Es una contradicción o una ironía que el libro vacío que llega finalmente a nuestras manos es, pues, el primer cuaderno de José.  

Por el contrario, el libro vacío se quedó tal cual su nombre lo indica: vacío. Sin duda la cotidianeidad y el abordaje que se hace en la novela donde cada palabra es la adecuada para decir las cosas de forma llana, de forma un tanto personal y con esa veracidad que pocas veces ofrece la literatura. 

El personaje principal y Josefina Vicens se combinan en una simbiosis literaria, en la cual se lidia con los conflictos cotidianos, con ese perenne deseo de escribir como desahogo y catarsis personal para lograr llenar ese vacío consigo mismo y cuestionar lícitamente ese «deber ser» —por obvias razones no lo hace de viva voz, pero utiliza la escritura como medio y forma para poder gritarlo desde sus adentros—. 

La imposibilidad de verter en palabras rebuscadas aquella novela extraordinaria dan como resultado ecos que hipnotizan al lector, que corrompen los silencios de esa vida irrepetible rodeada de problemas tan comunes que generan cierta simpatía en la audiencia.  

Josefina, a través de su personaje, escribe de nimiedades, de cosas insulsas y convencionales —sin esa opulencia que se estampa en otros textos literarios, casi de forma plana—, pero con esa intencionalidad que el buen escritor siempre tiene en mente.  

La autora comentó algún día que casi era un calco de su realidad, que no era una invención. Esto es muy creíble, pues el escritor siempre escribe de lo que conoce, aquello que padece, lo contrario sería falso. 

Hay autores que se consagran con una sola obra o con unas cuantas, no es necesario para ellos escribir nada más. Este libro de una autora «escueta» e «inconforme», como ella misma se adjetivó, resulta simple y reconfortante. Teje un «yo» fracturado, una suerte de catarsis y un desdoblamiento sobre el problema de la escritura que a grandes rasgos he descrito. 

En el texto se cuela el imaginario del personaje en el que se sumerge y, a la vez, vierte su creatividad en esas hojas un tanto desechables y desorientadas en medio del caos de una vida con matices, sinsabores, rodeado de cosas humanas y normales.  

Nuestro protagonista analiza su vida, desde un reconocimiento de su «yo» escritor, de su «yo» persona, en una especie de sometimiento cíclico en donde la ficción y la realidad son recreadas con cierta ironía, condensada en su piel. Se encuentran presentes las angustias y aflicciones de los escritores del ayer, del hoy y tal vez del mañana.  

Este es un libro contundente en el que el protagonista se reconoce a sí mismo, una suerte de espejo en la cual se da cuenta de su existencia, de su valía, de esa forma distinta de ver lo ordinario y convertirlo tal vez en algo absolutamente excepcional. José García se da cuenta de esos hombres adyacentes, escondidos, que habitan, repiten y amplían la propia identidad de cada uno de nosotros. 

De mí, ¿qué podría decir? Nada, no sé, no sé lo que me pasa. Pero en este instante, después de haber imaginado una libertad que tal vez me permitiría escribir, que es una forma de expresarme, pero que me impediría vivir mi realidad diaria y entrañable, que es otra esencial forma de expresión, sé que antes que escritor, suponiendo que llegara a serlo, soy lo que he sido y seré siempre: un hombre que necesita escribir y vivir encerrado en su cárcel natural e intransferible (Vicens, 1978: 213). 

Me despido desde el umbral, esperando que ninguno de nosotros vivamos encerrados como José García en esa cárcel natural e intransferible. Esperemos que a estas alturas nuestra realidad sea distinta y, si no lo es, al menos tendremos la oportunidad de escribir como el personaje y adaptarnos a las más variadas circunstancias a las que nos enfrentemos. Si es el caso de que no tengamos el don de escribir comencemos también a redactar nuestro libro vacío, nuestro diario de cuarentena o incluso un poemario desde las rejas haciendo alusión al confinamiento.  

Escribir es reivindicar nuestra libertad tan frágilmente perdida y vapuleada en estos tiempos de crisis. Constituye también una decisión de autonomía y de autoconstrucción. Por tanto, el performance plástico actual nos conmina a escribir desde el espacio íntimo, a reencontrarnos con nosotros mismos y crea esta invitación a plasmar su sentir en esta ruta pandémica. Veremos sus frutos a largo plazo.  

Referencia 

Vicens, Josefina (1978). El libro vacío. México: Transición. 

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