Mezclando al alba la muerte

José Ramón Muñiz Álvarez 

Poemas para Carmen Álvarez Menéndez 

Y vengo a recordarte en los caminos 

Te fuiste, sin saberlo, de mi lado, corriendo unos caminos diferentes: el alba pronunciaba la partida, robaba la mañana tus secretos, tu espíritu partía al aire libre. Y vengo a recordarte en los caminos que juegan a enseñarme sus imágenes: las lanchas amarradas en el puerto, las olas moribundas en las playas, el beso del salitre en cada brisa. 

Y sabes que me duele este discurso de versos que se siguen con tristeza: no entiendo si son prosa o si son verso, no sé si me maldicen o me engañan, ignoro si me hieren o consuelan. Y, lleno de añoranza, me resigno, y escribo estos sonetos apagados: les falta la belleza de lo alegre, les duele la ocasión de tu partida, se saben, como siempre, melancólicos. 

Hoy quiero desahogarme de estas penas, que sane el pecho ya de su penuria: no importa si las rimas obedecen, no temo que haya en ellos desarreglos, tampoco si no tienen virtuosismo. Pretendo, en todo caso, que el recuerdo te lleve, donde estés, algo que es mío: conoces mi pasión por la poesía, tú misma me enseñaste a valorarla, tú misma eres poesía ante mis ojos. 

Soneto I 

El brillo que contempla en la mañana 

la llama que se enciende en su locura 

el alba acarició, con ser tan pura, 

si quiso ser del cielo soberana. 

La luz hirió de pronto la ventana 

y el rayo se hizo paso, pues, oscura, 

la noche desgarró con la figura 

dichosa de la llama más temprana. 

Y entonces fue la noche despedida, 

y, huyendo por los valles del olvido, 

sentí tu voz camino de la nada: 

borró su brillo el aire ya vencido, 

sin eco de un relámpago de vida 

en medio del dolor de aquella helada. 

Soneto II 

La escarcha se hace escarcha sobre el hielo 

que alcanza el llanto triste y desolado, 

capricho de un enero en que, cuajado, 

refleja los colores de otro cielo. 

Y, entonces, porque somos desconsuelo, 

el agua del estanque, al fin cansado, 

el ánimo de un verso halló, apagado, 

recuerdo del mirar en raudo vuelo. 

Tus besos quedarán donde la helada 

marchita, en su belleza y su osadía, 

refleja el cielo gris y ceniciento. 

Y, viendo que se va la madrugada, 

serás, al encenderse el nuevo día, 

un árbol abatido por el viento. 

Soneto III 

El alba que alcanzó, con su pereza, 

mansiones que, en el cielo de la nada, 

pusieron el color de la invernada, 

cuajó como el silencio en su dureza. 

La luz del sol brilló con la belleza 

que pudo descubrir, donde la helada, 

la herencia de la triste madrugada 

que quiso escarcha sobre la maleza. 

La luz jugó con ánimo travieso, 

dichosa, caprichosa, a su albedrío, 

la muerte, raro rayo que se agota. 

Y vino la mañana con su beso, 

manchada por el hielo, por el frío, 

herida, desgarrada en la derrota. 

Busca en la altura del cielo 

Busca en la altura del cielo 

un palacio en que, gozoso, 

ese sueño silencioso 

vista su voz de consuelo. 

Alza a la altura tu vuelo 

y corona, donde vive, 

esa llama en la que escribe 

la razón de tu descanso, 

porque acaso un cielo manso 

es mansión que te recibe. 

Y, pues llegas a la altura, 

mira los montes nevados, 

mira los cauces cansados 

del camino que murmura. 

Y donde ves que se apura 

la alegría del torrente, 

ve reflejado en la fuente 

el color de la alborada 

que te llevó, con la helada, 

dejando tu voz ausente. 

Que, llegada ya a los espacios, 

recibida en sus castillos, 

serás dueña de los brillos 

donde lucen sus palacios. 

Y, alma de claros topacios, 

verso que eleva su pluma, 

podré soñar en la espuma 

esa voz que te encendía 

con la mayor alegría, 

cuando levante la bruma. 

Que, con llanto en la mirada, 

porque es lo justo llorar, 

quiero acaso recordar 

tu rostro en esa alborada. 

Y, si corre derramada 

por un cielo inmerecido, 

siento el mal y el sinsentido, 

la razón de tu partida, 

porque, en tu sueño, dormida, 

yo despierto dolorido. 

Y no quiero que despierte 

de su sueño y su belleza 

al dolor de la tristeza 

cuanto te arranca la muerte. 

Ahora que partes, advierte 

esos tesoros que dejas, 

puesto que sabes, sin quejas, 

partir con melancolía 

donde está la luz del día 

me hace ver cómo te alejas. 

Y, ya que vuela un suspiro 

que en el aire te persigue, 

tú ya no pares, prosigue, 

si, desolado, deliro. 

Porque la escarcha en que miro 

tu rostro, la helada fuerte 

hizo embrujo en que convierte 

la razón de su reflejo, 

a costa de hacer espejo, 

mezclando al alba la muerte. 

Y quiero recordarla como entonces 

Y quiero recordarla como entonces, en días de una infancia más profunda, dejada atrás, perdida para siempre. Y miro donde aquellas nubaradas que corren los paisajes con sus grises y trazan sus dibujos melancólicos. Detrás de la ventana están los montes con ese verde denso que no pierden, vecino de los mares más azules. 

Las horas de niñez corrieron raudas, burlándose con gestos bufonescos en tardes de domingos aburridos. Los viernes son mejores que los sábados, con la promesa alegre del descanso, si acaban ya las clases semanales. Jugar en la esplanada, correr libre, bajar la escalinata de la iglesia pudieron consolar aquellos tedios.  

Son muchos los recuerdos de la infancia, los tiempos que se van hacia la nada, que acaban por ser sombra en el recuerdo. Y el mío es un recuerdo que se pierde, tal vez, en los momentos más lejanos, después de tantos años de camino. Pues quiere el peregrino de la vida volver la vista atrás y hallar el trazo que dejan nuestros pasos en la senda. 

Y, entonces, al hacerlo, la añoranza me llena el pecho todo y se condensa, quizás como una lágrima que escapa. Y todo son recuerdos del cariño sentido por mi madre y mis abuelas en tiempos de niñez, hoy ya lejanos. Las canas van poblándonos sin prisa, nos llenan las arrugas sin saberlo, y un día comprendemos el suceso. 

Y todo ese pasado y sus vivencias nos hacen melancólicos, a veces, nos rinden, nos entregan al recuerdo. Y es fácil recordar en los lugares los tiempos de gomeros, tirachinas, batallas sinsentido de rapaces… Aquella libertad se fue perdiendo, voló como las llamas de un ocaso, quién sabe a qué lugar y en qué regiones. 

Y saben los paisajes expresarse, decirnos la verdad de lo que fueron los bosques de eucalipto y las ardillas. Aquellos fueron tiempos de milanos, de ferres y de pájaros oscuros que corren los rincones del espacio. Aquellas fueron tardes de colinas, de tiempo en bicicleta o de pupitres, de playas, de salitres y pedreros. 

José Ramón Muñiz Álvarez nació en Gijón (1974), su infancia y sus estudios transcurrieron en el concejo de Carreño. Es profesor de Lengua y literatura en Castilla y León. Alterna su labor docente con su pasión por las letras. Ha escrito varios libros, entre ellos uno titulado Las campanas de la muerte

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