A Margarita Carrera

Sandra Álvarez 

Abril de 2018

Jueves, veintiséis de abril. 

Los jueves que la leía, 

que me sentía parte de su mundo. 

Por fin la conocí, conocí su espíritu. 

Todas las extensiones de su cuerpo 

y de su mente frente a mí.  

Al fruto de su vientre  

y las raíces de sus ideas.  

Su mundo impenetrable,  

me atreví solo a bordearlo  

y sentir la sombra de sus vórtices infinitos  

y acariciar ese sueño.  

Tiempo detenido entre ella y yo.  

Inhalé cada respiro,  

cada última célula que quizá hubiera de ella; 

para el resto de mis días,  

de años,  

de tiempos. 

Mi realidad que nunca fue de piel, sangre y vida  

se ha vuelto cenizas 

antes de demostrarle a mi cabeza que aún no era locura 

y que yo no la inventaba. 

El mar estalló en mis ojos.  

¿Cómo evitar llorar su muerte por primera vez?  

No, no, no. 

No está muerta,  

me niego a eso.  

Aún sigue en mi mente provocando tormentas.  

Solo se separó su espíritu de su cuerpo.  

El espíritu lo he instalado en mí. 

II 

La última silla.  

Al fondo 

a la izquierda: 

justo donde habita el corazón. 

Allí, 

donde mis ojos no pudieron ver a los hacedores de magia y realidad.  

Solo sus palabras,  

inquietas y libres,  

se clavaron en mí.  

Como dagas, 

de esas que a veces el corazón necesita para vivir, 

para recordar que tiene sangre,  

al sentirla hirviendo 

 y derramándose de las venas.  

Para que mis límites no pudieran diferenciar si era realidad o letras.  

Los monzones en degradé que dividen mis mundos 

 dolían en todo el universo 

 y no me dejaron pensar. 

III 

El mundo terminó sin terminar,  

quedó inconcluso,  

como siempre queda.  

En una espiral infinita.  

Me quedé deseando que tuviese un después quizá al despertar. 

El mar se desprendió de las estrellas 

y se derramó en la ciudad,  

sobre las pocas luces visibles,  

sobre la vida que casi llegaba a su fin 

 y yo desafié sólo para conocerla. 

La lluvia en mis huesos fue la primera realidad que sentí esa noche 

 y que me hizo suya. 

Pero realidad es lo que en mí se dibuja y se desdibuja.  

A veces está allí a la vuelta de todas las esquinas 

 y cuando las cruzo se desvanece;  

alguien sopla y no deja ni rastro.  

Pero no pueden soplar lo que no existe, lo que es sólo mío. 

IV 

La poesía,  

el encuentro,  

la explicación que me llevó a donde debí estar siempre. 

Alas libres, 

pies descalzos,  

desaparición del mundo,  

surgimiento de rebeldía contra mí. 

Hace muchos años encontré sus letras, las hice mías. 

Encontré un camino que quería recorrer. 

Vi un mundo nuevo con sus ojos. 

Conocí a su Borges, su Nietzsche, su Freud. 

Conocí sus gatos, sus rosas, su hogar. 

Otros de sus caminos. 

Desentendí, entonces, la vida. 

Me salvó de mí, 

me salvó del mundo. 

Me enredé en la sencillez y magia de su universo. 

La amarré a mí como una utopía  

y se me cumplió el deseo. 

Me abanderaré en sus ideales  

con su misma intensidad. 

Sandra Álvarez (Guatemala, 1992) es periodista, poeta y narradora. Sus textos han sido publicados en varias revistas culturales y literarias de Latinoamérica. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s