El cine entre nosotros. Cómo estar aquí sin estar: la nostalgia en Ya no estoy aquí

Diego Daniel 

Aunque el escenario y la trama tienen diversos temas sociales, la película Ya no estoy aquí (2019) de Fernando Frías está motivada por el abandono de la inocencia, lo que se asemeja a muchas otras obras, tanto cinematográficas como literarias. 

Cuando el espectador ve la cinta, este recibe metafóricamente agua de dos fuentes: la primera se experimenta solo en sueños, divagaciones o nostalgias cuando somos adultos; la segunda nos nutre invariablemente día a día, dándonos experiencia y saber. De niños, la primera fuente es —siguiendo con la metáfora— de agua dulce. Como contraste, llega un punto en nuestras vidas que dicha fuente de agua dulce es sustituida por la segunda, de sabor amargo, la cual nos da certezas, verdades, ciencia y realidad cruda. Esta última no tiene escapatoria. 

Esta cinta mexicana —la cual representa a México en competiciones internacionales en 2021 y que ha recibido grandiosas críticas en su paso por importantes festivales— retrata una realidad tan específica, aunque universal, que es difícil no empatizar con el protagonista: Ulises. 

Ulises es un chico de 17 años, líder de una pandilla de adolescentes y niños, los Terkos, quienes están sumergidos en una localidad aledaña de Monterrey llena de carencias, vicios y problemas de inseguridad. A pesar de que dichos elementos —según se dice— merman el pleno desarrollo de las personas, los jóvenes logran crear una armonía única y casi irrompible, la cual se basa en su gran amor por la música, en específico, la cumbia «rebajada»: kolombias

Al ritmo de esa música «caliente» bailan, ríen, pasean e incluso extorsionan. Su pasión única es la que nos conecta, a nosotros espectadores, con Ulises y sus amigos, pues es aquella que se siente únicamente en esos años que entrelazan la infancia con la madurez, en la que el tiempo es extraño y flota. Esa edad es cuando nos desvivimos por un amor, por el rock and roll, por el futbol o por cualquier otro depósito de euforia. Sabemos, sin embargo, que todo eso termina… para todos. 

La narrativa de Ya no estoy aquí intercala estas dos épocas: primero, cuando la vida, a pesar de sus pesares, es color de rosa; y, segundo, cuando todo ello acaba sin más. En el caso del más Terko de todos, Ulises, es orillado a huir de su tierra y, con ello, de su momento de gloria y de mayor inspiración: entra en un mundo donde su natural locura encandila y molesta. 

Si Ulises hubiese sido un músico, sería el momento en el que comienza a darse cuenta de que el rock and roll es una edad; disolvería su banda o, por lo menos, comenzarían los problemas; ya no sería aquel Rimbaud inspirado. Ulises está obligado a renunciar al «yo» para entrar en el «nosotros». 

No obstante, hay un dejo de esperanza tanto en la cinta como en la vida: es posible aún beber de aquella primera fuente de agua dulce, aunque ya no de maneras directa e ilimitada. Ahora es necesario un esfuerzo en su ausencia: un ducto invisible que traslada ese líquido de una fuente a otra, que conecta lo posible con lo deseado. En el caso de Ulises, un reproductor MP3 con su música favorita mientras se encuentra lejos. Después de todo, queda siempre en nosotros, como en Ulises, una dotación de nostalgia. Es necesario, de vez en vez, sorber de ella. 

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