Nosotros y los gatos

Mario Alberto 

Para el siempre pequeño Gatiti, que ya no habita este mundo  

Dichosos los que hemos gozado del suave pelaje del felino doméstico sobre nuestras manos o del cariño y aprecio de las mascotas «indiferentes» por excelencia. Quizá los gatos son los mejores maestros para demostrar que el cariño se media por consentimiento y de que la calidad va por delante de la cantidad. 

De rapaces, incansables cazadores de aves y roedores, a estrellas de Instagram, a protagonistas de memes y a ser los miembros favoritos de la familia. Resulta complicado enlistar todos los papeles y la relevancia del gato para el ser humano y su historia. No es arriesgado afirmar que los michis ocupan cierto nivel de importancia para la sociedad contemporánea. Quien tenga un peludo y pequeño felino en casa sabe que son tema de conversación, que las personas solemos atribuirles personalidades —si ya les atribuimos nombres, ¿qué más da?— y que van más allá de ser un aditamento estético o utilitario de la familia; que los queremos mucho, pues. Creo que ese cariño que sentimos por los mininos tiene que ver también con una admiración y una fascinación por estos seres aparentemente tan despreocupados. 

El origen del gato domesticado probablemente se remonte al origen de la humanidad como la conocemos. No porque nuestra manera de vivir sería imposible sin esos tiernos y peludos amigos —aunque bien puede ser—, sino porque la agricultura hizo posible que dejáramos de vagar de un lado u otro para quedarnos en lugar fijo. Si cultivar implica quedarse, también implica almacenar los frutos de esos plantíos. Tener almacenados granos y frutos en un lugar cerrado y oscuro atrae a los roedores que en una noche pueden poner en jaque la alimentación de una aldea. Quizá por casualidad o por ingenio del humano, los gatos se acercaron a esas poblaciones a cazar ratas y ratones. Eso es lo que sostiene la Historia. El resto para algunos será conocido. Si el primer contacto documentado fue en Mesopotamia, en el Antiguo Egipto los gatos ya eran venerados como dioses, tanto en lo individual como en lo colectivo, la diosa-gata Bastet y los miles de momias gatunas lo confirman. 

Si bien puede creerse que la Edad Media europea despreciaba a los gatos por su asociación con el demonio y las brujas, el auge de estos mitos es posterior al medioevo. Los gatos, quizá por su insubordinación, a menudo aparecen en la complicada emblemática medieval como agentes del mal, no como aliados de Satán sino como representaciones asociadas a Judas Iscariote1. Quizá un animal traicionero y rebelde, pero a final de cuentas un mal necesario —no olvidemos su función ratonera que nunca se dejó de lado—. De ahí que las ilustraciones de gatos en el arte medieval parezcan haber sido elaboradas por alguien que jamás ha visto un michi. Si bien tenían una valoración negativa, también eran apreciados por algunos grupos religiosos; los famosos templarios, los místicos cátaros y en general casi todos los monjes confinados en monasterios apreciaban la compañía y las habilidades de estos seres. Fuera del territorio europeo, los gatos gozaban ya de una buena reputación. Particularmente el mundo islámico privilegiaba al gato en primera instancia por su aseo y en segunda por su cercanía al león, uno de los animales con más carga simbólica dentro de esta religión. 

Hoy en día el gato sin duda goza de mayor aprecio. Si bien es complicado y arriesgado enunciar una valoración concreta a nivel mundial —hoy y en cualquier época—, cada vez más se acentúa y se comunica el aprecio que le damos a nuestros michis, ya sea mediante el internet o en nuestras conversaciones día a día. Hay gatos con miles de millones de seguidores en redes sociales. En Instagram, Facebook, Twitter y YouTube no solo se recopila y admira su belleza, sino también sus ocurrencias y descuidos; hay más de un meme cuyo protagonista es un felino pequeño y peludo. Hay una industria dedicada no solo a la salud y a la alimentación de los gatos sino también al entretenimiento y mobiliario exclusivo. ¿Por qué nos fascinan tanto? Intentaré extraer algunas ideas a partir de lo que en mi experiencia ha sido la lectura más grata en torno a los queridos michos:  

Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante (Borges, 1999: 149).  

Me parece que esta cita concentra la esencia del gato o, más bien, de cómo lo entendemos. En lugar de reiterar a Borges palabra por palabra, enlistaré dos acontecimientos: Chomi, uno de mis gatos, comía con dificultades por un diente defectuoso que, según el veterinario, no tenía cura. Después de un tiempo lo observé comer sin dificultades, aunque con un ritmo distinto a los otros gatos. No fue hasta que enfermó de la piel que, al revisarlo, me di cuenta de que no tenía dientes. La edad o quizá una enfermedad agresiva le dejaron la boca vacía. Ahora no se queja del dolor de dientes, simple y sencillamente porque no tiene —de momento está con dieta blanda—. Tocino, otro gato local, puede dormir las 24 horas del día, haciendo una pausa de 5 minutos cada ocho horas —un total de tres al día— para alimentarse e ir al baño. Nada de juegos ni salidas. Dormir y dormir. Estos hechos, si bien parecen aislados, son un común denominador de la conducta del gato. No podemos etiquetar a Tocino como huevón —en todo caso, hedonista— ni a Chomi como un temerario de la alimentación. Viven en el eterno presente. No se hartan de dormir ni de comer. No se preocupan si ya perdieron los dientes o si nacieron sin una extremidad. Los gatos son maestros del estoicismo. No es que no sufran —sin duda allá afuera hay muchos animales que necesitan nuestra ayuda— sino que aceptan el dolor y lo entienden como algo pasajero. La vida es lo que sucede justo en este instante. No ayer, no mañana. Siempre, siempre el presente. 

Por más que lo intentara, por más cansado y desquehacerado que yo estuviese, no podría dormir más de doce horas. No puedo pasar un día sin hacer algo «de provecho». Tampoco puedo concentrarme con el más ligero dolor de cabeza. Un dolor de muelas me arruina el día. Cuando me esguincé el tobillo, solamente pensaba en todas las cosas que no podía hacer mientras maldecía mis muletas. He visto a gatos de tres patas saltar paredes de tres metros. He visto a otros con kilos de más cazar aves en vuelo. Presente, siempre presente. 

Sin duda, envidio mucho a los gatos y creo que no soy el único ¿Será esa misma envidia transformada en admiración la que motivó a los antiguos egipcios a adorar a los tiernos felinos como si fueran deidades?, ¿los monjes medievales se habrán dado cuenta de ese cristal que separa al ser humano del gato? Yo creo —aventuradamente— que sí. Quizá no fue un hecho fortuito que Borges, sabiendo que en poco tiempo perdería la visión, dedicara un párrafo de uno de sus cuentos más célebres a los etéreos felinos. 

A pesar de ello, no sólo vemos en los gatos admiración o envidia. Hay ternura, cariño y gracia. Si admiramos al gato, no sólo admiramos su irreverencia, sino también su ocasional irracionalidad. Sus pequeñas pero memorables locuras nos conmueven y nos ayudan a conceptualizarlos, a inventarles una personalidad: desde dormir en su arenero —después de haberlo usado— hasta recorrer la casa en un segundo, a las 3 am. Pienso que estos instantes son también evidencia de que nuestro contacto con los gatos es ilusorio.  

Una historia más: mi abuela, católica fiel, combatió a los gatos callejeros durante gran parte de su vida. Eran los satánicos invasores del ático. La idea de poseer un gato era una herejía. Afirmaba: «Los gatos tienen un pelo del diablo en la punta de la cola». Sin embargo, mi abuelo, en el silencio incómodo de una conversación vacía, contó una anécdota. «En el centro estaban regalando gatos, chiquitos así que te cabían en la mano. Yo quería traerme uno, negro, de ojos verdes, bien bonito, parecía pantera. Ya me lo iba a llevar, pero me pidieron un teléfono y un domicilio. Les dije que no me acordaba —esa clase de memoria nunca fue su especialidad— y no me dejaron. Ya ni modo. Pero estaba bien bonito, parecía pantera». ¿Quién no ha visto maravillado en el zoológico o en National Geographic al tigre, puma, león o jaguar? Su caminar, imponente, parece denotar a cada paso una majestuosidad incomparable a cualquier acto humano. Ese mismo caminar lo veo en los pasos del diminuto Gatiti, que a sus cuatro años sigue teniendo la mirada de cachorro. Quizá, dentro de nosotros, lo que buscamos es tener nuestro tigrecito —o nuestra manada— al alcance de la vista, pero, sobre todo, al alcance de las manos. 

Referencia 

Borges, Jorge Luis (1999). El sur. Ficciones (pp. 149-156). Madrid: Espasa Calpe. 

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