Cosa pública. A propósito de «elle»

Georgina Correa 

Si les digo que esta columna se va a tratar sobre «lenguaje inclusivo», es probable todos ustedes puedan recordar al menos una discusión acalorada que hayan tenido o presenciado sobre el tema. Por un lado, vemos a lingüistas como Concepción Company criticar el desdoblamiento —por ejemplo, «todas y todos» o «venezolanos y venezolanas»—, especialmente cuando es usado por instituciones que de otra manera hacen poco por mejorar la realidad material de las mujeres; por el otro, vemos a usuarios de redes sociales publicar comentarios indignados sobre aquella revista o periódico que hizo uso del morfema flexivo «-e» —como en «todes», a veces escrito «todxs»—. 

Estas conversaciones no suelen prosperar; de hecho, suelen escalar al nivel de conflicto. Sin duda, componentes de estos pleitos son el prescriptivismo lingüístico o la noción de que las instituciones académicas tienen autoridad sobre la manera en que los hablantes usan la lengua «correctamente». Mucho se ha dicho sobre esta actitud y la manera en que está atravesada por prejuicios clasistas. 

Otro agravante del problema es la falta de claridad sobre los términos: es seguro que, si efectivamente te has peleado con alguien sobre el tema, a la mitad de la discusión te diste cuenta de que la impresión que tiene tu interlocutor sobre el fenómeno es muy diferente a la tuya. Mi propósito aquí es doble: primero, dar algo de orden a las ideas que tenemos sobre el lenguaje incluyente y, segundo, ejemplificar un caso en que el uso de la partícula «-e» resulta difícil de evitar, sea cual sea la postura que adoptemos. 

Comienzo, entonces, por los términos del debate. Aunque muchas personas identifican el lenguaje inclusivo con la partícula «-e» o con el pronombre personal «elle», debo decir que estas realizaciones son apenas una de varias herramientas que usan los hablantes para adecuarse a la pauta de inclusividad. Como señala la lingüista Violeta Vázquez-Rojas, el lenguaje incluyente es un criterio de comunicación que prioriza la enunciación explícita de sectores sociales que han sido históricamente oprimidos (2019). 

Otras estrategias incluyen, por ejemplo, evitar palabras asociadas con la opresión sistémica —es decir, que resulten peyorativas en términos de raza, género, sexualidad o capacidad, entre otros— o el ya mencionado desdoblamiento. Para muchas proponentes del lenguaje inclusivo, usar el género gramatical masculino como elemento desmarcado —para hablar de grupos mixtos o de personas cuyo género es irrelevante o desconocido— reproduce la invisibilización discursiva de mujeres —u otros grupos—; por lo que proponen, como alternativa, el uso del neutro o del femenino genérico. Se ha criticado, con justa razón, la expectativa de que este criterio baste para combatir los sistemas de opresión. Sin embargo, esto no significa que el lenguaje inclusivo no tenga usos o ventajas. Por dar sólo un ejemplo: éste sirve para visibilizar posicionamientos políticos en el uso cotidiano de la lengua, y sigue dinámicas de prestigio abierto y encubierto (véase Silva-Corvalán, 2001: 99).  

Hay, no obstante, otro uso del género gramatical neutro personal1 que no tiene una relación directa con el lenguaje inclusivo y que, aunque tiene una fuerte relación con su concepción y proliferación (véase Gubb, 2015), suele ser ignorado. En el contexto de la comunidad trans, la partícula «-e» sirve para socializar identidades de género que no coinciden con la feminidad ni con la masculinidad. De manera general, aunque existen excepciones, las personas que usan el género gramatical neutro para hablar de sí mismas se consideran trans y ubican su género dentro de lo «no binario». Es importante separar la incidencia lingüística de la social: reconocer marcadores neutros no es el causal ni el único criterio para la formación de este tipo de identidades. En realidad estas personas pueden reconocer marcadores femeninos, masculinos, varios o ninguno.2 Ya que un elemento importante de la conformación de identidad es que ésta sea reconocida por nuestro entorno social —lo cual resulta difícil en los casos que transgreden la cisheteronorma—, el uso de marcadores de género neutro sirve como una estrategia para evidenciar géneros disidentes.  

Tomemos en cuenta algunas precisiones sobre la formación de normas y el cambio lingüístico. Luis Fernando Lara, en su ensayo «Lengua histórica y normatividad» (2004), recupera la noción de la «idea de la lengua» como un fenómeno semiótico que permite a los hablantes reconocer su propia lengua a lo largo de la historia. Las diferencias entre la lengua que hablaba Alfonso el Sabio, la que hablaba Cervantes y la que hablamos hoy en día, son suficientes para pensar que se tratan de lenguas diferentes; sin embargo, las consideramos una misma porque tenemos la «idea» de una lengua llamada español. Esto es importante porque la idea del español no es algo intrínseco de la lengua, sino una concepción formada de manera social. A partir de dicha concepción valoramos las tradiciones, las proyectamos hacia el futuro y las volvemos normas. El hecho de que sea un fenómeno social, sin embargo, no significa que sea convencional. Dice Lara:  

Las normas sociales no se producen arbitraria ni caprichosamente; no se estipulan ni se fijan convencionalmente, sino que se van forjando lentamente, conforme a la experiencia histórica de una sociedad reconoce sus valores y busca los instrumentos necesarios para conservarlos y para proyectarlos al futuro (p. 38). 

No se trata, entonces, de que las academias, las universidades o los grupos de activismo dicten la manera en que se debe hablar. Más bien, en medida que nuestras sociedades adoptan actitudes menos discriminatorias ante la diversidad, nos adaptamos a una manera de hablar que refleje estos valores. Veamos un caso concreto. 

La novela ganadora del premio Booker Internacional 2020, La inquietud de la noche, recibió un nivel de atención periodística esperable por su calidad y por el galardón recibido. Su autore, Marieke Lucas Rijneveld, es una persona de origen holandés que, en su lengua materna, reconoce marcadores de género neutro. Así pues, al escribir sobre elle y su novela, a los medios se les presentaron tres alternativas: (1) usar el morfema flexivo «-e» como el más cercano al género neutro holandés; (2) eludir cualquier mención de Rijneveld que requiriera palabras generizadas —un proyecto tan difícil que ningún medio optó por esta opción—; y, (3) asignar otros marcadores de manera arbitraria o a través de criterios poco claros, lo cual representa una inexactitud factual y una falta de respeto para la persona y su identidad.3 

Así pues, sin importar cómo se posicionan los medios respecto al lenguaje incluyente o al uso del neutro como genérico, el respeto a la identidad de Rijneveld los llevó a la necesidad de usar el género gramatical neutro. 

¿Podemos hablar, entonces, de la formación de una norma? Sería muy pronto para decirlo, especialmente si tomamos en cuenta que esta realización solo es de uso cotidiano en comunidades concretas como son el entorno social de personas que lo usan para hablar de sí mismes, grupos de personas trans o LGBTQ+ o algunos círculos feministas. Su implementación en entornos de prestigio, como los medios de comunicación o la academia, todavía es tentativa. Además, una transformación en el nivel morfosintáctico resulta mucho más radical que los cambios en el nivel léxico, que suceden con mucha mayor frecuencia. No obstante, lo que descubrimos en el caso de Rijneveld es que el debate sobre el género gramatical neutro no implica solamente posicionamientos políticos abstractos o discusiones teóricas sobre el género, la lengua y la representación: se relaciona, de manera directa, con la dignidad y la identidad de personas concretas.4 Lo que la proliferación de este nuevo elemento gramatical refleja es una incrementada valoración de la no discriminación; aunque el resultado sólo lo podremos conocer en retrospectiva, esto tiene un marcado potencial para configurar nuevas tradiciones y normas.  

Así pues, en medida que sigamos existiendo las personas que reconocemos marcadores de género neutro y en medida que sigamos luchando porque se respeten nuestras identidades, será imposible eliminar el «elle» de la lengua española. No puedo saber si su proliferación será longeva o si mantendrá la puerta abierta para otros usos como el genérico inclusivo; sin embargo, lo que sí puedo es invitarles a abrir sus horizontes respecto a él, pues tarde o temprano se toparán con algune de nosotres. 

Bibliografía  

Gubb, S. (2015). Construyendo un género neutro en español: para una lengua feminista, igualitaria e inclusiva [Blog personal]. Sophia Gubb’s Bloghttps://web.archive.org/web/20130615204820/http://www.sophiagubb.com/construyendo-un-genero-neutro-en-espanol-para-una-lengua-feminista-igualitaria-e-inclusiva/  

Lara, L. F. (2004). Lengua histórica y normatividad. En Lengua histórica y normatividad (pp. 19-46). México: El Colegio de México, Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios. 

Vázquez-Rojas, V. (2019, julio 17). El lenguaje incluyente no es un lenguaje. El Soberanohttps://elsoberano.mx/opinion/violeta-vazquez-rojas-lenguaje-incluyente.  

Silva-Corvalán, Carmen (2001). Sociolingüística y pragmática del español. Washington, D.C.: Georgetown University Press. 

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