Frontera en disputa. Educación y coronavirus: la necesidad de un pensamiento situado

Francisco Canseco Gómez 

Si pudiésemos sintetizar estos últimos dos años en una metáfora, sería la de un barco sobre aguas turbulentas. El coronavirus sacudió la economía, el empleo y sobre todo la educación. Muchos estudiantes de Latinoamérica vieron disminuidos sus aprendizajes, especialmente los cursos más pequeños donde la lectura necesita una dirección pedagógica. Lo anterior se agrava por la escasez de instrumentos tecnológicos o la mala (o nula) conexión a internet. La adaptación forzosa al mundo virtual, justo cuando era más necesario que nunca el resguardo emocional, agudizó la crisis. ¿Cómo es posible repensar la educación en estos términos?  

Si el mundo de la escuela y la universidad fuesen meramente una técnica pedagógica, el nuevo enfoque didáctico sería la solución: extensión de plataformas, cursos a distancia, recursos en línea, etc. Las habilidades propias del siglo XXI parecerían ser el ideal al cual deben apuntar todos los países. Sin embargo, hay una perspectiva que falta y es precisamente la esencia de la condición humana: la búsqueda de sentido.  

Imaginemos a un estudiante que de pronto debe romper el contacto físico con sus amigos, acostumbrarse a un espacio absoluto (su casa), donde además se viven problemas singulares. La tensión aumenta: la incertidumbre ya no es sólo un tiempo definido sino todo el tiempo, día a día sin cambios. Es fácil deducir que no es la técnica el problema, por mucho que él asimile el uso virtual y los medios audiovisuales de moda. Si el horizonte es confuso y las circunstancias inciertas, no hay como la educación para repensar lo que está pasando; hacer uso directo de un pensamiento situado; acoger las problemáticas; llenarlas de sentido; no ocultar los problemas, a la inversa, apropiarse de ellos, en una búsqueda siempre colectiva.  

Continuando con la metáfora del barco y la tormenta podemos agregar que la suerte de la sociedad (naufragio o salvación) depende de la instauración de valores y la adaptabilidad en un nuevo camino reflexivo y con ello una ética distinta.  

Los programas educativos (al menos en Chile) se limitaron a recortar las materias y exponer los aprendizajes esperados (AE) indispensables que debe asimilar el estudiante en un contexto sanitario. Salvo este recorte, nada hay de lo que está pasando en la realidad: se vive una separación radical entre lo que se enseña (historia universal o matemáticas) y lo que padece la sociedad en su conjunto. Heidegger, por ejemplo, entendía la angustia como una constitución originaria del ser humano, una apertura indispensable que abría una comprensión original de lo que somos, a saber, un proyecto arrojado al mundo, sin una naturaleza fija. ¿Estos tiempos son angustiosos? Nosotros creemos que sí, pues la crisis devela la ruptura de horizontes supuestamente sólidos como la democracia, los derechos humanos, la convivencia o la familia, sin mencionar la economía.   

Al respecto, la educación formal, si quiere mantener o retornar a una vitalidad esencial, debe ser partícipe de lo que ocurre; exponer los problemas; darle un nuevo sentido; analizar lo que pasa más allá de sus muros y no contentarse con adquirir el último software o ser un escenario decorativo del advenimiento (inevitable) del mundo tecnológico. Para ello, es menester dos cosas: 

  1. La resignificación de prácticas pedagógicas con sentido. Esto es darle cuerpo, color, aroma a lo que se está enseñando. Si, por ejemplo, mi especialidad son las matemáticas, analizar las estadísticas de la tasa de desempleo, de los recursos del Estado o del drama de los trabajos informales.  
  1. Una articulación y un trabajo interdisciplinario real. Que el estudiante aprenda a valorar las distintas perspectivas de un objeto; que las fronteras, a veces, son difusas o ficticias. De allí la importancia del diálogo como encuentro intersubjetivo en búsqueda de una verdad.  

Lo anterior no significa renegar de los beneficios de la tecnología, sólo ponerla en su sitio, como una herramienta más y no transformarla en la meta autojustificada y acrítica que se está convirtiendo.  

Uno de los avances de la historia del pensamiento es haber descartado la idea de naturaleza humana o idea previa que nos condiciona.  El arrojo al mundo, que con tanta insistencia escribieron los filósofos existencialistas del siglo pasado, hoy cobra especial vigencia: no hay certezas absolutas, vámonos haciendo camino. La necesidad de un pensamiento situado y contextualizado en el área educativa es un imperativo moral y vital, no una innovación como tantas que pululan en estos tiempos. El caos y la confusión no valen en sí mismas si no hay un camino de claridad o un intento por conceptualizar o entender el problema. Las preguntas siempre son las mismas, pero en el nivel de respuestas se juega nuestro quehacer. 

«Cuando el mar se muestra en calma todos somos capitanes. Pero cuando se agiganta nadie se agarra al timón», dice una canción del grupo español Revólver. Ignoramos quiénes son los capitanes en esta pandemia, pero al menos debe existir el impulso por agarrar el timón, el impulso por esclarecer la realidad. 

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