In memoriam

Cristina Meza 

Julia encontró en sus zapatos nuevos el básico perfecto. Lo supo en cuanto los vio en el aparador de la tienda rumbo al trabajo: tacón bajo, punta redondeada, correa y hebilla. Ideales para esas ocasiones en las que debes asistir poco formal, pero presentable a un evento. Se imaginó con ellos cruzando las avenidas de su ciudad, en la casa de sus suegros, incluso en el mercado. Lo que jamás pensó fue que los usaría en un funeral. 

Un 22 de octubre su madre la llamó para avisarle que su abuelo había muerto. Era un hecho inevitable: el pobre hombre llevaba algunas semanas en el hospital por complicaciones de salud debido a su edad avanzada. Pese a la relación distante que Julia tenía con esa parte de su familia, supo que ir al funeral era obligatorio. Creía que el acto de vestirse para la ocasión, saludar a la familia y decir adiós al cadáver maquillado de su abuelo era protocolario y repugnante. Ni siquiera tenía qué ponerse; no había nada en su clóset que sintiera medianamente apropiado. «¿Habrá alguien que compre ropa exclusivamente para los eventos fúnebres?» Pensó. Optó por la solución sencilla: pantalón recto y una blusa con cuello redondo y manga larga, todo de color negro. Solo faltaban los zapatos y por instinto se puso los de hebilla y tacón bajo. No se equivocó con su elección; su versatilidad le permitió llevarlos sin cansarse durante todo el velorio, la misa de cuerpo presente y la caminata al panteón. 

Julia se vio envuelta en otra pérdida hasta el año siguiente: el 15 de junio supo por medio de un mensaje de WhatsApp que su adorado amigo Samuel se suicidó. Deseó conocer todos los detalles sin parecer inoportuna. Supo muy poco, la familia mantuvo en privado las circunstancias del deceso. Julia estaba más que preparada para asistir al funeral; tuvo tiempo para pensar en su atuendo. Era una mujer muy atractiva, con caderas pronunciadas difíciles de disimular con ropa holgada. Pese a que en su vida diaria portaba minifaldas y pantalones cortos con orgullo, en situaciones tan penosas como esta Julia sentía mucha vergüenza de su cuerpo; creía inapropiado usar algo que acentuara su figura. Vistió de negro, con un pantalón recto, similar al del evento anterior, pero un poco más entallado; y una blusa de mangas cortas. Lo único idéntico fueron los zapatos. Julia se los puso sin darse cuenta de la repetición. Para ella era tan normal usarlos que pensó más en la practicidad que en la idea de comenzar una tradición personal. Todo en su arreglo estaba bien cuidado: usó también un peinado liso y broqueles en las orejas. 

Como la vez anterior, los zapatos no le lastimaron los pies, pero fue un alivio quitárselos al llegar a casa. Los colocó junto a su cama para contemplarlos por unos minutos sentada en el sillón. La muerte le parecía extraña; definitivamente jamás estaría lista para afrontarla. Se puso a imaginar con detenimiento los funerales futuros de sus allegados; pensó en el posible aspecto de sus rostros cadavéricos y las circunstancias de los fallecimientos. Después comparó la última imagen de su abuelo antes de ser enterrado con la de Samuel: las diferencias eran abismales. Ella interpretó templanza en su familiar difunto, un sosiego increíble que daba gusto. En cambio, Samuel llevaba hematomas en todo su cuerpo y su cara reflejaba un hastío que lo volvía irreconocible. 

Transcurrió otro año sin que Julia pensara en la muerte, hasta que una amiga cercana a su familia sufrió un accidente fatal y le organizaron un funeral y un novenario. A estas alturas sintió que había desarrollado una destreza para combinar ropa y lucir conforme a sus expectativas. Escogió un atuendo sobrio y tomó de nuevo sus zapatos con hebilla; se percató hasta entonces de que todo este tiempo estuvo usando el mismo calzado. Se ajustó las correas y fue a despedirse de otro cadáver. Reflexionó sobre esta coincidencia toda la semana. Qué ingrata se sentía con una prenda que le había dado tanto; agradeció al diseñador cuyo nombre desconocía por la calidad en el diseño y los materiales. «¡Es que ya no hacen zapatos como estos! Auténtica piel con acabados excelentes». 

Por desgracia, pese al contacto constante con la muerte, Julia se olvidó de lo efímero de sus objetos. Con el uso, sus tacones se desgastaron hasta un punto irremediable y ni el mejor zapatero pudo repararlos. Ahora lucían muy distintos a cuando los compró años atrás. Las puntas estaban raspadas y ya no tenían tapas, pero lo que delataba el deterioro era la suela que se desprendía de toda la planta: una verdadera tragedia. Tras un periodo de negación, no hubo otra alternativa que desecharlos. Tirarlos a la basura hubiera sido un insulto para cualquiera; zapatos de esa clase merecen el más digno de los tratos.  

Durante una semana Julia se dedicó a escribir las memorias de sus queridos amigos, recordó con lujo de detalle los momentos gratos y amargos que pasaron juntos. Pensó, sobre todo, en lo bien que le lucían las piernas cuando los usaba. ¡Ah!, la despedida más dura. Otra persona pensaría que esto era una exageración vana pero llegar a tal punto de conexión y entendimiento con algo o alguien es muy complicado. Le aterraba la idea de tener otro funeral en puerta y ni modo de ir descalza. Organizó una ceremonia muy modesta, envolvió los zapatos en papel kraft y los acomodó con sumo cuidado en una caja; antes de cerrarla, metió el cuaderno con las memorias. Enterró el ataúd improvisado en el jardín, en medio del árbol de magnolias y el laurel. Nada deja de morir, pero jamás se imaginó que el siguiente funeral al que asistiría sería el de sus zapatos. 

Cristina Meza (1997) es estudiante de la licenciatura en Letras hispánicas por la Universidad de Guadalajara; poeta y artista plástica; autora del poemario Nada se mueve por Ediciones el Viaje. En 2019 presentó su primera exposición en solitario con el nombre Variaciones de lo íntimo en Ciudad Guzmán, Jalisco. Parte de su obra poética se encuentra en la antología de poesía 10 balas por Ediciones el Viaje publicada en 2017; así como en revistas y medios electrónicos, entre ellos DADA, MarcapielEl humo, Tierra adentro, Levadura, entre otras. 

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