La 4T y un país destacado

Liana Pacheco 

Desde que Juancho leyó una nota en Facebook donde decía que cada mexicano tiene al menos una taquería a 400 metros cerca de su domicilio, supo que había encontrado la respuesta a la interrogante que rondaba su cabeza desde hacía meses.  

Juancho era un joven a mitad de sus treinta, quien trabajaba como chofer en una tienda de autoservicio y, cansado de las miserables pagas por extensas jornadas, decidió emprender un negocio. Así, entre globos, música y la bendición del padre de la parroquia, abrió: «Taquería La 4T». La alusión al nombre que el gobierno federal dio a su mandato en 2018 fue intencional: Juancho se especializaba en órdenes de cuatro tacos. 

—¿De qué le damos su 4T? Tenemos de maciza, pastor, cabeza… Agarre asiento, damita. Ahorita tomo su orden. 

A Juancho no le importaban los desvelos por levantarse a las cuatro de la mañana para ir a comprar en la central de abastos, ni las friegas cuando cerraba hasta la madrugada. En dos años, su negocio se había adjudicado un buen séquito de clientes. Sin embargo, por recomendación de su esposa —harta de dormir poco por ayudarlo en la taquería—, contrató a un ayudante.  

—Ando en busca de un apoyo, de los que da el gobierno a los microempresarios así como miguelito. Necesito un carro para los mandados del negocio —dijo Juancho ilusionado.  

—Mejor cómprate un desodorante —respondió su empleado y todos empezaron a reír. 

—Bájale de huevos, pinche Godínez y súbele a la tele. 

«En diciembre pasado se originó en la ciudad de Wuhan en China, el coronavirus. Hoy, tan sólo un mes después se ha extendido a cinco países distintos. Autoridades locales han bloqueado los transportes de esas ciudades, como medida para frenar su propagación». 

—No mames, ¿y eso qué es? —preguntó Juancho.  

—Esos pinches chinos por comer murciégalo crearon esa enfermedad, que según es como la gripa, pero más cabrona porque si te da eso, sí te mueres —respondió la esposa de Juancho, quien ahora tenía más tiempo para ver sus telenovelas y en algunos cortes habían difundido información al respecto.  

—Pero China está bien lejos. Esa madre ni va a llegar aquí —dijo el ayudante.  

Juancho —como una gran parte de los mexicanos— dedicaba todo el día a su negocio; mientras en el mercado las verduras y la carne llegaran frescas y a buen precio, lo que dijeran las noticias o los periódicos lo tenía sin cuidado.  

Pero a mediados de aquel 2020 llegó su primo William. Un joven de veinticinco que en realidad se llamaba Guillermo, pero como había pasado unos años en Estados Unidos, ya no le agradaba la variante castellana de su nombre.  

—Primo Juancho, ¡qué gusto! —dijo William. 

—¿Y ora, tú? ¿No  que andabas muy contento en el gabacho?  

—Sí, wey, pero con eso de la guerra entre los gringos y los árabes, mejor me regresé a mi tierra antes de que me manden de soldado.  

—¿Neta, cabrón? 

—No —respondió William entre risas—. La verdad es que no pude pasar a los Yunaites, y me quedé en Tijuana. Pero me fue bien, hasta me alcanzó para comprarme mi troca. 

El joven tomó del brazo a Juancho y le mostró la camioneta Silverado modelo 99 estacionada en la calle. El taquero sonrió al imaginar lo que se ahorraría en taxis al ir a sus compras de la central en esa troca. 

—¿Y qué pedo Memo… digo Willi, ya tienes chamba?  

Juancho estaba más que contento porque la disposición que William tenía para trabajar lo había inyectado de emoción, ya que los dos años en su negocio lo hacían sentirse tedioso y rutinario. En cambio, su primo hasta lo emocionó con la idea de abrir una sucursal.  

—Yes, men. La 4T, Inc. le pondremos. Te digo, con un buen fidbac a tus clientes, en chinga duplicamos las ventas.  

—¡Shh! —dijo una señora que comía una orden de pastor—. No dejan oír las noticias. 

«La Secretaría de Agronomía en conjunto con la Secretaría de Salud, confirmó que el brote de coronavirus en granjas ha costado la vida de miles de ganados. Esta mañana fueron retiradas toneladas de carne de la central de abastos, punto de abastecimiento para miles de comercios locales». 

Por primera vez, Juancho experimentó una sensación de preocupación, la cual fue mayor al día siguiente cuando encontró casi todas las carnicerías cerradas; las que estaban vendiendo tenían hasta en $1500.00 el medio kilo de cecina.  

Aunado a eso, el presidente López Obrador emitió otra de sus singulares declaraciones en la conferencia matutina: 

«Los tacos, referente mundial de la gastronomía de México. Esos en otros tiempos, antes de que coronavirus fuera un riesgo de salud nacional. Por ello decretamos que todas las taquerías del país, al ser los establecimientos que más emplean carne, serán clausuradas, acatándose a sanciones de hasta 400 salarios mínimos a quienes infrinjan esta orden».  

Aquella noche, La 4T bajó por última vez sus cortinas, tras dos años y medio.  

—Juancho, ¿sabías que ahora México es un país destacado? O sea, sin tacos, des-tacado. —Willi vio que su broma no alentó a Juancho—. Ya primo, anímate. Hazme caso, con la troca podemos ir al basurero y ver que podemos vender.  

Así, Juancho, junto con Willi empezaron a recolectar residuos y cachivaches que vendían por unas monedas. Hasta que recibieron una extraña petición.  

—¿Don Luis? ¿Para qué quiere doce perros muertos? —preguntó Juancho. 

—Sepa. Así me dijo, y que te los pagará a $100.00 cada uno —respondió el escuálido niño que cumplía el encargo—. ¡Ah! Y que si puedes ir a verlo para enseñarle la receta de la salsa de chilhuacle que preparabas en La 4T. 

Don Luis era un antiguo colega de Juancho que se mostró renuente a cerrar su taquería, por lo que continuó con la venta de tacos en modo clandestino usando un local que rotuló como «Iglesia apostólica de los nuevos días». En aquellos tiempos de crisis, coronavirus y escasez de alimentos, sus «feligreses» eran incontables.  

Aquella tarde, Juancho acudió al llamado de Don Luis. Una joven lo condujo por el salón repleto de bancas e imágenes religiosas hasta la sala de la casa, donde improvisaron un escritorio con una silla ejecutiva. Don Luis contaba los billetes ganados la noche anterior.  

—Oiga, Don, ¿se puede saber para qué necesita los perros? —preguntó Juancho luego de que le pagaron por éstos.  

—Ay, muchacho, ¿eres pendejo o te haces? —Don Luis se puso de pies y se acercó a él—. No me mires con esa cara, no tiene nada de malo. Los tacos de suaperro existen desde nuestros antepasados. ¿No sabías que hacían carnitas con los choloscuincles

—Sí, Don. Pero no creo que los antepasados comieran perros sacados de la basura. Además, con eso de que la coronavirus está afectando a perros y gatos… 

—Mira, mijo, mientras esa mesa —señaló el escritorio— esté repleta de billetes, lo demás no me interesa. Vente, te invito unos taquitos, se nota que no has comido bien. ¡Gertrudis! —la joven acudió rápido—, tráenos dos caguamas, unos quince tacos y préndele a la tele. 

«Continúan las manifestaciones por la sobresaturación de pacientes en el INSABI y el desabasto de medicamentos. Aunque algunos acuden por síntomas relacionados con el coronavirus, la mayoría son diagnosticados con fuertes infecciones estomacales». 

—Pinche mundo loco —dijo Don Luis—. ¡Salud, mijo! 

Después de esa noche, Juancho declinó la oferta laboral que le hizo Don Luis; no por temor de infringir las leyes recién decretadas, sino porque había visto la cantidad de gente que se reunía en la taquería «apostólica» y prefirió la comodidad de únicamente ser su proveedor de carne. 

El mandato de prohibición de taquerías fracasó por los establecimientos clandestinos que, además de evadir al SAT, usaban carne de perro. Lo que derivó en el truene del sistema de salud. La gente atestó clínicas y hospitales públicos con síntomas similares a la influenza o gripe. Entre la falta de atención y medicamentos, se derivó una extraña enfermedad, similar a la rabia. 

«La alerta de salud indica que cualquiera con indicios de la extraña enfermedad debe ser remitido a cuarentena. Los síntomas son: sarpullido en extremidades y exceso de saliva amarga y verdosa. El brote se da ya no solo por ingerir comida contaminada sino por contac…». La transmisión fue interrumpida. 

La Guardia Nacional no fue suficiente para contener a los enfermos rabiosos que invadieron las calles entre rapiña, violencia y mordidas, —en modo literal, no los habituales sobornos—. Los pocos que aún no eran infectados buscaban dónde resguardarse. 

—¡Foquin god, Juancho! —gritó Willi cuando vio acercarse a su casa a una comitiva de rabiosos—. Son de los que tienen espuma en la boca, igualitos a los zombis de guókinded

—¡Súbanse a la troca! Y de ahí vemos padónde —ordenó el extaquero. 

Juancho escupió un amargo gargajo antes de subir al carro, arremangó su sudadera para que su esposa ni su primo notaran las manchas rojas que tenía en los brazos.  

El panorama de México no era alentador, pero aquella familia siguió su camino hacia el sur con la certeza de que todo mejoraría. Juancho ni se preocupaba; estaba seguro de que con ingenio, solidaridad y ganas de trabajar, propio de la raza mexicana, encontrarían un modo para sobrevivir. 

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