Reno

Luis Rico Chávez 

Reno tiene una piel ligeramente verdosa, aunque somos pocos los que percibimos ese tono sutil que nos produce cierta repugnancia. En ocasiones algún despistado lo nota, pero lo atribuye al inveterado destello de la televisión, que desde las primeras horas de la mañana se derrama sobre su cuerpo y sigue cubriéndolo hasta que concluye la jornada laboral. Otros ni siquiera piensan que podría ser piel sino el color verde botella del sillón de cuero sintético que desde hace muchos años registra las marcas de su trasero y de su espalda. 

Reno ve pasar la vida a través de los engañosos rayos catódicos del inefable invento de González Camarena. Desde que cayó de la gracia del Gran Batracio su responsabilidad en el Charco es imprecisa y nebulosa. Ha pasado de poner sellos en la Biblioteca (el más ignominioso de los deberes) a engrapar folios inútiles, amén de su asignación a cada departamento en las responsabilidades que se delegan a los más repudiados. Con el nombramiento de otro Gran Batracio que tuvo ciertas consideraciones conmigo, conseguí que le asignaran labores menos humillantes. Con mi compasión sólo gané de su parte un odio infinito, pues rompí la senda que lo conducía sin contemplaciones hacia la Nada, su máxima aspiración en la vida. Como no tuvo otra opción, deambulaba con paseos infinitos, de ida y vuelta, por las orillas del Charco, rumiando la pérdida de lo que para él constituía una invaluable libertad. En esas vueltas sin sentido, al aire libre y con saludables baños de sol (una pausa laboral que todos anhelábamos y a la que apenas teníamos acceso una o dos veces al día, hundidos la mayor parte del tiempo en los abismos más innobles del Charco) era inevitable encontrarse con todos, lo cual le producía un desagrado que no se preocupaba en ocultar. Este mal humor perenne y la exposición continua a ese sol inevitable fueron tiñendo de verde su piel. 

Reno se casó. Gina atenuó la acidez de su humor y el verdor de su piel y contuvo un poco su inevitable caída a la Nada. Todos soportábamos el extenuante y ciego afán del Charco, pero contábamos con algún incentivo (aunque fuera una fantasía loca de nuestra desesperación) que nos ayudaba a seguir adelante. Gina fue el incentivo de Reno. Suspendió sus paseos, pero ya para entonces el nuevo Gran Batracio no lo tenía contemplado en su nómina, así que ni siquiera encontró el consuelo de los trabajos innobles a los que era tan aficionado. Sin hallar mejor destino, comenzó a refugiarse en la Sala del Olvido, donde teníamos derecho a asistir en los minutos de reposo. Tomó el control de la televisión y a capricho deambulaba por los canales que ofrecían todos los días la misma bazofia, aunque en diferentes presentaciones para engañar a los ilusos y hacerles creer que les mostraba todos los colores y los diferentes matices de la vida. En ese viaje ilusorio y en las frecuentes visitas de Gina, que siempre estaba presente para cumplir con sus deberes de esposa abnegada, entretenía su jornada laboral, desde su ingreso por la mañana hasta la hora de la comida, cuando su mujer le llevaba un potaje de lentejas que a mí me parecía un revoltijo de bichos nauseabundos revueltos en un caldo grasiento y espeso. 

Una mañana lluviosa y nostálgica sorprendí un diálogo íntimo entre Reno y Gina. Tomaba mi descanso en la Sala del Olvido, con la mente en blanco, cuando me llegó nítida su voz, que volcaba en el oído atento y amoroso de Gina. «¿Verdad que nos parecemos?» Se refería al actor que en ese momento llenaba la pantalla. Contó su sueño de la adolescencia. Alguien le metió en la cabeza (su madre, sin duda) que era guapo y que tenía pinta de actor o de modelo. Se afanó por imitarlo y frente al espejo ensayaba caras de tipo rudo: rudo golpeando a los malos, rudo masacrando al ejército enemigo, rudo acaparando el amor de la bella, rudo luego de ser rechazado en el grupo de teatro de la secundaria (que fue el último gesto que ensayó). Y su vida fue devorándose en la falsa nostalgia de lo que nunca fue, hasta que mal de su grado fue llamado por el flamante Gran Batracio (amigo lejano de la familia, y que se lo llevaba a trabajar por un favor especial a la mamá, por el recuerdo de quién-sabe-qué turbias añoranzas) a integrarse a la plantilla del Charco, lo cual, por otra parte, ralentizó la marcha que lo llevaba a la Nada. Ahí lo encontramos y lo sufrimos y lo odiamos, como a tantos otros que parecen cumplir un destino inevitable en los actos cotidianos y eternos del Charco, una trampa vital en la que transcurre nuestra existencia, en nuestra lenta e inexorable marcha a la Nada. 

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