Carnitas para don Sata

Demetrio Navarro del Ángel 

Manuel siempre había sido un hombre un poco ignorante en muchos aspectos de la vida, pero temeroso de Dios. Por azares del destino había conocido a Pablo, un hombre extraño que parecía vivir atormentado por alguna razón. Pablo era un ermitaño, seco y casi inaccesible que vivía a orillas de una hondonada. 

Un día de tantos Pablo le pidió a Manuel que lo ayudara a llevar un encargo a una casa en el cerro de Leviatán; a lo cual sin dudar accedió. Le había dicho que pasara a su casa cerca del mediodía. 

Pablo llevaba un costal amarrado, el cual puso en la parte trasera de la troca, y le dijo a Manuel lo siguiente: «te voy a pedir que lleves este costal con carnitas a mi compadre; no te las vayas a comer… y ten mucho cuidado… no vayas a entrar en su casa por más que te invite a hacerlo. Sólo llévalas y entrégalas, él me va a mandar algo, lo recibes y me lo traes». 

Del costal emanaba un delicioso aroma a carnitas recién sacadas del cazo, por lo cual a Manuel se le estaba haciendo agua la boca y se le antojaba darse un buen atracón o, al menos, saborear un suculento pedazo de carne que saciara su instinto primigenio. 

Víctima de la gula, Manuel paró la troca a orillas de la carretera. Allí se atrevió a abrir el costal, el cual contenía un aborrecible platillo compuesto de sapos y serpientes de todos los tamaños, los cuales se encontraban perfectamente fritos. Al ver aquel contenido, al hombre se le revolvió el estómago. Estremecido, nervioso e incapaz de continuar su camino, estuvo varado con la repulsiva carga que no entendía por qué Pablo la había puesto dentro del costal. 

Se había retrasado, hasta que pudo salir de ese estado de fragilidad en el que se había envuelto y que lo hacía tan vulnerable, pues no era capaz de poder tomar el volante y continuar aquel trayecto al que se había comprometido. 

Con inusitada agilidad, logró llegar hasta aquella casa que parecía derruida, en la cual tintineaba una pequeña luz. Tocó tenazmente la puerta; un elegante hombre lo recibió, y Manuel atinó a decirle: 

 —Aquí le manda su compadre Pablo estas carnitas. 

Aquel hombre le invitó a pasar en varias ocasiones, sonriendo maliciosamente. A lo que Manuel interpeló: 

—No, muchas gracias… ya es tarde… Pablo sólo dijo que usted le iba a mandar algo.  

Manuel, pese a su desconfianza y la advertencia, se introdujo en las negras fauces de aquella casa en la que no se alcanzaba a ver nada. 

Parecía estar frente a un sueño o una alucinación: allí, atado a una columna en el fondo, se encontraba Pablo semidesnudo. El personaje que lo recibió con tanta amabilidad se había convertido en un ser abominable, provisto de cuernos y cola, quien con una fusta laceraba sin misericordia a aquel desdichado. 

Quiso gritar, pero recordó que no debió haber entrado allí, así que no dudó en salir inmediatamente persignándose sin hacer el menor ruido posible. El malévolo compadre tardó unos seis minutos en salir; entregándole una talega con monedas; lo supo por el peso y el ruido que hacían. 

Desde aquel día, Manuel cayó en un agujero sin sentido, con la ropa percudida andaba por las calles del pueblo diciendo incoherencias en voz baja acerca de aquel encuentro. La mirada perdida lo acompañaba de forma perenne y una mueca de pavor se dibujaba en su rostro cada vez que creía ver en el pueblo a don Sata, de quien huía en forma errática por las empedradas calles. 

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