El visitante nocturno

Raúl Ernesto Aguilar Ortíz 

Sucedió una noche de esas oscuras en que la luna se esconde. Aparecieron unos pequeños insectos voladores; parecían lucecitas fosforescentes: eran luciérnagas. Nos las restregábamos en la ropa para vernos con brillos. 

Mi padre pasaba por una penosa y grave situación económica: fue aval de no-sé-qué trácala de su yerno; por ese motivo nuestra casa la estaba perdiendo en una hipoteca. No encontraba mi padre siquiera manera de abonar mensualmente los intereses. ¡Era un hecho que nos quedaríamos en la calle! La casa era viejísima: fue construida a fines del siglo XIX. Su puerta de madera estaba deteriorada y llena de polilla; tenía una ventana de cada lado con las típicas rejas de las casas tapatías, también en lamentable estado. 

En cada esquina del barrio colgaba un foquito lagañoso; con su débil luz alumbraban cuatro calles del barrio. Las calles eran pura tierra, sin banquetas. En varias de ellas se veían montones de arena, así como varios cernidores; también mucho barro que amasaban los indígenas con los pies para hacer ladrillos y tejas —seguro por eso salieron tan buenos para las danzas—. Cuando llovía me gustaba observar las gotas caer en la tierra; imaginaba miles de soldaditos marchando. 

Entonces la casa tenía también un pasillo en la entrada con dos puertas laterales que permitían entrar a grandes cuartos: uno era la habitación de mis abuelos paternos, ya grandes de edad; en el otro, dormían mis padres. Había en un rincón de esa habitación un pequeño catre para mí —tenía seis años—. Cada cuarto estaba iluminado por un triste foco. Del pasillo seguía el corral, más oscuro que las entrañas del infierno —eso imagino pues todavía no lo conozco—. 

Un día, a punto de acostarme, tocaron la puerta de la calle con una aldaba que colgaba. Iban a dar las ocho de la noche; mi madre se dirigió a abrir. Un señor vestido con traje negro de la cabeza a los pies, con chaleco y sombrero, saludó a mi madre quitándose este último. Utilizando una voz poco audible dijo: 

—¡Señora, muy buenas noches! Disculpe. Me enteré están vendiendo esta casa. ¿Sería posible hablar con el propietario? 

—¡Sí, señor, cómo no!; ¡Viejo, ven, aquí te habla un señor! 

—Señor —dijo mi padre—, buenas noches. ¿En qué puedo servirle? 

—Sé que usted vende esta casa —continuó el extraño— y me gustaría que me la mostrara toda, ¿es posible? 

—¡Claro que sí, señor! —respondió mi padre—, puede usted venir a la hora que disponga mañana y se la muestro con mucho gusto. Pero, a todo esto, ¿con quién tengo el gusto de hablar? 

Se intercambiaron nombres y apellidos. El hombre comentó: 

—Por mi intenso trabajo me es imposible venir a cualquier hora del día. ¿Me la puede enseñar en este momento, por favor? 

—Señor, mire usted al fondo del pasillo y al corral: no tenemos luz eléctrica ¡Es imposible! —Hizo una pausa mi padre—. Mire, Don Vicente Rincón Gallardo, mañana haga un tiempecito y a la carrera le muestro la casa con mucho gusto, ¡se lo juro por Dios! 

—¡Ah, qué palabra tan hermosa ha dicho usted! ¡Dios, quien todo lo puede!… Pero créame, sinceramente me es imposible venir a ninguna hora durante el día.  

—No creo sea imposible, señor… 

Mi padre, viendo la insistencia del hombre, casi le gritó a mi mamá: «¡Josefina, ve y cómprate cinco velas de parafina, por favor!». Al rato andábamos como procesión: mis abuelitos, cada uno con su vela; mi padre y mi madre; y, de pilón, yo, pues olvidaron que debía acostarme. El hombre exclamaba: «¡Qué casa tan hermosa; mire las paredes!». Eran de adobe, cubiertas de quiebra platos, con unas flores azules que se abrían al atardecer y durante el día se volvían como capullos. 

Yo chiquilín, pensaba: «¿Cómo dice este señor que la casa está bonita si está refea? ¡Todo el piso con tierra del corral; lleno de conejos que salían de sus agujeros; parecían copos de nieve en la oscuridad!» Detrás de la procesión vino un perrito; le llamábamos «el negrito». También nos seguían los gatos, como si les hubieran dicho: «¡Órales a hacer bola al desfile!». 

Había un fresno altísimo. De una rama suya hacía mis columpios o trapecios cuando jugaba solo al circo. Más adelante, estaba un pozo de agua con su brocal; tenía balde y soga. Al fondo del corral se encontraba una pared con una pequeña puerta; ahí se ubicaba el común —excusado—, pues si no había drenaje en la calle, menos en las casas. Por cierto: mucha gente arrojaba por las ventanas que daban a la calle, residuos de orines y otras cosas más desagradables provenientes de sus bacinicas. Un día, acompañaba de la mano a mi abuelo y desde una ventana lo bañaron con orines, pues no se habían fijado si pasaba alguien. 

Antes de terminar el recorrido nos paró en seco el señor y le dijo a mi papá: 

—Si me decido a comprarle la casa, quiero me haga un pozo de agua. —Señaló el lugar—. 

—¡Pero, señor mío! Si atrás de nosotros está el pozo. 

—Estimado amigo, disculpe mi necedad, pero es una condición. ¿Sabe usted?, me dedico a escribir, sobre todo poesía y mandaré hacer un portal con un espacio grande para dedicarme en mis ratos libres en soltar mis pensamientos. ¡Señor Ramírez, me voy a retirar y no se imagina lo agradecido que me siento por sus amables y gentiles atenciones de usted y su respetable familia! —No se despidió de mano, sino como haciendo reverencia—. 

—Don Vicente, ¿me permite acompañarlo? Sirve continuamos platicando y, de paso, paseo la cena —puros frijoles—. 

—¡Cómo no, Don Antonio! Será un placer. 

Caminaron por toda la calle Tabasco hasta la calle Guanajuato y dieron vuelta para irse por la de Mezquitán. Todo iba bien, pero al llegar al cruce con la calle Veracruz —hoy Avenida de los Maestros, donde empieza el panteón Mezquitán—, el señor dejó de caminar y le dijo a mi padre: 

—¡Señor Ramírez, le agradezco su compañía, pero de aquí yo me voy solo! 

—Pero amigo, yo lo puedo acompañar hasta su casa, pues me gusta caminar y sirve seguimos conversando. 

—¡Señor, se lo pido por favor; le doy infinitas gracias pero hasta aquí! —Antes de retirarse caminando dijo:— si me decido a comprarle la casa, yo regreso dentro de ocho días; no se le olvide. 

Cuando mi padre regresó a casa, escuché que le platicó a mi mamá —yo estaba acostado—: «¿Cómo ves a este viejo loco?, que dizque quizá vuelva a venir y comprar la casa». 

Se acostaron a dormir y nadie se acordó del tema durante días. Exactamente a las ocho de la noche del día que le prometió a mi padre —esto lo supe después, pues aquel día estaba dormido—, el señor tocó la puerta. Abrió mi padre. Su sorpresa fue enorme; no lo esperaba. 

—¿Cómo le va, señor Rincón Gallardo? Yo muy contento con su visita a esta su pobre casa. 

—Pues, mi distinguido amigo, he venido a decirle que me decidí a comprar la casa. Sólo que… quiero me la vuelva a mostrar, por favor. 

—¡Sí, señor, claro que sí! —Mi padre no se molestó para nada pues sintió un gusto enorme—. 

—¡Vieja, trae las velas, que vamos a mostrarle la casa a nuestro amigo! 

La procesión se realizó con mis abuelitos, mi mamá y mi papá. Volvió a mencionar que estaba hermosa —¿de dónde?—. Reiteró a mi papá en dónde quería ubicado el nuevo pozo de agua. Le pidió que fuera el día siguiente a su casa para entregarle la mitad en que habían convenido el trato. Mi padre siempre despertaba a las cinco de la mañana; diario empezaba platicándole a mi mamá historias o anécdotas de su vida entre otras cosas. Ella le decía: «¡Viejo, déjame dormir; son las cinco de la mañana!» 

Esa vez, estaba alegre e ilusionado porque por fin resolvería el problema de la casa. Se le hacía tarde para visitar a su futuro cliente. 

—Son las siete de la mañana y creo es buena hora para hablar con el señor en su casa. 

—No – dijo mi madre –. Vete como a las ocho de aquí porque a lo mejor están desayunando. 

Mi padre llegó al domicilio: se ubicaba por el rumbo del Santuario. Había familias de mucho dinero. El pasillo estaba abierto y al terminar había un cancel de herrería y una campanita —en ese tiempo no se usaban los timbres—. Llamó la atención de mi padre que arriba del cancel, en la pared, colgaba un moño negro todo descolorido y pensó: «Qué raro, mi amigo no me contó del fallecimiento de un familiar cercano». Tocó la campanita y apareció una señorita de piel blanca vestida de color negro, como solterona, con algunos años encima. 

Él, después de saludar y presentarse correctamente, explicó detalladamente el motivo de su visita. La señorita empezó a llorar después del relato. Ella llamó a su hermana, también vestida de negro y mayor de edad. La primera le dijo a mi padre: «Señor, todo lo que nos platica coincide con mi hermano, quien fue propietario de esa casa, pero falleció hace cuarenta años». Por supuesto, las damas lloraban. Completamente desconcertado no encontraba manera de explicarles que él no era un hombre capaz de sorprenderlas para obtener dinero fácil. Se despidió todo avergonzado y con gran desilusión, sin encontrar congruencia en todo lo acontecido. Llegó a nuestra casa, triste, sin querer hablar. Sólo dijo: «Fíjate, vieja, lo que pasó; de no creerse…» 

Días después consiguió un préstamo con un señor de apellido Rizo. Vivía por la calle Pedro Moreno. Semanas después, mis padres fueron nombrados directores en una escuela foránea —él, director de niños y, ella, de niñas; ambos ya habían sido maestros anteriormente—. Con el dinero del préstamo mi papá pagó la hipoteca —nuestra casa medía 12 metros de frente y 30 metros de fondo—. Compró un terreno con dos habitaciones: una para mis abuelos y otra para mis padres y yo. 

Llegaban del trabajo foráneo los viernes en la tarde-noche. Yo los esperaba en la acera. Bajaban de unos camiones verdes: ruta Mezquitán-Mexicaltzingo —los abordaban en las Nueve Esquinas—. Mi mamá llegaba cargada de duraznos, naranjas, limas, cacahuates, zapotes y un ramito de flores blancas tan olorosas que hasta la fecha no he podido encontrar; no he vuelto a percibir su suave olor. Los sábados mi padre se dedicaba a hacer mezcla y mi madre pegaba adobe debido a que las bardas de los vecinos estaban bajitas y los cuartos no tenían piso sino pura tierra —llenos de pulgas—. 

Pasó un año. Incluso mi mamá hizo amistad con unos buenos vecinos: Doña Fidela, su esposo Don Cipriano y tres niñas muy bonitas. Duramos viviendo ahí sólo un año, pues a todos nos tumbaron las casas para realizar la avenida Ávila Camacho —detrás de donde estábamos no había lugar para edificios ni espacio para juegos mecánicos o circos; sólo estaban las llamadas barranquitas. 

Pasaron los años. Mi padre murió hace 56 años y mi madre hace 25. Ahora vivo solo, tengo cuatro hijos, catorce nietos y tres bisnietos. Un día fui a comer a un restaurante que estaba por la avenida Plan de San Luis, entre la avenida Federalismo y la calle 6 de diciembre. La Suegra, se llama. La encargada de la cocina, su hermana María de Jesús y yo jugábamos de niños a las «cebollitas». Mientras yo comía se acercó dicha señora. Se me ocurrió contarle la historia y me contestó que era vecina de los actuales dueños de la casa. 

Cierto día llegó con la novedad que una de las personas que viven en mi otrora casa le pidió que me dijera si podía visitarlos, pues les interesaba escuchar mi narración. Nos pusimos de acuerdo y me presentó con una de las dueñas. Al entrar al corral, me sorprendió lo mucho que los detalles se encontraban igual: mi cuartito de adobe que me construyeron mis padres… Se me salieron las lágrimas. Le platiqué todo el drama por el que había pasado mi padre y le señalé dónde quería el señor el pozo. 

Actualmente la casa está reconstruida, reformada y, cuando veo el cambio de dicho inmueble, me doy cuenta de que ni a mi padre ni a mi madre, aunque muy inteligentes, se les ocurrió que ¡donde el difunto quería el pozo había dinero! Ese dinero tampoco me correspondía a mí. 

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