Psicología para la vida. El dolor como síntoma del amor

Juan Jesús Rodríguez Ramírez 

Hablar de la historia de la medicina es hablar de la historia del hombre; de la salud y de las maneras en que se ha buscado conseguir ésta. Si partimos de la idea de que la salud es natural en el hombre, entonces lo contrario a ello no es normal. Por ello, el ser humano en sus orígenes consideraba a la enfermedad como un castigo divino, algo que los dioses le enviaban por alguna desobediencia y por lo cual tenía que pedir el perdón. Pero ¿cómo acercarse a la divinidad siendo impuro?, ¿cómo ser digno de ser escuchado y de conocer lo que se pide para que le sea devuelta la salud? Para ello el hombre necesitaba un mediador, alguien que por derecho divino pudiera conocer los designios de la divinidad y sus pedimentos.  

Este mediador e intermediario era el sacerdote, brujo o chamán que podía, a través de rezos, comunicarse con Dios y escuchar lo que requería del enfermo, pudiendo ser algún acto, manda o sacrificio. El enfermo debía purificar no sólo su cuerpo, sino su alma. Si el enfermo no sanaba significaba que el creador no le concedía el perdón; pero, si se apiadaba de él, entonces le era devuelto lo que le correspondía: la salud. El sacerdote era el intermediario para otorgar la medicina y el enfermo tenía la oportunidad de comunicar su dolor y arrepentirse de su falta cometida.  

Conforme el hombre fue conociendo su entorno empezó a buscar la salud a través de las plantas, buscando pócimas curativas, hierbas medicinales. Aunque, de igual manera, sólo el brujo o chamán era el conocedor de los medios medicinales. Mediante la fe y la confianza hacia el sacerdote fue como el hombre doliente encontró la salud, pues consideraba todavía al sacerdote como el único conocedor de las pócimas —el único con información dada por los dioses—. 

La filosofía fue un caldo de cultivo para que emergieran las ciencias como manifestaciones del conocimiento, entre ellas, la psicología. En un inicio, esta ciencia se refería al estudio del alma. Así, continuó el rol del sanador hasta llegar al concepto moderno del médico. 

Es necesario, entonces, que el médico se separe de la fe para que la medicina se convierta en ciencia. Por ello el médico —responsable de curar la enfermedad del cuerpo— y el sacerdote —responsable de curar el alma— se separan. Pronto el médico tomó el papel principal para desterrar la enfermedad del cuerpo que oprime al hombre. No obstante, este avance en la medicina también es su retroceso, pues en la búsqueda de encontrar la cura se olvida de la función relevante que realizaba el sacerdote: escuchar al enfermo. 

La medicina, siendo una ciencia dedicada a la prevención, detección y tratamiento de las enfermedades, en los últimos años ha experimentado importantes avances científicos y tecnológicos. A través de estos, se han desarrollado diversos sistemas de diagnóstico y tratamiento para las enfermedades, así como nuevas técnicas y métodos quirúrgicos especializados, siendo ellos cada vez menos invasivos y riesgosos y más efectivos. A la par de lo anterior, también se ha dado un crecimiento en la industria farmacéutica, destinada a la investigación y desarrollo de medicamentos en la prevención y tratamiento de diversas enfermedades y alteraciones. 

Estos grandes avances han aportado enormes conocimientos en el ámbito biológico del ser humano, pues se ataca a la enfermedad, se repara el daño físico y se alivia el dolor localizado. Sin embargo, el dolor no solamente es físico. La enfermedad y el dolor son una experiencia individual, subjetiva y multidimensional que involucra al cuerpo, a la mente y al espíritu, es decir, en todas sus áreas: fisiológica, sensitiva, afectiva, cognitiva, conductual, social, cultural y espiritual.  

Con el avance de la tecnología, el médico se apoya en ésta para diagnosticar algún padecimiento, evitando hasta el contacto corporal con el enfermo, pues las máquinas le brindan al médico resultados más exactos del padecimiento del enfermo. El hombre, entonces, se transforma en una máquina; luego, se pierde «la salud mediante la palabra». 

Es así como se da una escisión del hombre. La medicina solo atiende la parte biológica, dejando fuera otros componentes como lo psicológico, lo social y lo espiritual, áreas fundamentales en la totalidad del ser humano. 

El dolor en la actualidad se presenta como un enemigo de la salud, como algo que se debe de combatir y vencer. Sin embargo, se nos ha olvidado que es precisamente el dolor lo que nos permite sabernos vivos, reconocer cuál o cuáles son las manifestaciones de la enfermedad y sus síntomas, pues si los logramos reconocer, nos posibilita el contacto real con lo que sentimos, deseamos y necesitamos atender. De esta forma, se vuelve doloroso sentir; cuando es posible lo evitamos, lo postergamos o lo negamos. Cuando aparece el dolor se rompe la homeostasis y sobreviene la enfermedad; se hace evidente la polaridad salud-enfermedad en la cual estamos inmersos. 

Estos contrarios que nos habitan, que pareciera que se excluyen entre sí, al mismo tiempo conforman la unidad y, a su vez, nos muestran nuestra naturaleza humana: la finitud de la vida, lo vulnerable que podemos llegar a ser. En dicha toma de conciencia surgen varias preguntas: ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿por qué?, ¿cómo?, ¿para qué?, etcétera. Estas preguntas nos llevan a la reflexión de nuestra historia, nuestras creencias, nuestro hacer en el mundo. El dolor nos hace humanos; no sólo es una respuesta defensiva ante un estímulo. Cuando nos damos cuenta de que hemos perdido la homeostasis en nuestro ser y nos sentimos frágiles, vamos en busca de un ser humano, de un profesional que tenga los conocimientos necesarios y profesionales. Ante todo, buscamos a una persona que nos escuche, nos entienda y nos comprenda; en ella depositamos nuestra confianza y nuestra esperanza. Cuando se da este encuentro, inevitablemente el uno se refleja en el otro. 

El dolor es aquel polo necesario para poder alcanzar y valorar lo que viene después: el amor, su polo opuesto. Pareciera que así de simple y sencillo es este concepto del morir y todo lo que hacemos y sentimos ante la pérdida —entiéndase todo aquello que, desde el nacer, vamos dejando, ya sea por elección o por sorpresa—. En otras palabras, la pérdida es lo que nos arrebata la posibilidad de seguir teniendo aquello que tanto amamos. 

Sin embargo, es precisamente en el dolor que se nos presentan dos momentos: primero, nos paralizamos por el miedo a lo desconocido —en una interpretación del mundo emocional equívoca o en una ignorancia de tal mundo—; y, segundo, nos abatimos por el espectro del sufrimiento. De tal forma, nuestros recursos y necesidades quedan sepultados junto con lo que «se nos ha arrebatado» y terminamos negando el sentir —al menos en la fantasía—. En la negación, llegamos a los abismos de la locura y la desolación aniquilante o al renacimiento de lo que somos mediante el reconocimiento de lo que sentimos y de lo que necesitamos. En este renacimiento, emergemos de los infiernos a los que hemos caído, pero mediante los cuales hemos sido purificados al integrar la razón con la emoción y reconciliar la parte humana con la espiritual. 

Quizá lo anterior parezca ilógico, pero es el proceso natural que experimentamos cotidianamente, solo que no lo hacemos consciente hasta que la pérdida, el dolor, es muy significativa y nos presenta la posibilidad de saber que estamos vivos. Es aquí donde la muerte puede ser una vía de crecimiento profundo y una oportunidad de observar que en el mundo existen infinitas maneras de hacer de nuestra existencia algo trascendental y que, desde el dolor, nos conectamos con la creación y el universo como uno solo, legándonos un nuevo sentido de la vida. 

El dolor es, según la etimología, pena, aflicción, pesadumbre, emoción, sensibilidad, expresión apasionada. Por ello es el puente para alcanzar el otro extremo que ya mencioné con anterioridad: el amor. El amor es «lo que no muere», aquello que permanecerá hasta que su creador deje de alimentar y, por consiguiente, lo anule. Es un término limitado, pues en el sentido de la experiencia, el amor se presenta como algo incomprensible para la razón, pero que desde la percepción y la sensación, genera bienestar. El amor es el cimiento para la construcción de una nueva realidad, una realidad propia, basada en la necesidad particular de cada ser humano, lo que contribuye a que su magia se extienda en cada acto en el que es negado o reconocido, en cada pensamiento y en cada forma de expresión con que se le interpreta.  

Todo ser humano se desestructura ante el dolor. Por ello, consideramos que todo profesional de la salud tiene la obligación ética de elaborar el dolor, su propio dolor; pues, como responsable de propiciar bienestar en el otro, tiene que empezar a buscar su propio bienestar, de elaborar sus propios procesos, su frustración y la ansiedad generada en el trato diario con personas que padecen un «gran dolor», sin olvidar que es un ser humano que siente y adolece. Experimenta, por ejemplo, la impotencia de no poder sanar al enfermo, la impotencia de no poder regresarle su equilibrio.  

Ese dolor no elaborado, esa emoción no hablada, se convertirá en síntoma físico o lo llevará a alguna adicción, pues estudios recientes muestran que las causas más comunes de muerte entre los médicos son paros respiratorios, problemas graves con la presión arterial, alcoholismo e incluso el suicidio. La ansiedad no elaborada puede desembocar en la enfermedad psicológica conocida como el síndrome de burn out

El reto es buscar un espacio que nos permita a nosotros, los profesionales de la salud, los seres humanos que nos dedicamos a generar bienestar en el otro, encontrar los medios o los espacios que nos permitan entablar una conversación grupal, para hablar de ese dolor que se contacta en el día a día en el trabajo profesional; de contactar y elaborar nuestro propio dolor que, como seres humanos que somos, es inevitable. 

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