Vagando por las calles. Leyendas y actualidad

Maleni Cervantes 

En algunas ocasiones me he puesto a pensar ¿qué pasaría si recorriera pueblo por pueblo todo el país?, ¿cuántas leyendas o historias curiosas podría encontrar? 

Un día un amigo me comentó que la literatura latinoamericana era producto de una serie de dogmas populares que, para muchos, suenan como historias fantásticas. Todo esto gracias a que nuestras creencias y nuestra cultura se entrelazan con aquellos mitos que tratamos de llevar de lo local a lo universal por medio de nuestros escritos. 

Los pueblos están repletos de leyendas o historias que tratan de explicar los hechos por medio de relatos que mezclan lo fantástico con lo real. Un ejemplo serían las historias sobre nahuales. 

Dichas leyendas son parte de nuestras raíces prehispánicas y tienen su origen en culturas como la azteca o la zapoteca. En algunos de los relatos aparecen hombres que tienen la capacidad de convertirse en elementos de la naturaleza (como bolas de fuego en el caso de las brujas) o en distintos animales que van desde lechuzas hasta puercos. 

Cuando hablamos de nahuales inmediatamente los relacionamos con brujería, recordamos esas anécdotas que hemos escuchado más de una vez por parte de nuestros padres y abuelos. En éstas se representa una lucha constante entre el bien y el mal que se materializa en la magia negra y la magia blanca. Porque sí, también es cierto que, pese a que se relaciona a los nahuales con hombres malvados, también existen otras dos definiciones de nahual: el brujo bueno que utiliza sus poderes para ayudar a la humanidad; y, el animal con el que estamos conectados de tal manera que, si él llegara a morir, nosotros también. 

Es decir, pese a que retoman la misma idea, hay variaciones de acuerdo con el pueblo o debido a los cambios surgidos a partir de la oralidad: se han transmitido de generación en generación, familia a familia. 

En este punto me he puesto a recordar las historias que me contaban mis tíos abuelos sobre las bolas de fuego que se veían a lo largo de los cerros en noches de luna llena. Ellos, como en muchos poblados rurales de México, decían que las brujas, en bolas de fuego, atacan las casas donde hay recién nacidos para robarlos y comerlos, con tal de conservarse hermosas y jóvenes de por vida. 

He notado que algunas personas se ríen o se molestan por el hecho de que gran parte de nuestro pueblo cree en ellas y no en la ciencia. Sin embargo, también me cuestiono qué pasaría con nosotros si no tuviéramos dichas historias que invitan a avivar nuestra imaginación o a hacer más rica nuestra convivencia. 

No estoy diciendo que esté bien el dejar de lado la ciencia y los avances tecnológicos, ni que es bueno creer al cien por ciento en estas historias; pienso que es agradable regresar a nuestra infancia por medio de la imaginación, poniendo en duda la veracidad de estas historias; incluso, dándoles un poquito de sazón para que sean aceptadas como anécdotas o experiencias personales porque, queriendo o no, la existencia de este tipo de relatos nos remite a nuestra necesidad de entretenernos. El hombre tiene el don de contar y no sólo de hablar: una simple anécdota la puede transformar en arte y cultura. 

Tratar de creer o, al menos, no rechazar completamente estas historias nos ayudará a recuperar esa imaginación que quizá tenemos dormida dentro de nosotros. También lograremos comprender que las leyendas o relatos que tienden a lo fantástico no sólo son de mentiras, sino que responden a la necesidad de comprender ciertas situaciones que se nos escapan de las manos. 

Quizá se trata de narraciones que intentan explicar una realidad o dar consejos para vivir en ésta, como lo hacían en épocas remotas los griegos por medio de las fábulas. Tal vez podemos conectarlas con conflictos más profundos sobre la naturaleza humana. 

Por ejemplo, en las leyendas de brujos, nahuales o chamanes, notaremos la creencia que el hombre puede ser cruel y hacer daño a otros. Estos relatos ya no pertenecen únicamente a la literatura oral, sino que también son parte de la literatura escrita en escuelas. 

Es decir, en las leyendas podemos encontrar parte de nuestra riqueza literaria oral, historias que al igual que cualquier tipo de texto merecen respeto y valoración; nuestro deber es estudiarlas, escucharlas y transmitirlas para no dejar que ese tesoro cultural desaparezca. 

Los relatos nos recuerdan que hay algo que siempre se va a escapar de la lógica, explicaciones que van más allá de nosotros. Creamos relatos con distintas finalidades, pero principalmente con el sentido de evocar sentimientos o emociones, así como cualquier obra literaria que trata de llevarnos a la catarsis. 

Las leyendas son una creación cultural que nos invita a sorprendernos en un mundo donde se cree que todo tiene una explicación racional, donde una serie de factores externos nos han robado la capacidad de asombro y de invención. 

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