Pollex infestus

Guillermo Iván López Alemán

Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.

Franz Kafka, La metamorfosis

Ninguna advertencia del ortopedista lo había preparado para lo que le ocurrió esa madrugada. Desde el punto de vista médico, su caso era uno de esos prodigios que el método científico aún no alcanza a explicar; a nada se había llegado con toda la investigación posterior, con las pruebas de laboratorio y los descubrimientos de la genética. Prevalecía el debate entre quienes entendían el asunto como una sorprendente evolución, un salto de mil años en la selección natural, y quienes lo atribuían a prácticas incomprensibles e indecentes. Para algunos, la ciencia terminaría por descifrar el enigma —siempre lo hacía—, por lo que sólo restaba esperar; pero en círculos populares la noticia comenzó a despertar aversión. Algunos medios televisivos lo difundieron de manera morbosa, hasta hubo quienes se congregaron dispuestos a acabar con el engendro. «Esto es un castigo de Dios por nuestros pecados», decían. La misma comunidad médica se encontraba dividida.

Aquel día, durante la visita dominical de sus suegros, alcanzó a percibir un enrarecimiento en el ambiente. Durante la comida tuvo la sensación de estar en otro lugar; el entorno más inmediato le parecía ajeno, como visto a través de una pantalla. Los rostros familiares, desde tal perspectiva, no eran sino un remedo: sus expresiones se le figuraban actuadas, como parte de un guion. Todo pasaba como debía pasar, todo estaba donde solía; la charla de sobremesa era como cualquier otra y, aun así, una idea vaga —como venida de un sueño— se implantó en su imaginación. Quizá por eso el adormecimiento de sus dedos había empeorado, no lo sabía. El ortopedista, por su parte, creyó que se trataba de una pérdida en la curvatura de la columna cervical.

—Tiene que realizar estos ejercicios de rehabilitación dos veces al día, todos los días de su vida, hasta que se muera. —El médico, al pronunciar estas últimas palabras, esbozó una sonrisita malévola, mirándolo por sobre los anteojos e inclinando ligeramente la cabeza abajo.

—Muy bien, doctor —le respondió mientras miraba un falso esqueleto que pendía de una percha en el consultorio.

Luego se le ocurrió que, si se moría al día siguiente, el adormecimiento en la punta de los dedos de la mano derecha lo iba a perseguir hasta la sepultura.

Mientras lavaba los platos de la comida ese domingo, notó que el agua tibia aliviaba un poco el hormigueo, así que se quitó los guantes de látex y continuó con las manos desnudas, haciendo algún esfuerzo por reprimir el asco que le provocaban los residuos de comida. Después, como cada domingo, quiso darse un baño antes de dormir. Se dirigió al cuartito de lavado donde se encontraba el bóiler para saber si el agua estaba aún caliente: poner el dedo pulgar sobre la plaquita metálica y sentir un ardor insoportable que lo obligó a retraer la mano rápidamente fueron una misma cosa.

Un alarido se escuchó en toda la casa. Por puro reflejo, con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda apretó la muñeca de su mano derecha, como si eso debilitara el dolor, que empezaba a subirle hasta el codo. Atónito, miraba su pulgar, que de pronto ya no le parecía suyo porque había dejado de sentirlo por completo. Los intervalos de un dolor inaguantable y una insensibilidad total se sucedían tan rápido que casi no podía distinguirlos. Al cabo de un rato, las sensaciones alrededor de la mano se volvían más intensas y, de entre todas ellas, surgió un ardor, una sensación de rubor que estaba en otro lado, quizá en la palma o en la punta del resto de los dedos, no sabía dónde; sentía arder las venas, los músculos, las articulaciones e incluso imaginó que la piel de toda esa zona se le enrojecía. Pensó que el interior de su brazo, desde el codo hasta la punta del dedo medio, iba a reventarle sobre la cara mientras seguía mirándolo.

Su mujer bajó en bata para saber qué ocurría:

—¿Qué te pasa? ¿Por qué gritas así?

—¡No sé! ¡Me quemé con el pinche bóiler!

—¿Y tanto escándalo por eso? A ver, déjame revisarte.

Ella fijó su mirada en aquella mano punzante y él, como consecuencia, pudo observar que entre la carne abierta de su pulgar se asomaba, en contraste con el rojo brillante de su sangre, una falange blanca, impecable. Tal visión, naturalmente, alarmó a la mujer; a él le provocó un dolor agudo extendido desde la herida hasta la base del cráneo. Sintió que se desmayaba.

—¡Eso no es de una quemada!, ¿qué te pasó? ¡Mira el piso!

Ya sin fuerzas, se dejó llevar hacia una especie de resignación y, por un segundo, consideró mejor perder todo el brazo de un solo tajo que seguir soportando aquello. De pronto, su dedo, inexplicable y lentamente, se separó de la mano y cayó al suelo, envuelto en sangre. Ambos se quedaron en silencio, con los ojos bien grandes. El pequeño gusano rebotó un par de veces, se arrastró unos centímetros y se quedó quieto.

Pensó que todo iba a terminar ahí, pero su mujer, un poco repuesta del primer sobresalto, le pidió levantar el dedo, ponerlo en una cubeta con hielo y alistarse para ir al hospital.

—¿Y si mejor pedimos una ambulancia? —se atrevió a sugerir él.

—No, no, no… Esos de las ambulancias siempre se tardan. Mejor pon tus cosas y vámonos. Yo manejo, pero de regreso vas a limpiar tu tiradero —dijo ella con una mano en la cintura, molesta.

El camino hacia el hospital le pareció una locura. Los semáforos intercambiaban sus luces sin orden ni concierto y sólo atinaba a verlos serpentear vertiginosamente, como si en verdad quisieran comunicarle un mensaje en clave. Hubiera preferido perder la conciencia, sumirse en un sueño fangoso, pero experimentó más bien un delirio lleno de luces, ruidos y movimientos cuya fuente no alcanzaba a precisar.

Cuando despertó en la cama del hospital, de inmediato notó el vendaje que recubría toda su mano derecha y sintió un mareo, fuerte al principio, menos perceptible conforme transcurrían los minutos. Una enfermera manipulaba algunos aparatos incomprensibles y drenaba, con una jeringa, quién sabe qué jugos nauseabundos de su mano. Enseguida entró una doctora, indiferente, le dijo:

—Señor, se lo pregunté a su esposa al llegar y ahora se lo preguntaré a usted: ¿quién le dijo que un miembro amputado se pone directamente en hielo? Su dedo llegó congelado, por lo que parte del tejido más fino se dañó permanentemente y resultó imposible reconectarlo al tejido vivo.

Y remató, ahora con soberbia, con un desdén que le contrajo el abdomen y le hizo clavar sus ojos en los de su paciente:

—La gente puede ser tan ignorante…

Desde luego, no le habló sobre los inconvenientes que se presentaron cuando él y su esposa llegaron al hospital: la larga espera en la sala de urgencias —llena de pacientes impacientes—, la falta de médicos y quirófano disponibles, el papeleo inútil pero necesario…

Tras diversos procedimientos médicos que no comprendía (pellizcos en la palma de la mano; el contacto con todo tipo de objetos desconocidos, fríos, calientes, ásperos, lisos…) le dieron el alta. Le explicaron que muy probablemente, durante un tiempo indeterminado, experimentaría aquello que en argot médico se conoce como sensación del miembro fantasma, es decir, la impresión de que el miembro amputado sigue ahí, en su lugar, dispuesto a realizar sus funciones habituales.

Y así sucedió. A veces, al querer encender la televisión con el control remoto, el muñón se movía como pescado que lucha por su vida a la orilla del lago; entonces el hombre reparaba, ya muy tarde, en su falta de pulgar. En otras ocasiones, cuando se disponía a enumerar para su esposa, en medio de una discusión, todo lo que él hacía por mantener en pie su hogar, a ella le costaba mucho aguantar las ganas de reír ante tamaña ironía, pues su marido tenía la costumbre —muy alemana— de comenzar a contar con el dedo pulgar. Utilizar cubiertos para comer era un espectáculo cruel y carnavalesco, parecido a los freak shows victorianos.Cepillar sus dientes, beber un vaso de agua, tomar un bolígrafo para escribir cualquier cosa, utilizar el cajero automático, levantar una moneda del suelo y otras tareas se convirtieron en trabajosas sesiones de contorsionismo. Tuvo que olvidarse de su smartphone, cuya contraseña de acceso era ni más ni menos que la huella de su pulgar perdido. Los likes en las redes sociales se le figuraban una afrenta personal, una desconsideración para la gente como él. Las puertas, con sus llaves y sus perillas, eran recordatorios cotidianos de su nueva condición.

Con el tiempo se obligó a hacer la mayoría de sus tareas con la mano izquierda, cierto, pero hubo algunas actividades que nunca más pudo realizar o, al menos, no con la misma soltura. La gente a su alrededor, por ejemplo, no se acostumbraba a darle un apretón de manos izquierdas, por lo que el ritual del saludo le producía angustia, sobre todo con personas desconocidas. Se fue aislando poco a poco, pues sólo hasta ese momento se había dado cuenta de que el mundo estaba construido alrededor del pulgar y, más aun, del pulgar derecho —lo que era ya pura convención—. Ser zurdo no era fácil en un mundo de derechas. La falta de su pulgar lo condujo rápidamente —y sin saber nada sobre marxismo— a adquirir conciencia de clase; perdió su empleo porque su productividad disminuyó.Pero lo más terrible era lo que sentía por dentro, la percepción que de sí mismo se construyó: la mayor parte del tiempo se consideraba una criatura monstruosa, involucionada, contraria a tantos siglos de progreso, cultura y civilización. Era menos que un mono. La situación resultaba grotesca.

A veces tenía terribles pesadillas: en la antigua Roma observaba, como emperador, el combate entre dos gladiadores; derribado uno de ellos, todas las cabezas giraban hacia el César. El vencido lo miraba suplicante; el vencedor, furioso; ambos jadeantes. Los alaridos del gran Coliseo se transformaban en carcajadas cuando el soberano estiraba el brazo y mostraba, en lugar de la firme decisión de un pulgar hacia arriba o abajo, un muñoncito que se movía como la cola de un bulldog. El gladiador victorioso, entonces, desconocía la autoridad suprema y levantaba su arma para asestar el golpe fatal al guerrero tendido, que en ese momento se transformaba en el propio emperador. El golpazo lo hacía despertar, bañado en sudor y con un hormigueo en el muñón.

En lugar de desaparecer gradualmente, como esperaban los médicos, la sensación del miembro fantasma iba haciéndose cada vez más constante e intensa. Conforme pasaban los días se le figuraba más ilusoria la ausencia de su pulgar: casi lo sentía ahí, palpitante, a punto de tocar con él las yemas del resto de sus dedos o de acariciar la palma de su mano. En sus sesiones de rehabilitación juraba que le dolía el pulgar derecho. Los médicos lo atribuyeron a la hipersensibilidad comprobada en muchos pacientes con dedos amputados, especialmente cuando el frío arreciaba. Aun así, el placebo se hizo necesario.

Una madrugada ocurrió lo impensable. Soñaba que su dedo, aquel gusanito que había caído al suelo todo sangrante, de pronto se volvía crisálida y, colgado de una hojita de la planta de la sala, aguardaba el momento de convertirse en mariposa. Él ponía todo su esmero en cuidarlo; con ternura lo observaba, regulaba la temperatura, mantenía constante la humedad. Transcurrido un tiempo —indefinido, como todos los tiempos de lo onírico—, su dedo se convertía en mariposa y salía volando por la ventana. Lo miraba marcharse entre la claridad de los rayos del sol.

Despertó con una sensación de libertad, como si él mismo se desbordara y su cuerpo no fuera suficiente para contenerlo. Se quedó un momento bocarriba mirando el techo. Disfrutaba esa impresión de los sentidos. Después, tal como se lo había indicado el ortopedista, apoyó el codo sobre el colchón y lo usó como palanca para incorporarse, a la vez que giraba todo el cuerpo hacia su lado derecho y, finalmente, quedaba sentado al borde de la cama, con los pies apoyados en el suelo. Sintió comezón en la parte posterior de su lóbulo derecho. Maquinalmente llevó esa mano a la oreja y notó que pudo rascarse aprensando el lóbulo entre el índice y algo que salía de su muñón, algo que lo había pinchado. Corrió a encender la luz. Efectivamente, como si la crisálida hubiera terminado de eclosionar, del muñón salía un dedo pequeñito, en cuya punta se alcanzaba a ver ya la uña en forma de aguijón. Los dedos de la mano izquierda le hormiguearon.

Guillermo Iván López Alemán estudió la licenciatura en Lengua y literatura hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Está en proceso de titulación; preparó para ello una tesis sobre Francisco Tario, autor hasta hace poco considerado marginal. Estas pistas le llevaron a relacionarse con uno de los investigadores más importantes de la literatura tariana, con quien comparte, además, el gusto por el boxeo, lo cual practica de manera recreativa. Su oficio es corregir textos escritos. Ahora lo hace para una universidad privada. Tiene 30 años.

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