Radiografía en el vacío

El origen del rap: una sugerencia (y ejemplo) de las leyes de la generación y conservación de las ideas

Hugo Chávez Mondragón

Nota: La coincidencia de dos objetos creados con diferentes finalidades como una romántica hipótesis sobre el origen del rap.

Quiero prestar estos ojos y con ellos contarles que imagino un momento fundante de la música rap tal y como la conocemos junto con sus derivaciones. Las siguientes palabras están lejos de ser una verdad «dura» y pudieran incomodar al ser leídas como un exceso de melosidad, consecuencia de una honestidad torpe y afectiva.

El génesis del cual hablo surge de un rizoma (una boda contranatural, a decir de Deleuze y Guattari), en el gesto donde un joven (supongamos de 12 a 16 años) quiere expresar su dolor, alegría o sueños propios de las reacciones bioquímicas de su organismo y su condición corpórea e institucionalizada en tanto que adolescente. Se encuentra en su habitación tratando de exiliarse del resto, en ese proceso de autodescubrimiento que parte de fijar un límite y «encerrarse» a escuchar la música popular de su momento histórico. Para motivos de situar el instante que abría de ramificarse poéticamente, acudamos a la decoración, los materiales, el estilo y contenido de una habitación en el departamento de un edificio clase baja en el Bronx, Nueva York, a finales de 1970. Este gesto seguramente aconteció en espacios diversos en lo sincrónico y diacrónico por su propia naturaleza (como ocurre con los pulsares); por ello, situar una «zona cero» no sería posible. Pero sí podemos, desde una arqueología de la imaginación, construirla.

Sugeridas las coordenadas espaciales y temporales deben sumarse los componentes necesarios para el big bang. El primero de ellos en un reproductor de cintas (casetes) como cualquiera de los que había en todos los hogares de esa época y que perduran al haber nacido antes de la obsolescencia programada. Se interrumpe la pista que, al nivel de volumen en que se encontraba (uno que permite la sensación de aislamiento de todo exterior) causa un golpe de silencio. El joven hace algo que ha aprendido de los mayores y que resulta ser práctico para anular el incómodo silencio: toma un bolígrafo y lo usa para ajustar el carrete de la cinta. El joven se da cuenta que mantiene el ritmo en su cabeza e incluso ha estado abriendo ligeramente los labios imitando una batería. El ritmo saltó a su cuerpo y la vibración se siente. Aunque no es la primera ocasión, en esta, la adrenalina sabe diferente. Retorna la reproducción de la pista y entra en conflicto con lo que en su cabeza estaba sonando. Buscando una explicación observa el bolígrafo en su mano derecha y pasan rápidamente por la memoria ocular un sinfín de objetos alargados: una flecha, una lanza, una bala, un cuchillo, una estaca, un bisturí, un cohete, una varita mágica, un taladro, una navaja… Es la primera ocasión que puede ver a ese poderoso artefacto con un interés que le produce escalofríos. Aquel trozo de plástico con un sistema cardiaco de tinta, que hasta hace unos segundos asociaba con la escuela secundaria a la que acude y que ha usado por años en infinidad de piezas desechables, de repente parece extraño, como si fuera una otra cosa sin dejar de ser todas las que acaba de alucinar.

Por impulso, toma una hoja de papel y expresa, a base de rimas, lo mucho que le gustaría vivir en otra parte, ser alguien diferente, en resumidas cuentas, ser otra persona. Lo hace en rimas porque escribe una canción. Ignorando que sin la cinta que se trabó no tendría la necesidad de «sacar» esas letras pues nunca habría tomado el bolígrafo y, sin el bolígrafo, el joven no habría escrito. Sin escritura y un sonido «accidentado» que retumba en su cabeza, nunca hubiéramos tenido un género musical que se ha popularizado en relativamente poco tiempo hasta los rincones de Sudáfrica, los bosques noruegos, los gimnasios de Tailandia o un microbús en México. En ese instante eterno se encendió el motor de un giro cultural.

Estas son las partículas que chocaron para provocar la gran explosión, mismas que existen gracias a que los fabricantes de cintas no inventaron a tiempo un objeto que permitiera ajustar el carrete. Y, por otro lado, los diseñadores de bolígrafos le dieron forma hexagonal como una cuestión ergonómica, mejorando el agarre y no porque pensaran que serviría para las cintas que llegaron décadas después. Es cierto que muchas cosas tienen que pasar para que un acto así se produzca, por ejemplo, un gusto e insatisfacción a la vez con la música, una historia que valga la pena contar, un deseo por manifestar… Tomar un bolígrafo y clavarlo —textualmente— en el cuerpo físico que contiene la música, el casete, es la huella de un crimen.

A menudo los puristas melódicos dicen que el rap «mató» a la música. Tal vez fue cierto y solo sus sensibles oídos lo notaron, de modo que el raspado de la pluma sobre el papel a una velocidad que no alcanza la de las ideas, les parece extraño, incómodo y condenable. Como los programas de televisión sobre asesinos seriales para los agentes policiacos.

La estampa icónica de un joven sentado en su habitación poco iluminada, en un parque, o en un callejón lejos de los terrores de su hogar, escribiendo con el gorro de la sudadera que le ayuda a pensar y que cumple labores de una frontera con el exterior, solo pudo ser producto de la aleatoriedad en el coincidir dos objetos extraños entre sí de origen y finalidad.

Mientras se escucha un bolígrafo correr sobre papel con una prisa atemorizante, las leyes de la creación y conservación de las ideas nos sugieren, exaltando, su singularidad y precesión a los principios que gobiernan la materia.

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