Democracia y Dios: la retórica en un discurso de Emilio Castelar

Andrés Guzmán Díaz

Introducción

En el presente texto se analizó un fragmento escrito por Emilio Castelar (1855) en el periódico La Soberanía Nacional y, posteriormente, reproducido en El Iris del Pueblo. El fragmento corresponde a los últimos cinco párrafos de la publicación, en los cuales se formuló la pregunta que guio la lectura analítica de la siguiente manera: ¿cuáles elementos retóricos usó Castelar para promover en el pueblo español los ideales de la democracia y el sufragio universal?

Al ser una obra inscrita a mediados del periodo conocido como el Bienio Progresista español, que duró de 1854 a 1856, se contextualizó el análisis en dicha época, puesto que toda obra intelectual y/o artística está sujeta al tiempo y al espacio en el cual es producida.

En segundo lugar, se presentó el análisis del documento en términos históricos, esto es, se mencionaron las fuentes, tanto la original de La Soberanía Nacional como la secundaria del Iris del Pueblo, y su afinidad política. Posteriormente, se apuntó de forma concisa la biografía del autor y político Emilio Castelar, quien tuvo aspiraciones democráticas durante buena parte de su vida. Finalmente, se identificaron los elementos retóricos usados por el escritor español para promover en el pueblo los ideales democráticos.

Se concluyó, por un lado, que el texto de Castelar sirve en parte como un reflejo de los ideales políticos de la época, en términos del sufragio universal y la democracia; y, por otro lado, que el autor utiliza referencias tanto socio-históricas (españolas y americanas) como religiosas para difundir en el pueblo una búsqueda de la república española, la cual se logrará hasta 1873, y del sufragio universal, el cual se obtendrá hasta 1890.

El Bienio Progresista (1854-1856)

La publicación analizada en este texto se inscribe en medio del llamado Bienio Progresista de España (Díaz Sampedro, 2006). Tras un liberalismo añorado entre 1820 y 1823 y, después, en 1836, el pueblo español vivía una época de descontento social; los partidos políticos estaban desubicados, pues no parecía que mantuviesen los ideales característicos, lo que provocaba alianzas antinaturales. Entre los cambios propuestos al inicio del periodo (1854) por Baldomero Espartero, quien estaba en el poder respaldado por Leopoldo O’Donell, se encontraban: (1) la organización provisional y territorial en la jerarquía política; (2) la libertad de expresión; (3) el papel fundamental de las Milicias Nacionales; y, (4) el diseño fundamental de la organización electoral.

A través de reformas y decretos tajantes, mediante los cuales se pretendía a grandes rasgos eliminar lo más posible las instancias moderadoras, se decidió el 8 de noviembre de 1854 que el sistema bicameral de España era disfuncional, puesto que entorpecía la toma de decisiones. Al promover la supresión de numerosos senadores no elegidos por voluntad popular, se entreveían los ideales de un sufragio más extenso y universal (opuesto a las políticas de 1846), mediante el cual existiera una acción política más directa y decidida.

No obstante, desde 1854 surgieron diversas Juntas (de provincias, de armamento, de defensas, patrióticas o de salvación) con el objetivo de contribuir al liberalismo progresista. De manera descoordinada, dichas Juntas apuntalaron el proceso político revolucionario. Al margen —y un poco fuera— de las leyes en vigor, aunque en constante movimiento, las Juntas contrariaron durante este periodo las decisiones del gobierno, por ello se buscó eliminarlas a la brevedad.

Al siguiente año, la misma política de propaganda a favor del liberalismo progresista que promovió libertades, eliminó la libertad de expresión y se encargó de que los gobernadores castigaran y sofocaran las revueltas populares de carácter político. A mediados de 1855 —poco antes de la redacción del texto de Emilio Castelar— había varias insurrecciones y revueltas en Aragón, Burgos y Navarra a favor del carlismo: una doctrina en contra del liberalismo inspirada en la tradición española y la Cristiandad medieval. El 3 de junio se declararon Barcelona y Gerona como zonas de guerra en descontento con las decisiones del Gobierno.

Al término del Bienio Progresista en 1856, España: (1) lidiaba con luchas internas dentro del propio gobierno; (2) tenía una tendencia de confrontación entre partidos políticos; (3) carecía de legislaciones sistemáticas, políticas y administrativas; y, (4) propiciaba un clima de descontento nacional. Todo lo anterior llevó a Espartero a dimitir de su puesto el 14 de junio del mismo año.

Análisis

El fragmento por analizar corresponde a un artículo publicado en el periódico español La Soberanía Nacional y reproducido —el 5 de octubre de 1855— en el periódico político, literario y moral El Iris del Pueblo. Fue escrito por Emilio Castelar en el mismo año. Respecto de la fuente original, el diario La Soberanía Nacional fue fundado en Madrid, España, el 9 de noviembre de 1854 por Sixto Cámara (1824-1859) y continuó publicándose hasta el 30 de enero de 1856, constituido por cuatro páginas por número (Hartzenbusch, 1894, p. 156). Dicho periódico, al igual que El Iris del Pueblo, compartía los ideales del Partido Demócrata, el cual desde su origen en 1849 pugnaba por el reconocimiento de los derechos y las libertades de los ciudadanos, el sufragio universal y la desamortización de los bienes, tanto los eclesiásticos como los civiles comunales (Sáiz, 1983).

A decir de su director, Sixto Cámara se dedicó a redactar diversos periódicos y revistas en Madrid. Desde 1849, con su publicación La Reforma Económica, difundió y apoyó las bases del llamado socialismo utópico o premarxista, a saber: la crítica hacia la nueva sociedad capitalista como resultado de la revolución industrial; la percepción de la propiedad privada como un fenómeno socio-histórico, no como derecho natural; el rechazo del liberalismo que ensalzaba una idea abstracta de la libertad; la búsqueda de la libertad sustancial —no sólo legal— a través de, por ejemplo, la educación.

El Iris del Pueblo fue un periódico de Mallorca, España, fundado en 1854, en medio de la actividad política y, en específico, de la libertad de imprenta propuesta por el conocido Bienio Progresista de España (Díaz Sampedro, 2006). Fue dirigido por Joaquín Fiol Pujol[1](1831-1895). Desde su primera edición, el 28 de febrero de 1855, hasta su última entrega, el 30 de noviembre del mismo año, fueron publicados 119 números, cuyo formato era de un folio y cuya extensión en las primeras ediciones era de cuatro páginas, compuestas a tres columnas. Aparecía tres veces a la semana —probablemente cada miércoles, viernes y lunes— y era estampado en la Imprenta de Pedro José Gelabert (1840-1884) (Iris del Pueblo, 1855).

En su primera editorial, los redactores del Iris del Pueblo se denominaron jóvenes inexpertos «partidarios ardientes de la libertad absoluta de imprenta», quienes tomaron «la pluma por primera vez» para iniciar «la noble tarea de ilustrar al pueblo para mejorarle moral y políticamente», además, «librarle de la tiranía de los que pretenden explotarle» (Iris del Pueblo, 1855). Debido al cargado contenido político de sus páginas, los escritores del periódico tuvieron que refutar, el 29 de julio de 1855, una crítica política que los acusaba de comunistas. Entre sus números se publicaron las Bases de la Constitución que en esa época se debatía aún en el Congreso. En su última entrega, el periódico explicitó sus «aspiraciones republicanas» y sus «ideas demócratas»: soberanía nacional y sufragio universal; libertad de cultos; libertad de imprenta, de reunión, de asociación y libertad; y, derecho a la enseñanza, al trabajo, a la propiedad, a la industria y al comercio (Iris del Pueblo, 1855).

Emilio Castelar (1832-1899), autor del texto en cuestión, estudió Derecho y Filosofía en la Universidad de Madrid. A través de sus escritos publicados en periódicos como El Tribuno, La Soberanía Nacional y La Discusión, rivalizó con el status quo de la monarquía española. Participó en la revolución española de 1868, quitando a Isabel II del trono aunque sin que con ello significase el establecimiento de una república. Tras una rápida sucesión del puesto de presidencia, que empezó a cargo de Estanislao Figueras, Emilio Castelar se volvió durante breve tiempo presidente de la República Española en 1873. Se retiró de la política en la década de 1890, cuando se aprobaron las leyes del jurado y del sufragio universal. Sus biógrafos resaltan, en primer lugar, su oratoria «ampulosa» y «arrogante» y su prosa «rítmica», y, en segundo, su fervor católico, debido a que siempre se mantuvo cristiano aunque racionalista (Ruiza, Fernández y Tamaro, 2004).

Respecto del fragmento del texto redactado por Emilio Castelar (1855), puede verse en él referencias socio-históricas, tanto europeas como americanas y religiosas que sirven al autor como argumentos para defender el ideal republicano: el sufragio universal. En las líneas 4 y 5 aparece un rey y un sacerdote; el primero dice ser «el pueblo» y el segundo, «la verdad»; de esa forma el lector puede darse cuenta de la oposición: el rey no es el pueblo y el sacerdote no es la verdad (aunque ambos lo digan).

Desde la línea 6 hasta la línea 21, Castelar menciona el invento de la imprenta (circa 1450) como una genialidad de los alemanes, resultante de un raciocinio «más libre». De nuevo, mezcla lo factual con lo religioso. Primero, la imprenta cambió la realidad de la edad media al volverla industrial: «fuerza del hombre, en medio del mundo [… que es] fuerza de Dios» (líneas 8-9). Segundo, crea una analogía en la cual la imprenta es «el árbol de la vida eterna»; en ese sentido, el pensamiento crítico sería el pecado original que habría de ser «devorado» por el hombre, luego expulsándole de un «paraíso» (quizá el paraíso pregonado por el liberalismo) (líneas 9-11). Tercero, ensalza al francés René Descartes (1596-1650), pionero de la Ilustración y, por consiguiente, del método científico como se conoce en la actualidad; y, al inglés William Shakespeare (1594-1616), sin duda el más loable autor angloparlante; ambos fueron escritores prolíficos, lo cual ejemplifica su visión positiva de la imprenta (líneas 11-14). Cuarto, menciona, por un lado, emperadores y papas quienes «renovaron las escenas del circo» después de que «por doquier ardieron las hogueras» de «los mártires»; por otro lado, indica que los soldados que defendieron esta libertad de imprenta y de expresión, fueron los ciudadanos durante la Revolución Francesa (líneas 14-17); en esta analogía, las autoridades del Estado y de la Iglesia proveen espectáculo y distracción al pueblo, el cual, a su vez, debe luchar a muerte por sus libertades legítimas. Quinto y último, recuerda las victorias independentistas americanas, que, sin el apoyo de sus personajes peninsulares o criollos —hijos de España, a fin de cuentas—, habrían concluido de distinta manera (líneas 17-19).

Desde la línea 24 hasta la línea 32, Castelar deja de hacer referencias a la religión. En su lugar, enlista los ejemplos socio-históricos que sustentan el argumento «[l]a tiranía nunca se apodera de España, si no agotando la sangre de sus venas» (líneas 24-25). Primero, menciona la leyenda de la perpetua resistencia del País Vasco cuando los romanos invadieron la zona mediterránea de España cerca del siglo III a.C. (líneas 25-26). Segundo, habla de la resistencia de Asturias cuando los musulmanes invadieron casi por completo la península ibérica (línea 26). Tercero, apunta la resistencia que se manifestó contra la inestabilidad política de la Corona de Castilla tras la muerte de Isabel la Católica y la autoproclamación de Carlos I (1500-1558) como rey, el primero de la Casa de Austria: la Guerra de las Comunidades de Castilla (1520-1522), cuyos simpatizantes fueron Juan de Padilla, Juan Bravo, Juan Zumel, entre otros (líneas 26-28). Cuarto, recuerda la Guerra de Independencia (1808-1814) en contra del gobierno de José Bonaparte, hermano de Napoleón, tras las abdicaciones de Bayona (líneas 28-29). Quinto, indica la oposición de «mil víctimas» del reinado de Fernando VII (1814-1833), quien se negó a reconocer la Constitución de 1812 y promovió las persecuciones políticas de liberales (línea 29). Sexto y último, de manera desordenada en términos cronológicos, menciona el levantamiento del 2 de mayo de 1808, una protesta popular en Madrid incentivada por la incertidumbre política que provocó el motín de Aranjuez (líneas 29-30).

Desde la línea 34 hasta la 42, se dedica Castelar a definir la idea democrática que defiende. En sus palabras, la democracia es «la realización del derecho» (libertad) (línea 35), «el triunfo de la paz, que sonreirá eternamente» (ganada a través de conflictos bélicos) (línea 36), «el predominio de las fuerzas activas y libres del hombre» (es racional, no natural) (líneas 37-38), «la asociación de todas las conciencias en la verdad» (líneas 38-39), «la armonía de todos los intereses en el bien» (sufragio universal) (línea 39), «el espirar de la ominosa explotación del hombre por el hombre» (igualdad a través de revolución industrial) (líneas 39-40) y «el primer suspiro de la razón» (línea 40). En esta última descripción de la idea democrática, como «primer suspiro de la razón», Castelar retoma sus comparaciones religiosas: si la razón es un don divino, Dios la celebra; practicar la democracia, entonces, es practicar la palabra de Dios, luego se cumplen «todas las verdades evangélicas» (líneas 42).

Desde la línea 43 hasta la 53, Castelar anticipa que la democracia se expandirá a través del mundo. El catolicismo del autor, como probablemente el de sus lectores en La Soberanía Nacional y El Iris del Pueblo, llevan a Castelar a creer que su ideal de democracia universal es similar al de la religión católica universal, «que revela a todos las conciencias» (línea 44), «que alcanza a todos los horizontes» (línea 45). Además, Castelar cree que España, al ser el país católico por antonomasia, y al haber vivido tanto sufrimiento —así como, por ejemplo, Jesús de Nazaret hubo de sufrir su crucifixión para salvar a la humanidad—, le corresponde liderar a Europa y al mundo a la salvación del «pecado» que es el liberalismo, a la instauración de la «virtud» que es la democracia, «porque Dios es la suprema justicia para los hombres y para los pueblos» (líneas 51 y 52).

Conclusión

Por medio del texto de Emilio Castelar publicado en 1855, el lector puede notar las tensiones políticas del Bienio Progresista, en términos más específicos, la marcada intención de mantener la libertad de imprenta y de expresión, así como la promoción de un sufragio universal y, por ende, de una república democrática. Emilio Castelar será una figura relevante en la historia de España en las décadas venideras, puesto que se vuelve presidente en el periodo de la primera República Española en 1873. Además, ve cumplido su anhelo del sufragio universal en 1890.

El escritor y político español, en este texto analizado, hace uso de referencias tanto socio-históricas como religiosas para inducir al público nacional católico a aceptar un nuevo orden de gobierno: ya no un sistema monárquico ni absolutista, sino democrático y, en cierta medida, a favor del socialismo favorecido por su compatriota Sixto Cámara. De tal manera, Castelar afirma que el pueblo español ha expiado —cual Jesucristo— los pecados del liberalismo en nombre del mundo, luego la democracia divina será la salvación de la humanidad.

Referencias

Castelar, E. (1855). De La Soberanía Nacional. El Iris del Pueblo, 1(95), 2-3. Recuperado el 15 de mayo de 2020 de http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0030012547&page=3&search=.

Díaz Sampedro, B. (2006). Derecho e ideología en el Bienio Progresista. Anuario de la Facultad de Derecho (24), 159-175. Recuperado el 15 de mayo de 2020 de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2163745.

Hartzenbusch, E. (1894). Apuntes para un catálogo de periódicos madrileños desde el año 1661 al 1870. Madrid: Sucesores de Rivadeneyra. Recuperado el 14 de mayo de 2020 de https://archive.org/stream/apuntesparauncat00hart.

Iris del Pueblo, El (1855). Hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional de España. Recuperado el 14 de mayo de 2020 de http://hemerotecadigital.bne.es/details.vm?q=id:0030012074&lang=en&s=0.

Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografía de Emilio Castelar. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona. Recuperado el 14 de mayo de 2020 de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/c/castelar.htm.

Sáiz, M.D. (1983). Opinión pública y desamortización: la Ley General de Desamortización de Madoz de 1 de mayo de 1855. Agricultura y Sociedad (28), 65-97. Recuperado el 14 de mayo de 2020 de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=82567.


[1] Joaquín Fiol Pujol entablará amistad con Emilio Castelar gracias a sus compartidos ideales como escritores. De tal manera, participaron ambos en la Junta de Gobierno de Baleares durante la revolución de 1868. Después se desempeñó como cónsul en Alejandría (1868-1870), gobernador de Almería (1870), diputado de Palma (electo dos veces en 1872 y dos más en los años 1881 y 1886) y gobernador civil de Madrid (1872-1873).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s