Frontera en disputa

¿Qué hacemos con la vida privada de un genio?

Francisco Canseco Gómez

25 de noviembre del año en curso y miles de personas quedaron atónitas ante la noticia de la muerte de Diego Maradona. Inmediatamente la televisión e internet mostraron reportajes y videos del astro del futbol trasandino. Sin embargo, también comenzó a circular información de su vida personal: maltrato a su expareja, problemas con la droga e incluso un supuesto abuso sexual de niñas estando en Cuba. Eran dos fuerzas desiguales: el homenaje respaldado por los medios oficiales y la crítica pululando por redes sociales.

Hace unos meses se celebró el natalicio de Pablo Neruda y casi con la misma insistencia de aquellos que recitan de memoria los versos del poeta chileno, un grupo de mujeres llamaba a dejar de leerlo, pues había sido un mal padre. Varios siglos antes, en Atenas, un tribunal condenaba a muerte a Sócrates por corromper a la juventud y creer en falsos dioses. El discípulo más brillante, Platón, tomó precauciones, se alejó del bullicio del ágora y fundó la academia. Para este último, la sentencia era lo opuesto a la verdad y de forma póstuma decidió continuar con las enseñanzas de su maestro.

Todas estas anécdotas nos llevan a preguntas inevitables: ¿hasta dónde la vida privada contamina la obra?, ¿se puede disociar la persona del personaje? Las posibles respuestas dependerán de la perspectiva en que se aborde el problema que no es otro que el devenir del ser humano en su entorno. Cuando los extremos se mantienen seguros de sí y la argumentación es sólo un mecanismo de autoafirmación es imposible el pensamiento. Así, los que plantean la autonomía de la obra o la alabanza de la genialidad sin importar un ápice la biografía, recorren un terreno moral peligroso, ¿le está todo permitido por ser un ídolo? A la inversa, los que pretenden que la excelencia en una determinada área debe ir acompañada de un comportamiento moral acorde o que el éxito público significa también que el hombre o la mujer en cuestión se transforme en un modelo de conducta, deben ser extremadamente cuidadosos y selectivos; quizá quedarse con algunos santos o candidatos a serlo.

La experiencia vital nos dice que la separación entre la obra y la constitución identitaria es una quimera, tal como afirmaba un joven Ortega y Gasset (1982) «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo» (p. 30). Aristóteles por su parte relacionaba la virtud con el hábito. En la acción misma se revela lo que somos: una unidad integrada a un contexto dinámico con reglas morales y leyes específicas. El poeta entonces no es meramente un creador de versos, como el futbolista no es sólo un buscador de espacios con un balón en los pies; ambos están implicados y complicados en un contexto. El asunto se complejiza cuando la virtud adquiere dimensiones emocionales, cuando la masa observa desde un no-lugar y comienza a establecer o deshacer juicios morales dependiendo de la adhesión o indiferencia a la disciplina o al personaje. Queda nuevamente la tensión entre las expectativas de lo que se considera una «vida buena» frente a un talento sin parangón.

Lo que ignoran las posiciones antagónicas es que los dos extremos se necesitan, la anulación radical de uno deja al otro encerrado en sus márgenes autoafirmativos. La vida separada de la obra: goce estético sin moral. La vida como modelo moral: anulación de la expresión estética. Es en este punto donde recae el peso de la libertad propia: soy responsable de quien admiro. Admirar, que viene del latín admirari,significa causar sorpresa a la vista. Es efectivamente mi vista la que se detiene en la contemplación de un objeto o hecho que por sí solo no hubiese existido.  La biografía del creador me interpela y me abre una problemática nueva, es una problemática que me invade, ¿quedo tranquilo sabiendo que mi cantante preferido es un abusador?

La interpelación no es un juego a la vista sino a la conciencia. De ningún modo me conformo con la separación irreflexiva. Esa misma tensión imprescindible exige un pronunciamiento y una acción del admirador. No significa un juicio policial o legal (ambos procedimientos están fuera de su dominio), significa una perspectiva moral que, en lugar de distanciarse de la obra, la mantienen expuesta a la identidad del creador; expuesta aunque no invadida o contaminada; expuesta aunque no reducida a una anécdota. La vida privada jamás tendrá un poder absoluto. No es necesario ser hermeneuta para saber que la interpretación cambia en determinadas épocas; que los juicios morales como unidades de sentido igualmente presentan variaciones. No obstante, si el foco está puesto tanto en el sujeto que decide admirar como en la responsabilidad que en él recae, es posible armonizar la tensión. Pero, se preguntarán, ¿por qué la responsabilidad recae en mi persona si cada uno es culpable de sus actos? Y lo que es más complejo: ¿cómo puedo desde mi anonimato hacerme cargo y qué significaría tal cosa?

Una jugada de Maradona, una reflexión de Heidegger, son un regalo a la humanidad entera. Las personas son libres de lo que leen o rechazan, de las omisiones y sus gustos, pero el admirador se encuentra en un plano diferente: él está en el centro de la obra y la biografía, su adhesión lo obliga a enterarse e interesarse por las zonas oscuras y formarse con ello un criterio personal: o suscribo las acciones del ser admirado o las censuro, pero no como una separación pasiva, sino que tomo sus errores o aciertos y los hago míos en un plano de acción y discurso. Promuevo efectivamente en mi vida cotidiana lo opuesto a lo que aborrezco de mi ídolo, lo saco a la luz y analizo las redes de poder y las dinámicas sociales que hacen efectivo el problema, ya sean drogas, maltratos, abusos, etc.

Con lo anterior evito caer en un juicio reductivo o en un rechazo absoluto del placer estético. Tampoco me ubico en una escala supramoral o en un juez que censura y pide la cabeza de los indeseados. La misma tensión y la exposición me validan como sujeto moral. En otras palabras, la imposibilidad de reducir el asunto permite mi tránsito de extremo a extremo, ilumino y libero mi goce, reivindico mis gustos, pero en ningún modo ignoro o banalizo las acciones de la persona que estoy admirando.

La moral no puede dialogar en el vacío; la pasión, la emocionalidad y la excelencia tienen otros límites y otras fronteras.

Referencias

Ortega y Gasset, J. (1982). Meditaciones del Quijote. Madrid: Espasa Calpe.

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