Fenómenos virtuales

Vudú virtual

Marisol Contreras

Nuestra identidad se nutre de las personas y de los acontecimientos que nos rodean; desde pequeños nos vamos formando con las ideas que nos dicen los demás. Las clasificaciones «bueno» o «malo» se basan principalmente en las creencias que nos inculcan nuestros padres y gente cercana a nosotros. La influencia del mundo es lo que nos va formando, hasta que llegamos a cierta edad en la que nos damos cuenta qué creencia nos heredó cuál persona. Esto mismo ocurre dentro de las redes sociales pero de una manera más sutil, casi como si se tratara de algo mágico.

Durante la Segunda Guerra Mundial nació lo que hoy conocemos como «psicología de la persuasión», que —a riesgo de ser vaga—, es una disciplina que se basa en el estudio de la influencia social, esto es, la conformación de las ideas en una cultura. Fue en esa época cuando se comenzó a estudiar el comportamiento de la población sobre los mensajes emitidos. La conformación de la cultura, —dijo alguna vez el sociólogo James Davison Hunter (2002)—, suele ocurrir de manera descendente puesto que las élites culturales controlan la información y las ideas.

¿Es posible que las élites nos controlen aun ahora que tenemos acceso ilimitado a la información? Sin caer en teorías conspiranóicas, recordemos que se han ganado elecciones presidenciales debido a la difusión de información falsa, un acto hasta el momento legal y sin repercusiones que puede afectar a una nación entera. Esta es la manera en la que funcionan las redes sociales: nos influenciamos los unos a los otros, aunque no nos hayamos visto la cara; somos el muñeco vudú del otro, hechiceros y hechizados a la vez.

«Nada en esta vida es gratis», ésta es una de las tantas frases de mamás que son totalmente ciertas. Tener Facebook, Twitter, Youtube, Instagram, Tiktok y demás redes sociales, puede parecernos un servicio gratuito, pero no lo es. El hecho de no utilizar dinero para poder acceder a las redes, no quiere decir que no hagamos una transacción: nosotros pagamos con nuestra atención; ése es el precio, ahí está el negocio. Son las empresas que pagan por publicidad quienes hacen las transacciones monetarias. Ellos compran el producto: nuestra atención.

Si nuestra atención es el oro de las redes, ¿cómo logran conseguir cada vez más de él? Involucran nuestras emociones y evitan a toda costa que salgamos de ahí. Quienes estuvimos en los inicios de Facebook recordamos que la única reacción que había era el tan famoso like; luego vinieron las reacciones me-enoja, me-encanta, me-divierte y me-entristece. Todos los que tenemos Instagram sabemos que no funcionan los enlaces, sino que se utiliza el «link en bio», el cual nos lleva a otra página. Tu atención es el producto y quien lo compra son las empresas que pagan por publicidad, desde la gran refresquera o los gigantes de la tecnología hasta el restaurante de la esquina que acaba de inaugurar.

Luego del escándalo de Facebook por el mal manejo de datos, nos hicimos a la idea que las grandes corporaciones compran bases de datos en sumas millonarias para poder hacer negocios oscuros. Pero en realidad no funciona así; los datos que les interesan, por los que pagan, son nuestras preferencias al elegir productos o servicios,  y los sacan de nuestra atención: cada vez que reaccionas a una publicación, cada vez que te detienes a ver un comercial —o cuando lo saltas—, cada vez que le das like a una página, estás generando datos que sirven para formar tu perfil virtual, tu muñeco vudú.

Pensemos por un momento en cuánta información hemos hecho pública en nuestras redes sociales: nombre, dirección, teléfono, nuestro rostro y el de nuestros amigos y familiares, el parentesco con ellos, nuestro deporte y marca favoritos, nuestras visitas a locales, la música que nos gusta, los videojuegos que disfrutamos y hasta nuestras compras. Todo eso es parte del big data que se almacena en los algoritmos de las redes sociales. Esto sirve para poder ofrecernos productos a los cuales somos afines y hacernos comprar.

Más que usuarios, somos clientes potenciales; esto se resume en el llamado «capitalismo de vigilancia», a saber, las redes sociales saben todo de nosotros —porque nosotros se lo decimos— y con esos datos hacen predicciones para sugerirnos qué ver, qué escuchar, qué comprar. Un acto de magia en sí: saben lo que nos va a gustar. Pensemos por un momento ¿de verdad te gustaron esos tenis o fue la repetición incansable lo que te hizo comprarlos? Los viste en Facebook, los viste en Instagram, viste que los usaron en el perfil de moda que sigues, los viste en medio de una web de noticias, hasta que los viste en un aparador (tangible o virtual) y no te quedó de otra más que comprarlos.

Manipulan nuestros gustos para que compremos los productos que se ofertan en ese gran centro comercial que son las redes sociales. Si así nos manipulan con las compras, ¿qué pasa con nuestras posturas políticas? Si te interesa el funcionamiento de las redes sociales y cómo esto puede afectarte, te recomiendo el híbrido entre documental y drama El dilema de las redes sociales.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s