Psicología para la vida

Vida, muerte y trascendencia

Juan Jesús Rodríguez Ramírez

La tradición del Día de Muertos en México es tan variada como colorida. Desde las representaciones del genio Posadas, hasta la muestra culinaria presentada en las ofrendas, típicas de cada región del país. En alusión a esta fecha, con la pandemia como fondo siniestro, es que realizo este aporte.

La vida, inicio de tantas cosas, nos recibe de maneras diversas. Para algunos es una bendición, para otros una condena: existen muchas concepciones sobre ella. En la actualidad, podemos observar que el proceso de vivir se convierte en un viaje sin un destino definido. Ciertamente los acontecimientos y contextos en que se desarrolla están determinados por factores como lo económico, cultural y social, sin olvidar el aspecto educativo. Con estos elementos como base, el acto existencial de estar inmerso en este mundo globalizado se transforma en experiencias sui generis a descubrir. Una de las principales actividades que se practican es la sobrevivencia y el sustento. La búsqueda de los recursos necesarios y la batalla contra el sistema político imperante, dan como resultado una sociedad deshumanizada: «el amor y el ansia de poder son gemelos siameses: ninguno de los dos podría sobrevivir a la separación» (Bauman, 2003). Ante este panorama de nuestra realidad, resulta digno de valorar las confrontaciones que se tienen en el día a día. Los ecos del desamor que nos desencajan de nuestra esencia altruista y benefactora —aun con las vicisitudes implícitas en nuestra herencia histórica de ser naciones dominadas y adoctrinadas— no han podido desarraigar la búsqueda de una realidad diferente. Con todo lo mencionado con anterioridad, estar vivos ya es una ganancia.

La otra parte del proceso de existir es la muerte: fin y cese de todo lo cognoscible y sensitivo. Byung Chul Han menciona que «El temeroso se preocupa de sí, de su supervivencia. Ante la muerte siente temor por sí mismo. Posiblemente el temeroso se haya ‘olvidado de sí’, pero sigue estando referido a sí mismo. Su nivel intencional más profundo no se distingue esencialmente del de alguien que actúa conscientemente. Recurriendo conscientemente al sí mismo uno podrá emprender la salvación de cosas ‘más importantes’ que su posibilidad más propia» (Chun Han, 2018, p. 83).

Podemos observar que Chul Han menciona el temor como elemento motivador para que el temeroso pueda moverse y tratar de evitar su inevitable finitud. Es decir, tememos a morir, quizá porque en el fondo sabemos que no hay una garantía de poder experimentar lo que en esta vida se nos presenta como características de nuestra propia existencia ya anteriormente determinada. Quizá sería muy tranquilizante tener la consciencia de cuál es nuestra primera pérdida: nacer. Desde ese momento la muerte, al igual que el dolor y el amor, nos acompaña en el trayecto, largo o corto —según se perciba—, de nuestra existencia. Si tomáramos este conocimiento como una ley inquebrantable —por lo menos en el aspecto físico, ya que en algunas culturas la vida eterna es una promesa que ancla nuestro temor a morir a la esperanza de la inmortalidad, retornando al origen de donde partimos—, aprovecharíamos de otra forma nuestro tiempo y nuestra calidad de vida tendría otro significado.

Entre estos dos estados —vida y muerte— el dolor y el amor tienen funciones específicas: generar crecimiento en nuestra espiritualidad —entendiendo la espiritualidad como la expresión del Ser, alejado de aspectos religiosos—. El dolor fortalece las experiencias de vida y brinda la posibilidad de que las vivencias se conviertan en aprendizajes significativos. El amor es la fuerza que ayuda a sostenernos y continuar en el camino hacia nuestro desarrollo integral. Estos cuatro elementos —vida, muerte, dolor y amor— son la base y fundamento para lograr el destino final: trascender.

Pero ¿cómo lograr este propósito? Precisamente estos dos elementos —dolor y amor— son los que nos llevan a maximizar nuestros recursos y habilidades para afrontar de manera benéfica los diversos conflictos y situaciones adversas que emergen en la cotidianidad. Es necesario tener presente que, tanto en situaciones negativas como en favorables, el amor y el dolor interactúan con el propósito de conducirnos hacia el sendero correspondiente para cada quien.

A continuación, ejemplificaré lo anterior con un esquema que muestra el proceso vida-muerte con estos elementos fundamentales:

Pirámide vital del desarrollo humano

juan-jesus-rodriguez

Como muestro en esta pirámide, el desarrollo humano está dividido de manera simbólica en tres partes: la vida, que es el inicio y que nos da la certeza de que un ciclo nuevo comienza, el cual tiene como destino la muerte y, si se utilizan adecuadamente los recursos y herramientas con las que se cuenta, será —la muerte— un tránsito de un existir a un legado permanente para quienes fue planeado. Después viene la muerte, el fin y cese de la actividad humana, antesala o cárcel para quien maximizó su experiencia de vida o para aquellos(as) que solo se concentraron a mirar cómo los sueños, proyectos y metas se diluían en cada momento desaprovechado, gastado en lo superficial de la pertenencia a un mundo de fantasía y mentiras. Finalmente, la trascendencia, resultado de una vida hecha con pasión, entrega, determinación y atrevimiento. Trascender, como lo define la etimología, es «ir más allá de uno mismo», lo que en otras palabras podemos entender como el acto de analizar, meditar, reflexionar y aceptar la condición humana, con el propósito de legar a los seres amados una semilla de esperanza y gratitud.

Ya que aparece la conceptualización que sostiene, por un lado, la trascendencia y, por el otro, la intrascendencia, es necesario conocer el cimiento edificante del templo de toda sabiduría y aprendizajes humanos: el amor. Recurriendo una vez más a la etimología del término, lo que ésta dice es que el amor es «aquello que no muere», ¿y qué es lo que no muere y, por lo tanto, trasciende? Los actos que hacemos, las palabras que decimos, lo que compartimos, lo que recibimos y transformamos en afecto, emoción, sentimiento y pensamiento. Pareciera, debido al mundo consumista en el que estamos confinados, que el amor ya no tiene vigencia, que su huella y tareas ya no se requieren. Aparece entonces la antítesis de la praxis humana cotidiana: el desamor. Si ya con antelación definimos el amor, baste saber que el desamor es lo que tiene una finitud y solo eso, no cuenta con la posibilidad de llevarnos más allá de nosotros(as). La desesperanza y el desapego afectivo son las características principales del desamor; tales características corresponden a la realidad de la mayoría de la población a nivel nacional y, quizá, latinoamericano. El uso y abuso del poder en manos de unos cuantos repercute también en nuestra mirada acerca de lo que el mundo significa para cada quien. El descontento social impacta de lleno en las pocas o nulas oportunidades de articular otras propuestas para resolver toda la injusticia en la que nos movemos. Y se acuña la violencia, vehículo opresor con el que las emociones «permitidas socialmente» hacen acto de aparición. Al mandar un doble mensaje de, primero, creer en la aparente justicia social, pero, segundo, ser parte de actos corruptos y denigrantes para la población, el desamor parece que gana la partida.

Es triste ver cómo nos compran con las migajas de lo que aportamos a la economía del país, ese autoengaño aparentemente necesario para no enfrentar el hecho de que dejamos de aspirar a mejorar, de que la opción más viable es transar y avanzar para sobrevivir en la ficción de pertenecer, de ser escuchados, de creer que vivimos.

La muerte, en su amplia gama de manifestaciones, está marcando el ritmo a seguir. Es fácil ver lo que el temor y la ignorancia han hecho con nuestra confianza y responsabilidad de asumir que el destino al que deseamos llegar no es más que una necesidad personal, que se puede unir y que, en el fondo, es lo que la mayoría requerimos. Lo que podemos transformar es volver a creer —no desde esas invitaciones fantasiosas a pensar sin hacer—, creer en lo que somos —iniciando por el autoconocimiento—, dejar de esperar vanamente en lo que quisiéramos lograr sin las limitantes internas, atrevernos a ir por lo que nos corresponde y que, el fantasma del desamor y la deshumanización nos han arrebatado. La muerte será una puerta a la libertad, porque esto es posible, porque somos más que carne y huesos, porque lo merecemos y porque es nuestra herencia al mundo.

Este es el momento histórico que nos invita a dejar huella de forma constructiva, retomando la confianza y el amor como la guía que necesitamos. Te invito, querido lector, a que los temores que están acechándonos constantemente, los transformemos en esa energía que nos está faltando, para que, juntos, lleguemos a nuestra realización y evolución como especie.        

Referencias

Bauman, Zygmunt (2005). Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Chun Han, Byung (2018). Muerte y alteridad. Barcelona: Herder.

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