Tierra de nadie

Eduardo García-Sánchez

Yo iba a la playa con mis primos, habíamos cargado el auto y decidido ir a pasar allá toda la tarde, en la palapa de mi tío Jonás, aunque estuviera nublado.

Francisco manejaba, él era el más grande, y yo le había rogado a mi mamá que me dejara ir con él aunque el mar estuviera picado. Mi prima, Vera, iba viendo por la ventana, había puesto música en la radio para distraerse, pero no le hacía caso, pues había reprobado química en la prepa y todavía no le avisaba a tía Margarita que tenía que hacer el examen extraordinario.

Doblamos por la avenida a una calle que, aunque estrecha, era de doble sentido y llegaba directamente hasta la playa.

Por alguna razón había mucho tráfico, los carros pitaban y la gente se hacía a un lado en la banqueta. Todos miraban al edificio de enfrente: una escuela vieja y de tres pisos, y se quedaban quietos.

—¡Oríllense! —chilló el altavoz de una patrulla. Las luces rojas y azules cubrieron el rostro de Francisco, quien hizo lo que la policía pidió.

El tráfico estaba detenido porque había patrullas y ambulancias paradas a media calle. Entonces Francisco, Vera y yo salimos del auto, curiosos por las caras de los otros transeúntes y de los conductores que también salían de sus autos, boquiabiertos.

Nadie apartaba el rostro de la escuela, nosotros también volteamos y nos encontramos con algo verdaderamente terrible: dos niños de no más de trece años estaban de pie en la cornisa, sosteniéndose de las columnas adosadas de la escuela. Traían shorts y zapatillas de fútbol, y no se veían nerviosos sino todo lo contrario, alegres y sin apartar la vista uno del otro.

En una de las ventanas un paramédico extendía la mano gritándoles no sé qué cosas. La policía intentaba apartar a los curiosos y todos veíamos con horror y morbo cómo los niños se tomaban de las columnas.

—¿Qué va a pasar? —dijo Vera, asustada, hundiendo la cara en el hombro de Francisco.

Yo estaba viendo cuando cayó el primero, todos apartaron la vista, pero la mía ya estaba comprometida, anclada a él. Cayó de espaldas y de cabeza. Escuché el crack que hizo su cuello al romperse y vi la sangre borbotear enseguida. Todos chillaban asustados. El paramédico de la cornisa lucía aun más desesperado tratando de alcanzar al otro niño cuando éste le dedicó una amable sonrisa y se soltó también.

Esta vez todos lo vieron, pasó tan rápido que no hubo oportunidad de mirar a otro lado. Ni un segundo antes de estrellarse contra el suelo se notó miedo en su rostro.

También cayó de cabeza, todos quedaron mudos, algunas mujeres comenzaron a llorar y a gritar de un modo horrible. Detrás de mí escuché a alguien vomitar.

La policía nos gritó que nos largáramos; abrieron el paso en la calle y nos advirtieron que si no nos marchábamos nos arrestarían por desacato.

Nuestra ida a la playa se arruinó. Vera no paraba de llorar, Francisco estaba tembloroso de pies a cabeza y yo me descubrí a mí mismo repasando la escena en mi mente una y otra vez, mientras veía el mar gris, indómito y perpetuo extenderse en la oscuridad de las nubes de tormenta.

Mi mamá y tía Margarita nos abrazaron cuando llegamos a la casa. Alguien les había contado que habíamos visto todo. Vera volvió a llorar mucho; dejó de comer casi una semana y decía que tenía problemas para dormir. Francisco se lo contó todo a José, mi hermano pequeño, que le hubo insistido demasiado, y yo terminé por sentirme realmente enfermo. Les decía a todos que me sentía bien, aunque siempre terminaba escabulléndome para vomitar. Lo único que podía escuchar en mi cabeza era el crack de los huesos de esos niños desconocidos, y me preguntaba: ¿por qué de todos los días de sol que hubo habíamos escogido ese día sombrío para ir a nadar?

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