Sala de espera

Eva Lizbeth Márquez

Tengo la firme convicción de que el miedo muta conforme a nuestros años y nuestras experiencias.

No recuerdo cuál fue mi primer temor, pero sí puedo enumerar otros que me han acompañado. Como todo niño, quise morir las veces que por error me tragaba la semilla de alguna fruta. Imaginaba que una planta crecería en mi estómago y terminaría convertida en árbol; luego de ser árbol, me secaría, serviría como leña para el fuego; casi podía sentir el proceso completo. Después, en algún momento de mi adolescencia, me dio miedo el ridículo, ya saben, caerme a la mitad de la calle, hablar en público y atragantarme, expulsar agua por la nariz en alguna cita; situaciones así. De la noche a la mañana, había olvidado la semilla de la fruta. Pasaron los años, llegaron otros miedos, como el dolor y la muerte.

El dolor me aterraba, más incluso que morir. Si enumero las pesadillas que tenía entonces, quien más las protagonizaba era el dolor. ¡Me parece increíble la capacidad creativa de nuestros cerebros para armar escenarios desastrosos! A veces despertaba con el corazón palpitante y el cadáver de un grito en mi garganta. Veía la noche a mi alrededor, había algo disfrazado de silencio, pero no lo identificaba. En la oscuridad, a duras penas recordaba el padre-nuestro; lo repetía hasta volver a dormir. Sin embargo, una noche, así como olvidé las semillas de fruta, olvidé también el padre-nuestro. Sin darme cuenta perdí la fe.

Lo que se pierde, se pierde sin hacer ruido, y no se recupera. Antes había dado por hecho creer. Dios estaba porque no podía no estar. Después, al contrario, no estaba porque no podía estar, no podía ser. La soledad cambia cuando careces de fe; por desgracia, el miedo también.

Ella y yo nos conocimos en la cafetería de la facultad; en poco tiempo nos volvimos inseparables. Antes de hablarle, mis días habían transcurrido como los días de todas las personas, en rutina, con ocasionales pero comunes sorpresas. Asistía a la universidad y disfrutaba de conversaciones con mis amigos. No tenía problemas en socializar, así que de vez en vez conocía a gente nueva.

Al inicio nuestra amistad no supuso un acontecimiento relevante. Éramos polos opuestos. Parecía no temerle a nada. De carácter un poco obsesivo, cuando se interesaba por un tema buscaba agotarlo. Tenía tantas respuestas y certezas como preguntas: preguntaba a todos, todo. A manera de broma la comparaba con Sócrates. Si soy sincera, a veces me cansaban sus preguntas, así que fingía escucharla mientras parloteaba de temas que yo no lograba entender o por los cuales no sentía su mismo interés. A pesar de esto, me gustaba su personalidad, buscaba su compañía.

Lo que nos cambia sucede sin que lo esperes. Es imposible estar preparado. Si ese fuera el caso, no tendría el mismo impacto. Para que algo te mueva, para que divida tu vida en un antes y un después, tiene que ser necesariamente repentino. Estos acontecimientos interfieren incluso en el lenguaje, en las palabras propias, invierten significados o los eliminan.

Antes de estar enamorado, yo sabía qué era el amor, escribió en algún cuento Chejóv. Antes de mirar la locura, yo sabía qué era estar loca.

¿Y qué es la locura? La ausencia de cordura. ¿Y qué es la cordura? ¿El buen juicio? ¿La reflexión? Estos últimos pueden habitar también en una persona calificada como loca. No mentiré: ahora no sé qué es estar loco, ni qué estar cuerdo, pero antes podría haberlo definido, quizá incluso identificado. 

No supe de mi amiga un par de días. No respondía ni mis mensajes ni mis llamadas. Nadie de nuestros compañeros en común se había comunicado con ella. Era semana de exámenes finales y a todos les parecía normal desaparecer unos días. Mis temores y preocupación le daban creatividad a mi imaginación: ella seguía sin aparecer.

Al cuarto día su madre se comunicó conmigo. Mi amiga había sido internada en un centro psiquiátrico, permanecería ahí más o menos dos semanas. Había tenido un brote psicótico, pero nada de qué alarmarse, me explicó. Anoté la información del hospital para ir a visitarla, pues ella preguntaba por mí.

Como se podrá suponer, yo no tenía idea de qué era un brote psicótico. En una página de internet leí que se trataba de una ruptura temporal de la realidad. La definición me pareció poética. Podía compararlo con soñar despierta.

Conocí a su madre en la entrada del hospital, que era más como una casa enorme. Al entrar se volvía ligeramente laberíntica. Nos condujeron junto con otros familiares y amigos de los otros pacientes a una sala de espera. Era un cuarto grande, de paredes blancas, bien iluminado y que daba a un pequeño jardín. Mientras esperábamos, yo paseaba la mirada por las personas reunidas. Había jóvenes, adultos, y ancianos.

Entraron los pacientes. Entre diferentes caras busqué la de mi amiga. Cuando encontré su rostro, sus ojos no me respondieron de la misma forma. Aunque me reconoció, fue como si no estuviéramos en el mismo sitio. Sentí que no podía alcanzarla en el lugar —metafórico— en el que se encontraba. Esta sensación empezó en mi cabeza y bajó a mi estómago, luego subió a mi garganta. Entonces creí oler el cadáver de un grito, como si estuviera en una pesadilla.

Volví a prestar atención a la sala de espera que ya estaba llena, tanto de pacientes como de amigos; iban y venían. Si alguien tomara una foto o video, quizá ni siquiera los diferenciaría. Éramos todos tan iguales que me recorrió un escalofrío. ¿Y si yo no estaba de visita?

Nos despedimos con un abrazo. Prometí regresar. Una vez afuera, me despedí de su madre y le agradecí que me contactara. Ella me preguntó cómo me sentía. Le aseguré que estaba de maravilla. Las visitas siguientes fueron parecidas. A veces mi amiga y yo estábamos en el mismo lugar —metafórico y real—, a veces ella se alejaba, o quizá yo. Cuando regresaba a casa después de estas visitas, me tumbaba en mi cama y veía el techo por casi una hora.

No hubiera podido asegurar que estuviera en mi habitación, porque de pronto me parecía ajena, y me sentía amarrada, con el temor de que una persona llegara y me dijera que estaba fuera de la realidad. Entonces cerraba los ojos. Contaba, tarareaba alguna canción, o permanecía en silencio. Tenía miedo de volverme loca.

Mi mente empezaba a divertirse a mi costa, lo noté cuando esperaba ser atendida en las oficinas de la universidad. Me habían pedido que aguardara en la sala de espera. Sentada, aburrida al inicio, paseé la mirada por el lugar y no me pareció muy distinto a la sala del centro psiquiátrico. Eran prácticamente iguales. Las personas iban y venían. Empecé a hiperventilar. Creí ver pasar enfermeras, no secretarias.

No sé cómo libré las materias del semestre. Eran vacaciones ahora. Habían pasado ya las dos semanas que me dijera su madre, pero mi amiga continuaba internada. Antes del brote las dos planeábamos un viaje juntas. La última vez que la visité ella estaba bastante lúcida y me pidió que me fuera.

—Me comentaste que te gusta viajar sola, hazlo —me animó—. No quiero asustarte, pero si no descansas, seré yo quien venga a visitarte, ¿sabés?

Me obligué a sonreír, en realidad quería gritar. Miré sus manos: ya casi habían sanado. Cuando tuvo el brote, ella había roto el cristal de una ventana con sus puños; había herido sus nudillos, y tenía unas costras muy visibles. Sostuvo mis manos entre las suyas. Alguien que nos desconociera, ¿sabría quién era la paciente y quién la visita?

Seguí su consejo: compré un billete de autobús. La noche antes de partir me había encontrado con un amigo. Le conté de mis últimas semanas. Era una persona muy culta, él sí había leído antes acerca de los brotes psicóticos.

—Una vez pensé que me pasaría —explicó—, estaba cansado, no había dormido casi nada en varios días, tenía todavía mucho trabajo y mucha tarea, y sentía hambre, y creía ya no saber en dónde estaba, hasta empecé a creer que Dios podía existir.

—¿Y qué hiciste?

—Me dormí.

Se quedó callado y luego se rio. Me reí junto con él para ocultar el escalofrío que recorría mi espalda. Nos despedimos. Lo vi alejarse; hoy su atuendo era muy similar a los uniformes de los enfermeros. Otro escalofrío me recorrió ante esta idea. Froté mis manos y creí sentir costras en mis nudillos.

Recuerdo eso ahora. Todavía siento las costras, pero veo mis manos, están lisas y suaves.  Estoy en la central de autobuses. Volteo hacia el reloj cada dos minutos. No quiero perder mi transporte. Faltan aproximadamente cuarenta y siete minutos. Sentada, no dejo de pensar que todas las salas de espera son las salas de espera de un centro psiquiátrico.

La gente va y viene, igual que en aquellas. Si prestas atención, muchas conversaciones carecen de sentido. También los pensamientos propios. Se hilan, se deshilan. Se espera. El tiempo parece no pasar. Cuarenta y siete minutos aún. Esperas irte o esperas a alguien. Ya casi cuarenta y seis minutos. Esperas no perder lo que te llevará a otra realidad. Cuarenta y seis. Ya no aguantas la que vives. Nadie la aguanta. Silencio y voces. Manos que sujetan otras manos. Te sientes dopado.

¿Quién me asegura que no estoy en un centro psiquiátrico?

Es a mí a quien esperan.

Intuyo que mi autobús ya se fue. Cuarenta y cinco minutos atrás. Confundí la hora.

Quizá no. Quizá sí sale dentro de cuarenta y cinco minutos. Me quedaré aquí.

Quisiera comer la semilla de una fruta y volverme árbol y volverme leña y arder.

No aguanto esta espera. La gente va y viene.

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