Cosa pública

Quebranto: realidades transmexicanas

Georgina Monserrat Correa de la Cerda

Si no fuera feliz, no estuviera así.

Coral Bonelli

Ninguna experiencia es absoluta y, muchas veces, la imaginación es insuficiente para pensar en vidas que no se parezcan a las nuestras. Por más que ejerzamos la empatía, sigue atravesada por nuestros esquemas; a veces, no queda más que detenernos y escuchar. Esta no es una práctica sencilla: las personas no somos contenedores vacíos que solo reciben información, sino que los saberes y sentires que ya tenemos reaccionan a lo nuevo con entusiasmo, curiosidad, confusión, rechazo, indiferencia o cualquier otra sensación que puede facilitar o dificultar el diálogo. Es prudente, entonces, empezar por los puntos de contacto y colectivizar sentires; sacar los afectos de lo privado y hacer con ellos comunidad. Es sensato, además, convertir nuestras alegrías, necesidades y dolores en cosa pública, en algo compartido. En general, descubriremos que las circunstancias que nos atraviesan no son solo nuestras, así como tampoco las emociones que estas nos generan.

El arte, en cualquiera de sus acepciones, es una manera de colectivizar sentires. Digo «cualquiera de sus acepciones» porque, tradicionalmente, los cánones verticales han dado acceso a unos(as) antes que a otros(as). Desde esta perspectiva, un mural que se pinta clandestinamente para honrar al compañero asesinado tiene el mismo poder para colectivizar el duelo que un obituario en un periódico internacional. No se trata de un cúmulo de relaciones directas entre creador y espectador; también hablamos de las relaciones entre espectadores que se congregan alrededor de obras para discutirlas y, con ese pretexto, enunciar sus propios afectos. En esta columna, proponemos llamar la atención hacia productos culturales (piezas artísticas, libros, medios audiovisuales) para desmenuzar, de manera breve, los sentires que estos hacen públicos.

En esta primera entrega tomaremos el documental Quebranto (2013), protagonizado por Coral Bonelli y dirigido por Roberto Fiesco. El filme fue ganador del Ariel a Mejor Largometraje Documental en 2014.

El testimonio de Coral, junto con el de su madre, aborda su vida antes y después de su transición sexo-genérica: comenzando por su carrera como niño actor (bajo la firma de Pinolito). En el momento álgido del cambio, llegó a su casa «de mujer» y le dijo a su madre que «a partir de aquí se acaba Fulano y empieza Fulana, si quieres» (Fiesco, 2013). Siguió con la precariedad económica de la que nunca llegaron a salir.

Quebranto visibiliza las experiencias trans[1] en dos niveles. En el primero, el documental confronta al espectador cisgénero[2] que, de otra manera, no conocería a ninguna persona trans; así pues, con solo enunciar la existencia de Coral focaliza experiencias que antes quedarían en la oscuridad. En el segundo, que es el que nos atañe, Quebranto pone en tela de juicio algunas nociones que se tienen alrededor de lo trans y que no aplican para todos los individuos. En su afán por argumentar la validez de los géneros trans, algunos discursos montan una narrativa hegemónica orientada a ser asimilable dentro de un marco cisnormativo. Todos(as) hemos oímos hablar sobre esos(as) niños(as) que, desde antes de poder conceptualizar el género, sienten un instinto por jugar con carritos o con muñecas; que después crecen y son «diagnosticados(as)» con disforia de género, por lo que entran a un proceso de medicación que tiene como objetivo «remediar» un «desajuste» entre sus corporalidades e identidades. Entonces, el individuo trans es capaz de pasar limpiamente de un género a otro y construir, casi de la nada, una manera de ser que se alinea a la perfección con los estereotipos de género más rígidos. El género, se dice, es un performance[3], y cuenta solo si es realizado con destreza. Se valúa, sobre todo, el pasar por lo cis, es decir, que no haya ambigüedad, que no se note lo trans.

El documental nos muestra, entonces, que este tipo de realidades —aunque sí existan— no son las únicas que hay. Se puede ver que entran en juego privilegios como el acceso, no solo a la salud, sino a doctores dispuestos a acompañar la transición. En realidad, muchas personas trans tienen que acceder al tratamiento clandestinamente; además, centrar lo transgénero en lo médico, cede el puesto de «guardianes» a los doctores, de manera en que ellos deciden quién puede o no mutar. Otro privilegio es la proximidad con discursos actuales sobre lo trans, que son —entre otras cosas— los que insisten en la separación entre orientación sexual e identidad genérica. En México, estas nociones suelen estar contenidas en textos del idioma inglés o medios de corte académico; quien no tenga la capacidad de consumir información así queda fuera. Las personas trans —que existieron mucho antes que la teoría queer— expusieron su experiencia a través de los discursos que estaban disponibles en su comunidad inmediata; en el testimonio de Coral, por ejemplo, hay una distinción muy tenue entre la homosexualidad masculina, travestismo y feminidad trans.

Entonces, estas narrativas trasmedicalistas terminan por reproducir esquemas binarios dentro del marco de lo trans. Se cree que el objetivo de la transición es pasar de un lado al otro del espectro sin quedarse en nada a medias, sin dejar rastro alguno en el cuerpo. Así pues, cualquier atributo que rompa con los estereotipos será inadecuado. No importa que a las mujeres cis no se les cuestione su género cuando se dejan el cabello muy corto o cuando muestran enojo de manera pública: si una mujer trans lo hace, de repente está bien preguntarnos si son o no mujeres. Se cree, además, que el único síntoma creíble es la disforia de género, el odio por el propio cuerpo sexuado, sin tomar en cuenta la multitud de sensaciones que pueden acompañar a lo trans, como la euforia al sentir nuestro género validado o la indiferencia que sienten las personas agénero.

Quebranto ilustra la realidad de las experiencias como las de Coral; las que no florecen en entornos privilegiados, que se viven con los recursos disponibles, que habitan todos los días su transición —sin querer o poder esconderla—. Por más que se aborde la noción de lo trans desde una distancia clínica, como un ejercicio filosófico, las vidas como la de ella seguirán ahí, reales y dignas de respeto.

Referencia

Fiesco, Roberto (2013). Quebranto [Película]. Mil Nubes Cine, Fondo para la Producción Cinematográfica de Calidad.


[1] Preferimos el término «trans», en oposición a «transexual» o «transgénero», puesto que es más general y engloba un mayor número de experiencias.

[2] Es decir, que se identifica con el género que le fue asignado al nacer; que no es trans.

[3] Esta noción contiene una interpretación común, pero errónea, de la teoría de la performatividad desarrollada por Judith Butler en su libro de 1999, Gender trouble. En realidad, Butler hablaba del carácter performativo del género con base en la teoría de los actos de habla propuesta por J. L. Austin; así pues, al igual que una promesa no solo se comunica, sino que se realiza cuando uno dice «yo prometo», el género del sujeto se constituye en el momento en que es enunciado, ya sea por algún profesional de la salud («¡es niño!»), por el sujeto mismo («yo soy mujer»), o a través de la estilización del cuerpo. Esta teoría, controversial incluso entre quienes piensan de manera académica sobre el género, dice poco sobre los procesos psicológicos que llevan a los sujetos a identificarse con un género u otro.

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