Lo irreparable

Ángel Moisés Rojas

De mirada inquieta, al encuentro de diminutas huellas,

doy con otra ciudad.

La luz pega contra el cristal y reflexiona los colores.

Avanzo.

En cada pisada mis oídos se abren al tránsito,

al fatigoso sol en hombros.

Minúsculo y transparente veo las grietas,

un portón abierto,

un fondo oscuro.

Cada que choca mi mirada con un hombre,

la palabra se hace insípida.

La agresión, el pretendido mal

que alguna vez leí de Lorenz,

me recuerda al graznar; un mundo yéndose.

Se abrirán más grietas, menos portones.

Sus miradas son piedras que quieren caer.

Huelo odio, carga, laceración.

De vez en vez, un susurro sale:

bravo, ebrio, armado.

Zaherir para dejarse olvido.

Mañana no sé más.

La agresión es un ácido que disuelve nuestros cuerpos,

como la infamia de la nota roja,

como la fuerza bruta

del animal hiriente sobre sí,

como ese sueño y no poder ser sueño.

Hay gente libre

con todos sus dientes,

con todas sus pestañas,

con todos sus huesos,

y no perciben otro mundo.

Hay gente sin dedos,

sin brazo,

sin un ojo,

sin un familiar,

y prueban cada día algo nuevo.

Un sol en la sien

guía para ascender escaleras,

para deslizarse por el barandal

sin peligro de caer.

¡Qué importa si estamos abajo y, sin embargo, arriba!

Un niño llega y es un sonreír,

un anciano árbol.

Alza el pasto y uno se recuesta;

se oye latir otra manera de respirar el globo.

Subir al cielo

y desde arriba reventar de risa,

palpitar hermano,

ejercer fuerza,

sostener para no dejar caer.

Babear,

lavar los pies de alguien cansado,

con heridas,

por simples y minúsculas piedritas

que llegaron al zapato.

Cioran también sintió la pulsación de vida

y sin embargo…

Avanzo.

Ahora quiero dejar caer la lluvia,

que traspase mis ropas,

indicar que mi desnudez es tan…

¡h e r m o s a!

Puedo oler la distancia acortándose,

calles, pasadizos en desorden.

El miedo por sentir.

La magia impugna y refuta todo lo negativo.

Ya quiero saltar los charcos.

Tomarme de la mano,

yo con mi yo,

con mi niño,

mi amigo imaginario,

al cual una vez le costó perder los anteojos.

Camino lento, manos atrás.

Ojalá me alcance el aguacero en casa,

cuerpo para beber café caliente,

acaso un cigarro,

un poco de licor para lavar mis pies,

después el baño.

Ahora dibujo un paso y otro.

Nadie los nota.

Doy con la mirada de un animal parecido a mí.

Parece el mismo de ayer, pero,

¡es imposible!

Lo saludo; sus pupilas se agrandan.

Y con miedo…

No,

miedo no;

duda.

Me sostiene, tiembla.

La tierra húmeda y el cielo gris

son más espesos;

él y yo,

ligeros.

Viene el aire.

Susurra,

levanta sus labios.

Mis cejas corresponden,

cada cual a su destino.

Una ruta rueda,

otra sigue en el piso,

algo diferente de sí.

Los animales no son tan distintos de nosotros,

pero si ven un hombre, en apariencia normal,

¡huyan,

corran,

podría ser lo irreparable!

24 de abril de 2018

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