La otra Alemania

Mario Orozco

«¿Cuál es tu comida favorita allá?», me pregunta una amiga por mensaje. Hablamos sobre el intercambio que inicié hace dos semanas. Son las nueve y media de la noche en Colonia. El tren urbano en el que voy atraviesa la calle Zülpicher, la principal vena de la zona nocturna de la ciudad. Desde la ventana veo un local, unas quince personas hacen fila en dirección a lo que los mexicanos conocemos como «trompo de pastor». Mis dedos escriben con toda confianza: «Los döner wey, son deliciosos». Se trata de una especie de torta circular, dentro lleva lechuga, jitomate, col agria, salsa de yogurt salado y humus, el ingrediente principal puede ser carne de borrego o vaca asada en horno vertical, o bien, queso o falafel. Mi amiga me responde «¡pero eso no es alemán!», «¡Claro que sí!», contesto. Se inventaron en los barrios de inmigrantes en Berlín y son la típica comida rápida nocturna en el país germano.

Quizá lo primero que debería cuestionarme es si en el siglo XXI tiene sentido hablar de un país «germano». Más allá de la referencia espacial, y del recalcable origen histórico, la población alemana actualmente dista muchísimo de aquellas civilizaciones que acosaban al Imperio Romano. En este texto no me propongo comentar mis experiencias con la cultura árabe en Alemania, sino con la cultura alemana arabizada. La comida es el caso más palpable. Locales y turistas disfrutan no sólo de los kebabs, sino de los durüm, falafel, papas a la francesa con zaziki y otros alimentos callejeros producto del intercambio cultural que se gestó a partir de la primera mitad del siglo XX.

No es difícil imaginarse cómo quedó Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Las ciudades y fábricas destruidas, los hombres en edad y facultad de trabajar eran pocos para las labores manuales que requerían no sólo reconstruir el país, sino también reactivar la economía. Tras el levantamiento del Muro de Berlín, la República Federal Alemana (Occidente) había perdido su mayor fuente de trabajadores, la República Democrática Alemana (Oriente). Para suplir y superar la escasez de mano de obra, el gobierno puso en marcha el programa Gastarbeiter (trabajadores invitados). A partir de 1955 se iniciaron convenios con otros países, principalmente Italia, España, Grecia, Portugal, Marruecos y Turquía, quienes inicialmente invitarían a su población a trabajar temporalmente en Alemania y regresar a su patria. El programa se descontinuó en 1973 debido a una crisis petrolera. Para esa fecha ya habían ingresado catorce millones de personas, no sólo trabajadores directos, sino también sus familiares. La mayoría se quedó, preservando en gran medida religión, idioma y formas de convivencia, a la vez que se integraron a su nueva patria.

Este antecedente sirve para darse una idea de la diversidad étnica y cultural que existe en Alemania desde al menos tres generaciones. En 2020 residen once millones y medio de personas con nacionalidad extranjera en Alemania. Este número no toma en cuenta a los descendientes de Gasterbeiter quienes, a pesar de haber nacido como europeos, su identidad oscila entre dos países, sin necesariamente tener que decantarse por uno. De estos once millones, las naciones de origen más comunes son Turquía y Siria, esta última ligada a la llegada masiva de refugiados a la Unión Europea en 2015. El punto más importante en común entre ambas naciones es el islam, que supone varios elementos culturales y lingüísticos. Hay que recalcar que en esta población se encuentra el pueblo kurdo, quienes tienen su propia lengua, cultura y diversidad religiosa. Aun con todas esas diferencias, en las calles coexisten y conviven personas de todas estas culturas junto con la poco heterogénea población alemana.

Un resultado del intercambio cultural y lingüístico es el llamado Kiezdeutsch (literalmente «alemán de barrio»), que —como anuncia el nombre— es la lengua de los barrios trabajadores de las grandes ciudades, como Berlín, Colonia o Hamburgo. En círculos sociales donde la mayoría de las personas tienen una segunda lengua se da una forma particular de hablar que va más allá de pronunciar o incorporar vocabulario de otros idiomas, como el turco, árabe, kurdo y ruso. La lingüista Maria Pohle lo define como un uso concreto del alemán cuyos rasgos gramaticales son la ausencia de preposiciones y artículos, lo que se asemeja más al grupo de lenguas antes mencionadas. Por ejemplo: ich gehe Kino («voy cine») en lugar de ich gehe ins das Kino («voy al cine»). Este uso, si bien no es aprobado por toda la sociedad alemana —el diario amarillista Bild lo consideró alguna vez un atentado contra la gramática—, es el resultado del proceso de integración que se ha impulsado mediante políticas gubernamentales y una muestra de la multiculturalidad que existe como resultado de varios procesos migratorios.

No todo es miel sobre hojuelas respecto a la integración social en Alemania. Si bien la mayoría de las personas que vivimos en el occidente cultural hemos interiorizados ciertos estereotipos en torno a la cultura árabe y a la religión islámica —grosso modo misoginia y fanatismo religioso—, en los últimos años han sucedido fenómenos que preocupan a gran parte de la sociedad.

En el plano político, el resurgimiento de los «populismos» de derecha han tenido dos manifestaciones: la organización Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente), la cual, si bien no se considera islamofóbica, ni xenofóbica, pide un freno a la llegada de inmigrantes y considera que el cristianismo se ve amenazado en Europa. La segunda es el partido político AFD (Alternativa por Alemania), que actualmente ocupa el 11.2% de los curules en el Congreso Alemán, es el equivalente institucional de Pegida: condensan lo más retorcido de las posturas conservadoras (homofobia, transfobia, xenofobia, etc.) e incluso rescatan en cierta medida el discurso derrotista de Hitler. Este panorama ha afectado lo social. El 19 de febrero del 2020 en la ciudad de Hanau, un fanático de derecha asesinó en dos sisha-bar a nueve personas, todas con ascendencia árabe. 

Como mexicano que sólo estuvo seis meses en Alemania, mi perspectiva es muy parcial al respecto, pero creo que lo aprendido en mi intercambio funciona en situaciones en cualquier parte del mundo. Como dije al principio, en las noches nadie se resiste a unos kebabs, pero todavía muchos cuestionan el ingreso de las personas que lo propiciaron. El ideal de «un país, una lengua, una cultura» se erige sobre la supresión de muchas identidades culturales. Las culturas no son homogéneas y lejos de las fantasías paranoicas sobre el miedo al otro, la evidencia muestra que la integración es beneficiosa y viable.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s