El cine entre nosotros

Cuando nada es suficiente, Un monstruo de mil cabezas

Diego Daniel

¿Cuántas veces, en un arranque de furia anhelado, no hemos querido incendiar el mundo y, así, dar un giro radical al funcionamiento absurdo del sistema? ¿Cuántas veces nos ha traído de vuelta a la realidad un sonido, una voz?, la cual nos dice que no hay más que seguir adelante y dejar las cosas tal y como están, que no son posibles aquellas acciones heroicas que por momentos concebimos en nuestra imaginación. Después de estas preguntas, planteo todavía: ¿qué hay que hacer para que las cosas cambien?

No es tan aventurado suponer que todos hemos sido alcanzados por ese sentimiento de ira en contra de nuestras circunstancias, las cuales creemos pueden ser —con poca o mucha voluntad— mejores. Sin embargo, tendemos a agachar la cabeza y continuar con nuestro paso decadente y en dirección a la inmovilidad —entiéndase: desenvolvimiento permitido, esperado—, que la mayoría de las veces conlleva una máscara de «buen modo».

Laura Santullo escribió el guion de la cinta Un monstruo de mil cabezas, dirigida por Rodrigo Plá, en la cual el espectador se puede proyectar en una de esas situaciones, aunque esta vez rompiendo las cadenas del hacer bien: no importa si esas no son las formas. Dicho filme fue estrenado en México en 2016. El título es genial y certero: la protagonista, el monstruo, no se centra en un solo ente, sino en un conjunto de engranes que trabajan para un fin que, a veces, se desconoce o se acepta como natural. Cada espectador puede sentirse parte de él.

Sin perder tiempo —la duración de la cinta es 71 minutos—, la historia narra el día de Sonia, una mujer desesperada por conseguir que la compañía de seguros a la cual está suscrita su familia le otorgue un tratamiento urgente para su esposo, quien está en crisis debido a un tumor cerebral. La mujer es acompañada siempre por su hijo adolescente, Darío, quien la sigue con la convicción de no dejarla sola, pero con el deseo de no estar ahí, con el miedo que conlleva enfrentar de manera tajante a un sistema que parece imbatible. Aunque Sonia no quiera problemas, sí quiere soluciones, pues la aseguradora —desde la recepcionista, pasando por el médico encargado del caso, hasta los directivos y socios— no pretende otorgar el tratamiento necesitado, pues este «no viene en el manual». Ella intenta hacerlos entender algo que pareciera ser claro; ellos tratan de mostrarle que las cosas no son como deberían ser, que no hay más. ¿Quién puede ganar una disputa así? ¿Qué tipo de fuerzas tiene que utilizar ella cuando la razón no es suficiente?

Una violencia no deseada —pero sí sentida— se apodera de la mujer y entonces las cartas parecen favorecerle, al menos en la inmediatez, pues comienza a conseguir firmas necesarias para que el tratamiento sea dado a su esposo. El desenlace no es poco sorprendente y nos toca esa fibra que está conectada a nuestro anhelo de dar todo por un cambio; nos plantea si volvernos non gratos es suficiente y, sobre todo, si vale la pena. El final de la película no deja de ser ese pellizco que nos despierta de nuestras ensoñaciones heroicas y nos aterriza en una realidad tan ridícula como cercana.

Un monstruo de mil cabezas es una cinta necesaria, pues pone en la mesa diversos cuestionamientos a partir de un escenario en el que no nos sentiríamos ajenos: somos menospreciados por ese sistema del que, a la vez, formamos parte, y al cual no enfrentamos —es decir que no nos enfrentamos— por falta de valentía y claridad. ¿Es que eso nos convierte en villanos o en héroes? ¿Hay un mundo mejor posible? ¿Qué convertimos si cambiamos? ¿Qué hay dentro de nosotros que detiene ese deseo de explotar en contra de las situaciones pervertidas del sistema? ¿Quiénes logran hacerlo?

Además, la cinta es una gran metáfora del mundo posible planteado. En ella, hay un personaje que destaca por el significado tan fuerte que tiene y por la desnudez con la que es presentado: Darío, el joven que no está dispuesto a dejar a la deriva sus raíces, sin embargo, clama por paz; el chico que aprende —mientras actúa— cómo son las cosas; el muchacho que tiene mil preguntas en su pequeña cabeza. Darío representa esa parte de la sociedad que está creciendo y que, por lo menos en un sector de la población, se percata de que sí es posible enfrentarse al monstruo y nota cómo éste, a final de cuentas, suele reírse de ella con sangre cayendo de su boca. A ese monstruo o le tememos cuando lo vemos o le enfrentamos con armas.

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