Desde el umbral

Demetrio Navarro

Quiero morir cuando decline al día,
en alta mar y con la cara al cielo;
donde parezca sueño la agonía,
y el alma, un ave que remonta el vuelo

Manuel Gutiérrez Nájera, «Para entonces»

Escribo hoy sobre el arte, aquel que brota cual humo enjaulado desde todas las latitudes; ese que ha cobrado total importancia, hoy más que nunca se ha convertido en la catarsis por medio de la cual el ser humano ha expresado los deseos, sueños y estribillos que habitan el espacio íntimo. Gracias a ello han podido arrojar fuera a los demonios del miedo, la incertidumbre e incluso la depresión.

No, este no es un ensayo académico, ni la disertación de un crítico o experto en el arte, simplemente es un texto a través del cual plasmo mi sentir acerca de este asunto, todos tenemos derecho a expresarnos, ¿no lo crees humanamente justo? No tengo la verdad absoluta, eso sería absurdo. Es una vaga idea que ronronea desde las sombras de mi ventana, con atosigante lentitud.  

Pues bien, para empezar diré que cuando el hombre llega al límite del hartazgo, y ya no le son significativas las mismas cosas de siempre, vuelve a esas raíces primigenias para trazar el mundo que lo rodea, para desdibujarse en macropartículas de color, formas, texturas, intentando una y otra vez plasmar ese «yo» interiorizado que quiere salir, tomar forma y hacerse presente de manera simbólica. 

Tú, yo, nosotros y las estrellas huérfanas hemos sido partícipes de la unión a distancia de seres humanos que comparten su talento, se atreven a modelarlo en letras, en partituras musicales, en dibujos, carteles, fotografía. Una y mil formas de unión fraterna, el talento brota con tanta lucidez en estos días en los que todo parece entumecido; ¿no te parece contradictorio y bello a la vez?

Este tiempo de enclaustramiento y de aislamiento social será recordado a través de la historia, los libros hablarán de él desde su punto de vista, una etapa donde neuróticos anónimos lidian con sus demonios en habitáculos reducidos y, a la menor provocación, rugen; una zona donde la violencia tiñe la polvorosa repetición de los días y se ha perdido la cuenta.

Pero también debe hablarse de cosas positivas, ¿no lo crees? Desde luego. Los cuentos de hadas deben resurgir, los artistas deben ser luces que nos lleven a terminar en buenos términos  este 2020, pues sin duda alguna la realidad ha superado a la ficción, pero también esa ficción puede contar otras historias que nos lleven a soñar otros destinos, otros finales que nos lleven a creer en utopías posibles.

Dentro de las noches existen claroscuros, leves tintineos de luz en la penumbra, farolillos en donde de cuando en cuando se diluyen los desencuentros y vale la pena vivir.  Todo eso y más representan el arte y los medios electrónicos que en este momento han sido el artilugio que catapulta realidades tangibles, de autores poco conocidos.

Creo que este momento será un punto de eclosión del arte en el que el contexto social, la realidad, las percepciones particulares y la polifonía transgresora que perturba lo local y lo global conllevarán a un nuevo paradigma artístico, redefinido tal vez; no sé si cabe la posibilidad de decir un arte más nítidamente humano.

Otros pueden pensar que avanzaremos o regresaremos a aquello que ya funcionó en el pasado y que en cierto modo nos creó una zona de confort; pero yo considero que andaremos por caminos donde transitan las cigarras exclamando con su clamor veraniego las nuevas tendencias.

El arte, mi querido lector, es capturar instantes con la red tirada desde el umbral, aprehender a hilar las cuatro letras del arte, donde cada pieza debe tener alma y ser auténtica. He aquí el gran dilema: debe ser un artificio y a la vez convertirse en algo tan profundamente bello que cause impacto en otros seres humanos.

El arte es desnudar tu alma, ser peregrino perpetuo y echar a volar en el cosmos, caer en los abismos y volver a emprender el vuelo; para entonces poder decir —como ya lo señaló el gran poeta Salvador Díaz Mirón— «Hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan… ¡Mi plumaje es de esos!»

Hay belleza en toda manifestación estética. Se necesita tener sensibilidad para poder lograr esa conexión; el autor dota de alma a la obra y la echa a andar; a cada uno de los espectadores les comparte sus propias vivencias, experiencias y significados. Es entonces cuando logra remontar el vuelo y puede trascender o no; pero eso no es lo más importante, lo más importante estriba en que es un medio de expresión.

Cuando las tecnologías y todas las aplicaciones del momento ya no llenan nuestro mundo se vuelven anodinas, alienación fallida, costumbre incapaz de producir algo nuevo. Pero hoy esos días se están apagando y el arte murmura con sus ecos milenarios desde el corazón; brota cual sinfonía con diferentes perspectivas que la llevan a confluir en un sueño perenne, donde la subjetividad tiene cabida, donde cada objeto tiene matices de existencia, de estado, de consecución, de un fin.

La creatividad, mi querido lector, ha despertado en medio del caos, de la incertidumbre que nos carcome, se ha liberado de la idea mecánica establecida en el colectivo que el arte era para unos cuantos. Se ha vuelto una categoría sublime, un alarido histórico; se ha transfigurado en la brújula que nos ha permitido hacer un alto en nuestras vidas, indagar en la historia del arte, en sus modelos conceptuales, en parámetros que —si bien no podemos igualar— podemos trastocar, pero para hacerlo es necesario primero conocer.

Con ello quiero decir que en el arte, al igual que en muchas de las manifestaciones humanas, para romper las reglas primero es necesario conocerlas. ¿Se han fijado la proliferación de cursos virtuales de manera asincrónica relacionados con diversos tópicos del arte? Esto es sin duda un indicador de que la gente está buscando no una respuesta, sino un medio que satisfaga esa imperiosa necesidad de decir algo a través de la belleza artística.

Cafés literarios virtuales gratuitos, aplicaciones de última generación, páginas de diversas redes sociales han sido testigos del crecimiento de grupos que confrontan y se bifurcan en los caminos de los símbolos, mitos y metáforas del arte. Es cierto que se han multiplicado como las arenas del Sahara los grupos literarios y de intercambio artístico, blogs de distintos autores de renombre; revistas electrónicas se han triplicado también para convertirse en esos catalizadores en donde todo aquel que tenga que decir algo pueda hacerlo, desde luego con cierta calidad.

Cambiar de dirección creativa es una tendencia obligada, se nutre del ambiente que respira emociones en elipsis recurrentes, se acentúa en la frescura reconfortante de los atardeceres internos. Los nuevos artistas saben ya todo esto y moldean su vida y la de nosotros mismos con su destreza artesanal, afianzando contrastes, sentimientos, horas despiertas en las que diluyen la locura colectiva y la tiñen con esa naturalidad innata que nos acerca al arte; nos hace sentir parte de esta historia del arte en la que tú y yo también nos encontramos.

Nos leemos en el próximo número de Engarce, una interrupción necesaria para desconectarnos del tedio, para danzar en el caos de la libertad confesa. Ojalá sin esta existencia aislada, las premisas y alcances artísticos también siguieran su acústica calidez proyectándose hacia nuevos horizontes; y tú y yo tal vez hayamos creado algo nuevo y tengamos algo más que contar de una forma más libre.

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