Kilómetro 88. Paisaje de humo que somos: reseña del poemario Arde plegaria de Liwin Acosta

Verónica Vidal

La editorial LP5 ha publicado recientemente Arde plegaria, un poemario del escritor venezolano Liwin Acosta, uno de los poetas más transgresores e irreverentes del estilo en el panorama literario actual, quien ha trabajado de forma cuidadosa y crítica este libro desde hace más de un año. Liwin se ha dedicado a experimentar con la fusión de géneros literarios y cinematográficos con el propósito de ir más allá de la sensorialidad desde múltiples perspectivas. El ejercicio de la observación y el desande han impreso nuevas luces en su obra, y Arde plegaria es una fotografía que se revela poema a poema.

La voz del poeta se transforma en humo y emprende el viaje desde el centro de la oscuridad, donde a momentos adopta el cuerpo de un pájaro que huye, se esconde, no vuela y luego es una figura de acero que escucha su propio pulso. La partida forzada del hogar y la inserción en otra sociedad, unidas a una lucha solitaria por la supervivencia, han marcado las letras de autores como la uruguaya Cristina Peri Rossi y el venezolano Rafa el Cadenas. Lo que evidencia las heridas del fuego de América Latina y la universalidad del migrante.

Arde plegaria contiene uno de los poemas que describe con mayor precisión al hermano que descubrimos en otro país durante el exilio. Ese hermano que nos recibe y que, de forma ignorante, a menudo nos han presentado como el enemigo, por ser diferente. Liwin ha dibujado a su enemigo como un igual, un contrincante tan desprovisto de palabras, tan débil frente a la vida que solo queda sentarse con él a fumar y a recibir, sonrientes, las maldiciones de los transeúntes puritanos. Sin embargo, el humo que estructura este viaje también descompone en recuerdos al poeta. Lo vuelve un poco más blando frente a las riquezas de su primera vida: el vientre de la madre, el maletín lleno de experiencias del padre, la mirada de hogar de la hermana y, como eterna mordida sobre la carne: la casa con todas sus historias. Mientras la tinta se acaba, el poema alcanza su último verso y no hay empleo, solo un guion citadino que seguir y que a la vez dicta el ritmo revelador de incómodas verdades: el silencio y el ruido vacío que aumentan el dolor de las memorias, los amores perdidos, los intentos fallidos por alcanzar una cima y que, al final, convierten nuestros pasos en huellas profundas, que esconden hogueras.

El exilio parte el flujo de la poesía en dos caminos: la plegaria por superar el aire extraño del lugar que no conoces, de la cultura que no te ha moldeado y debes adoptar para camuflar el desacierto, y el ardor de la ilusión que asalta el espíritu. El sueño de volver a dormir junto a la madre y el padre, como si nunca hubiésemos sido entregados al mundo para crecer en sabiduría con pequeñas desgracias que, al parecer, nos hacen«mejores». Leer Arde plegaria me ha hecho experimentar, una vez más, la incertidumbre del migrante y el sabor amargo de reinventarse cada día sin éxito, mientras la poesía sigue siendo el enigma que, a su modo, llega hasta nosotros a través del duelo y la confusión de las almas para dar un knock out al verdadero enemigo: la vida que nos hunde sus garras.

Referencia

Acosta, Liwin (2020). Arde plegaria. Santiago de Chile: LP5.

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