La Chiquita de Atemajac

Catalina Ocampo Ledezma y Marya Luiza Aguilar González

Desde la tierra de los «vivos» hasta el cielo prometido, para mi abuelita

Cuquío su cuna fue, sin padre ella creció;

con su aguerrida y sola madre Catalina se crio.

A aquella bebé la Revolución Cristera la recibió,

por eso ella con acta perdida sin saber día

de nacimiento y menos edad su vida continuó.

Aunque el entendimiento hacia los libros

su situación le privó, las lecciones de su madre,

y la vida engarzaron a la persistente Catalina.

De Cuquío su madre la desprendió para nueva

vida encontrar. Así llegaron a Atemajac:

Atemajac del Valle, pueblo en el que Catalina

desarrolló carácter, personalidad y patrimonio.

Buena esposa según siglo XX. Al margen

de su clase social: trabajadora hasta el cansancio.

Madre, con más desolaciones y esperanzas rotas;

la tierra de la felicidad fue el lugar que conoció, pero

el dolor y el silencio fueron su recurrente cobijo.

Orillada a luchar, soportar y ser amiga fiel del silencio,

pero valores firmes sembró. Amor con su sazón y cobijo

incondicional siempre demostró. De lo más amargo,

ella emergió: mujer fuerte de eterna fidelidad a su familia.

A Cuquío no regresó, Atemajac del Valle la acogió,

la cobijó y bajo el apodo «La Chiquita» le adoptó.

Lo que quedó de lo que conoció, el 5 de septiembre

de 2020, Atemajac le dijo adiós.

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