El músico

Verónica Vidal

En un invisible campo minado se preparaba una emboscada de ideología a idiosincrasia; una trampa para humanos ejecutada por la cuota inicial de las fuerzas armadas, o más bien, los despojos del diablo.

Las luces se apagaron.

—¿Por qué me apagas la cámara compadre?

—¡Yo no soy compadre tuyo! ¡Apaga la mierda esa! ¿Por qué estás grabando?

—¿Qué pasa aquí, Navarro? —preguntó Alcázar.

—El guardia este que me está apagando la cámara.

—Hermanito, venimos bien, estamos grabando la manifestación —decía Alcázar tocando el hombro del guardia.

—¡Deja de tocarme! —Manoteó—. ¡No pueden grabar en la calle o van presos pa el carajo!

—¿Qué es lo que no podemos grabar? —saltaba Navarro—, que estás golpeando hasta matar a tus propios hermanos… ¡Al pueblo al que le dices que el honor es tu divisa!

—¡No quieren que haya pruebas de la represión! —se unía Véliz—. ¡Los malditos nos están matando y no quieren que el mundo lo vea! ¡Pero la gente se va a enterar, desgraciado! ¡Tus hijos lo van a saber!

El guardia gritaba sílabas ininteligibles, sólo buscando amedrentar con violencia absurda. Los tres jóvenes lo rodearon mientras proferían insultos. Exponían el pecho como un escudo frente a los puños del guardia y escondían la cámara. Con ella registraron el momento en que un militar prendió fuego a un estudiante. La imagen de una juventud ardiendo en traición, abofeteada por la historia de las tiranías. Eso debía saberse en el mundo entero.

Apenas nacía la noche y la represión incrementaba como una ignición maldita, provocada por la resistencia de aquellos que no eligieron una dictadura.

—¡Deja tu mariquera! —amenazaba el guardia, amagando a Véliz.

—¡Lo tocas y te jodes! ¡Ya es hora de que paguen, parásitos asquerosos! —gritaba Navarro, sin saber que con ello ganaba un boleto a la persecución. El uniformado descargó su brazo sobre él y sus amigos se abalanzaron para derribar al abusador.

Cinco guardias en la distancia, repararon en la batalla desigual que su compañero libraba y decidieron unirse para saciar su apetito destructivo y excitarse con la sangre que mana de la contusión de un país en carne viva.

Los jóvenes corrieron hasta el coche de Navarro. La cámara era arrastrada como el rabo de un papagayo culposo, el chirriar de la lente contra el pavimento era una escalofriante banda sonora.

Cerraron puertas, pasaron seguros y Navarro al volante encendió el motor.

—¡Nos van a matar como al músico de Caracas, chamo! ¡Nos van a matar estos malditos! —Véliz se estiraba la cara.

Alcázar dio media vuelta en el asiento de copiloto y jaló a Véliz por la correa para tranquilizarlo. Fue inútil, el muchacho se volvió grito cuando vio a la camioneta que los perseguía pasar sobre una figura humana, como si hubieran aplastado un insecto de carretera.

—¡Mataron a alguien, muchachos! ¡Lo mataron! ¡Está muerto, estoy seguro!

Navarro y Alcázar giraron al mismo tiempo para mirar detrás del carro. El descuido del volante costó un futuro. A través de la gamuza fría de la noche, apareció la silueta de un guardia sobre una motocicleta estacionada en la vía.

Navarro torció su cuerpo junto al volante, pero era muy tarde para esquivar la silueta. Los tres sintieron el porrazo del cuerpo contra la carrocería.

Alcázar pensó en su mamá, muerta, y en su padre eternamente afligido. Navarro recordó la última vez que vio a su madre, ese mismo día a las dos de la tarde, mientras ella decía que se cuidara mucho por esos mundos «que ya no eran de Dios». Véliz no dejaba de repetir que los matarían como al músico de Caracas; esa era su letanía, obsesión y martirio. No quería morir de un disparo en la cabeza, para luego ser despedido por la orquesta sinfónica y que el gobierno y sus cúpulas se burlaran de él, mientras la oposición usaba su nombre como propaganda que asegurara la presencia de carne fresca en las calles.

Él sólo quería vivir de la música, residir en Alemania y ser un hombre de esos que llaman realizado.

Un guardia abrió la puerta del piloto, agarró del cabello a Navarro y lo sacó mientras Alcázar era sometido por otro de ellos. Véliz ya no gritaba, pero su taquicardia era espantosa.

—¡Mira lo que hiciste, carajito! ¡Te vas a joder!

—¡Mátame, maldito, hazlo de una vez! —retaba Navarro.

—¡Nos revientan a todos entonces! —se obstinaba Alcázar.

—¡Se van al suelo ya! ¡Ya! ¡Que se mueran los tres!

—¡Ustedes arrollaron a alguien! —decía Véliz entre sollozos y temblando.

Alcázar giró el cuello y vio a los manifestantes sobre un cuerpo tendido en el asfalto unos metros atrás. Había mucha sangre y la gente alrededor se lanzaba al suelo a llorar.

—¡Malditos hijos de puta, asesinos! ¡Abajo cadenas, no joda! ¡Abajo cadenas!

Un tercer guardia hirió a Alcázar en la cabeza con la culata de una escopeta, silenciando su reproche. Navarro y Véliz eran esposados e ingresados en el asiento trasero de la camioneta.

—¿Qué van a hacer con él? —se desesperaba Navarro—, ¿a dónde lo llevan?, ¿está muerto?, ¿el guardia está muerto?

—No están muertos, pero su amigo lo estará si no se callan ustedes dos.

—¿Qué harán con nosotros? ¡Respondan!

—¡Se van a joder! Es todo lo que les voy a decir.

Margarita Navarro recordaba, sentada en la sala de la delegación, cuando tomaba un libro entre sus manos en el tiempo que faltaba para que su hijo saliera de clases. Ahora el segundero del reloj se movía bajo el agua. Se preguntaba si el papá biológico de su hijo sabría que este fue detenido por manifestar y se le adjudicaban cargos de terrorismo.

En la sala apareció Juanjo, quien en diez años de matrimonio se convirtió en un auténtico compañero de vida para Margarita y en la figura de autoridad masculina que a su hijo le faltó hasta los once años. En veintiún años su pequeño había librado batallas de excelsos hombres: superó a un padre ausente y maltratador, se convirtió en violinista y alcanzó el cargo de director de orquesta juvenil.

Y ahora estaba preso.

—¿Cómo te sientes?

—Juanjo, no entiendo… ¿Cómo detienen y golpean a un joven sólo por manifestar?

—Margara, esto es una dictadura, a mí no me sorprende. Lo que me aterra es la incertidumbre de lo que vendrá después. En el perezjimenismo los detenidos eran torturados hasta morir y desde el 2014 aquí está sucediendo lo mismo.

—¿Entonces qué? —La presión del líquido salado oprimía sus ojos.

—Esperar, mi vida, esperar.

—¿Qué estará planeando esta gente?

—¿No crees que fue suficiente con lo que ya pasó? — Véliz aún temblaba por la golpiza.

—Yo quiero saber cómo está Alcázar… verlo y asegurarme de que está bien, ¿le avisarían al papá?

—¿Cómo saber si al menos avisaron a los nuestros?

—Cierto… —Tocó con su dedo índice el cardenal en su ojo izquierdo y sintió un corrientazo en toda su cabeza—, no pueden tenernos aquí por mucho tiempo.

—Esta gente es perversa, Navarro, arrollaron a alguien en la avenida y no les importó, prefirieron agarrarnos a nosotros para jodernos y lo están logrando.

Con el jaleo habitual entre los animalejos de oprobiosa madriguera, dos guardias abrieron la reja de la celda. Navarro y Véliz se estremecieron en su interior, apenas habían pasado diez horas de la última golpiza y ya tenían más de veinticuatro horas sin saber de sus familias, del país o de Alcázar.

—Empezó la fiesta, carajitos —se jactaba el más corpulento.

Navarro y Véliz se miraron perplejos, con el cuerpo tiritando.

—Se van para juicio todos ustedes, pero no aquí, se los llevan a Punto Fijo.

—¿Todos ustedes? —preguntó Véliz en susurro.

—Ustedes dos y los otros diecisiete detenidos.

 ¿Y Alcázar? —reaccionó Navarro—, ¿dónde está?, irá a juicio con nosotros también, ¿verdad?

Los dos guardias intercambiaron una mirada cómplice, permanecieron en silencio por un tiempo hasta que el más enjuto sugirió una condena de horror:

— El periquito fue duro de callar, pero el trabajo ya está hecho.

—¿Callar?, ¿callar qué, y de qué trabajo hablan? — Véliz se desarmó en dudas.

Navarro, siempre más reflexivo y ecuánime, sólo guardó un indignado silencio.

—¡¿Cómo es posible que a unos jóvenes decentes los trasladen como terroristas para hacerles un juicio?! Son 48 horas detenidos y ya los van a juzgar. ¡¿Entonces qué quedará para los verdaderos delincuentes que azotan las calles y los que se sientan a destrozar un país desde un cargo político?!

Pero el cordón de guardias hacía gala de estatuas frente a los insultos que escupía Fania Véliz sin piedad; su hijo menor, el más estudioso e ingenuo, estaba dentro de un autobús, agazapado con la cabeza entre las piernas, como si le tocara a él tener vergüenza. Se sabía que habían sido golpeados y estaban sin comer.

Navarro estaba en shock y llevaba horas sin hablar. Véliz no dejaba de preguntar por Alcázar. Manifestantes corrieron la voz a través de las redes sociales y se citaron en el punto de partida de los autobuses. El plan era obstaculizar el paso de los vehículos hacia la carretera Coro-Punto Fijo, impidiendo el traslado a la base naval.

A pesar de la movilización de manifestantes y las cadenas humanas, los autobuses fueron escoltados por guardias motorizados que apuntaban sus armas contra los disidentes. Poco a poco vieron el autobús alejarse y pasar la alcabala. Margarita se ahogaba en los brazos de Juanjo; Fania maldecía a todos los guardias y era contenida por el resto de sus familiares para evitar que se abalanzara sobre los custodios.

Lo sorprendente era que el padre de Alcázar no aparecía. Lo escalofriante era que Alcázar no fue visto en ningún momento dentro del transporte de detenidos.

Margarita se zafó de la protección de su marido y empezó a correr detrás de la motocicleta que custodiaba al autobús. Juanjo la alcanzó y detuvo.

— ¡Margara, ten control! Vamos a seguir al autobús hasta la base naval, pero vamos en carro, no así, y menos con desesperación.

—Eso está prohibido, señor —sentenció una guardia de unos treinta y tantos.

—¿Cómo dice?

—Señora, tenemos órdenes de evitar que los familiares persigan el autobús. Deberán partir a la base naval por la noche, cuando los presos ya estén allá.

—¡Ellos no son unos criminales! —gritaba Margarita.

—Son las órdenes que tengo.

—¿Usted sabe qué va a pasar?

—Señora, sólo puedo decirle que los presos serán juzgados por la tarde de mañana. Como la aprehensión se llevó a cabo dentro de la fase naranja del plan Zamora, la condena se calcularía entre veinticinco y treinta años.

—¡Eso no puede ser! ¡Mi hijo no es un criminal, es un músico… es mi niño! —Margarita y Juanjo lloraban y gritaban al unísono, enlazando sus cuerpos para darse fuerzas.

—Si van a ser juzgados por un tribunal militar, estamos hablando de un crimen de lesa humanidad —la voz soprano de un hombre alto y robusto de bastón hizo a un lado el llanto de Margarita—. Necesito saber dónde está mi hijo. Será juzgado y sé a la perfección que ese tribunal está viciado y repleto de hijos de zorra que prestarán el poco honor que les queda para condenar a quienes tienen la verdad en las manos.

—¿Quién es su hijo, señor?

—Su nombre es Jorge Luis Alcázar y es músico. Tiene 22 años.

La guardia tomó una tabla con unos registros adosados en papel de reciclaje. Margarita y Juanjo se habían sentado en el borde de una acera mientras Fania Véliz se fumaba la cuarta caja de cigarrillos del día. Don Alcázar observaba a los individuos alrededor y aseveraba para sí mismo que el país estaba al revés. Había muchas divisas de por medio para violar el honor del inocente.

La guardia levantó la mirada y la sobriedad del señor le recordó a su padrastro y cómo los opositores lo habían ultimado por delincuente organizado. La misma sangre fría con la que buscaba vengar a su padrastro en cada misión inundó sus palabras con un desprecio delicioso; una displicencia que encerraba gozo por la desgracia ajena. Desgracia que podía expiar poco a poco la propia.

—Se llamaba Jorge Luis Alcázar. Tenía 22 años y era músico.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s