Un día normal

Corinna Ramírez

Agitaba su abanico como si la vida se le fuese en ello; era la estación de la pestilencia, del olor a gente. El sol tiene la propiedad de involucionar a las personas y ese día la mayoría paseaba su bestia interior.

Dos pasos, alguien toca el claxon.

Cinco pasos, un tipo le ve las piernas.

Ocho pasos, el abanico casi se rompe. El aire huele a pestilencia.

Dobla en una esquina, el sol nubla su vista; otros dos pasos. ¿Viste el colibrí pasar? ¡Qué recuerdos! De niña perseguía las burbujas que salían del pompero y subían en diagonal iluminadas por el sol, los rayos al cruzarlas creaban ese arcoíris que a ella le gustaba tanto, pues le recordaban a los pequeños colibríes. Al verlas entonces en el aire se afanaba en atraparlas, sólo para descubrir que desaparecían al contacto con sus manos; no importaba, el aire olía a fresco, ella continuaba corriendo tras ellas.

Un paso, un brillo plateado reemplaza al sol. El abanico se detiene. Es la estación de la pestilencia.

Medio paso, ella piensa que debió ponerse desodorante un segundo antes de sentir el impacto.

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