The Cardiff Corporation

Agustina Hernández

La ciencia y la técnica, al servicio de los intereses de poder, conducirán al mundo a formas sociales de dominación absoluta, a instituciones opresoras a las que nada quedará al margen, de las que nadie escapará.

Aldous Huxley

¿Cómo saber si la Tierra no es más que el infierno de otro planeta?

Aldous Huxley

La noche del treinta y uno de diciembre del dos mil cuarenta y nueve, James falleció de un infarto, sentado en el sillón del living de su casa en Londres, mientras el holograma de su hijo Alexander daba el discurso de Año Nuevo, como presidente de la Cardiff Corporation, para Europa.

El nano dispositivo del brazo izquierdo de James encendió las alarmas y la ambulancia llegó diez minutos después. Una vez que la policía derribó la puerta, ya no había nada que hacer. También se activó el llamado de emergencia para Alexander, que no fue atendido ni registrado.

Las cámaras de seguridad instaladas en la casa mostraron que James estuvo solo esa noche, no comió nada, tomó whisky y empezó a llorar en cuanto escuchó el discurso de su único hijo. Soltó el vaso que tenía en su mano izquierda y se agarró el pecho por un minuto, hasta que dejó de respirar.

Alexander y James casi no tenían trato. La madre había fallecido en un accidente en el dos mil doce, cuando Alex tenía nueve años. En esa época, James trabajaba para el Banco Mundial y vivían en Bruselas.

La crianza de Alex había sido muy complicada, pero la peor parte comenzó cuando fue captado por el Grupo Cardiff en Oxford, que representaba todo lo contrario a lo que su padre trató de inculcarle.

Ambos eran abogados. James siempre buscó trabajar en favor de los derechos humanos individuales, de los países más pobres y menos desarrollados, mientras éstos existieron y el Banco Mundial tuvo programas para ellos.

Para cuando Alex se recibió, el mundo había cambiado por completo y todas las catástrofes presagiadas —desde Nostradamus en adelante— sucedieron, sin que James, el Banco Mundial o la gente más poderosa del planeta pudieran evitarlo.

El Grupo Cardiff había dejado de ser un secreto para el gran público a fines de los años noventa, gracias a un periodista muy curioso y perseverante. En realidad, la fundación del grupo fue posterior a la II Guerra Mundial, en una fecha un tanto incierta y en la ciudad de Cardiff, por elección de Inglaterra, uno de los fundadores. Los miembros originales no fueron más de diez y entre ellos prometieron realizar una reunión anual, siempre en una ciudad distinta y en secreto. Sólo ellos conocían los temas a tratar y el resultado del encuentro —sin testigos— nunca se escribía.

Con el paso de los años el número de integrantes fue creciendo, pero nunca fue superior a cincuenta miembros. Algunos eran «invitados especiales», como los candidatos a presidente de determinados países o, ante su posible asunción, algún heredero de las coronas que quedaban en pie a finales del siglo XX.

El Banco Mundial conocía la existencia de Cardiff, como también los servicios secretos más importantes del mundo. Nadie se entrometía ni preguntaba, ya que esto implicaba cuestionar a los propios jefes de estado. Existían otros grupos similares, pero con características económicas o tecnológicas. El Grupo Cardiff era el más importante, con absoluto poder político, en las sombras.

Hacia el final de su carrera, James había ocupado un alto cargo. Su función lo obligaba a manejar cierto nivel de información clasificada, que podía quitarle el sueño a una estatua.

La carrera de Alex en Oxford fue brillante y su padre la siguió de cerca lo más que pudo, gracias a sus contactos y no a los monosílabos de su hijo. James intentaba comunicarse con él pero no lo lograba. De hecho, podía reconocer la incapacidad de Alexander de conectarse afectivamente en general, tal como le sucedió a él, con excepción de su esposa. Alex nunca le hablaba de una chica y James creía que su hijo era gay o bisexual, como la mayoría de la gente de su edad. Esos términos pertenecían a clasificaciones de su generación y para finales de los años veinte era como tratar de señalar que alguien tenía el pelo ondulado o lacio. 

Alexander se recibió con honores en el dos mil treinta, que fue el año que cambió el mundo conocido hasta ese momento.

Como había sucedido en el pasado con enfermedades como el Sida o el Ébola, nunca se supo con exactitud dónde y cómo se generó el virus XR4[1], pero el resultado fue que en un año eliminó a casi mil millones de personas, el equivalente al diez por ciento de la población mundial.

El virus estaba en el aire, en el agua, se contagiaba ante cualquier contacto físico, no tenía ninguna cura y la persona infectada moría en menos de veinticuatro horas, sin importar su edad, sexo, raza o estado físico.

Se habían intentado medidas preventivas de todo tipo, con paralización de actividades estatales, escolares, campos para infectados, vacunas, antibióticos, aislamiento total de grupos; nada había resultado porque la realidad era muy simple: la gente que no se contagiaba tenía un anticuerpo natural contra ese virus. Fue una especie de lotería contra la muerte, en un año en el que el mundo entero no vivió, no durmió, no produjo, no consumió y colapsó.

James no se contagió pero dejó de dormir unos meses antes, después de un almuerzo con un viejo amigo que todavía revistaba en el servicio secreto británico.

Alexander tampoco adquirió el virus y fue designado por el Grupo Cardiff en un cargo importante dentro de la estructura europea.

La lotería no perdonó a ciertos presidentes, reyes, príncipes, multimillonarios, científicos, deportistas o artistas, aunque el azar no dejaba de ser llamativo, pues fallecieron más de veinte mandatarios africanos, latinoamericanos y asiáticos pero ningún europeo.

El caos mundial desatado por la enfermedad durante su primer mes fue el escenario ideal para que las grandes potencias del siglo XX decidieran el establecimiento de una Administración Global, con sede en Zurich. La denominación de «Administración» no era más que un eufemismo para evitar que se entendiera que la suerte del mundo entero había quedado en manos del Grupo Cardiff, el que a su vez adoptó el nombre de Cardiff Corporation, como si se tratara de una simple operación de marketing.  El principal brazo de la corporación era el político, pero también existían el tecnológico, el militar, el productivo, el sanitario y el social.

A la histeria y a la paranoia de la población, se sumó el enorme problema que empezaron a representar los cadáveres acumulados por doquier. La gente pretendía migrar sin saber adónde, como si dejar su lugar de origen fuera la solución. Los transportes aéreo y marítimo de pasajeros fueron suspendidos y sólo eran usados para trasladar agua, comida y medicamentos. Los edificios públicos fueron convertidos en hospitales y los ejércitos desplegados para dar ayuda sanitaria y traslado.

Era una guerra contra un enemigo invisible e invencible, donde las balas y la tecnología no servían para nada.

El Banco Mundial, como tantas otras organizaciones internacionales, fue desmantelado. Los funcionarios más jóvenes que sobrevivieron fueron reasignados. James tenía cumplidos los sesenta años, por lo que fue retirado de su cargo.

La vida diaria se había transformado en una tortura, en la que sólo se trataba de sobrevivir con lo poco disponible. En tres meses el desabastecimiento fue total, sobre todo en las grandes ciudades.

Eran muchos los servicios, comercios e instituciones que dejaron de funcionar, por la simple razón de que todos los empleados habían fallecido.

En las últimas décadas el mundo vivió en guerra por el petróleo, sin entender que los bienes escasos eran el agua y los alimentos. James lo había entendido muchos años antes, y por esa razón no podía dormir.

El que distaba de ver las causas de una realidad irremediable era Alexander. Cuando promediaba su carrera en Oxford, fue convocado por la entonces rectora, Mrs. Traynor, quien le propuso comenzar su entrenamiento para formar parte del equipo del Grupo Cardiff, del cual le contó muy poco, por no decir nada. Cuando Alex se instaló en Zurich, descubrió que «Mrs. T.» era la superior a quien debía rendir cuentas. También descubrió que las pocas normas que regulaban el funcionamiento de la Administración, distaban de parecerse a los ideales de las Naciones Unidas, la OEA, la OTAN o la Unión Europea, ya inexistentes[2].

El contagio del virus era cada vez menor pero seguía acumulando víctimas todos los días.

Los sobrevivientes pasaron a ser denominados «ciudadanos del mundo», con pérdida de su nacionalidad, aunque se mantuvo la división geográfica de los cinco continentes, por cuestiones de organización.

Durante la década siguiente murieron más de quinientos millones de personas, no sólo a causa del XR4, sino también por hambre, falta de atención médica o cataclismos naturales como tsunamis, huracanes, sequías o erupciones volcánicas, que pasaron a ser habituales en casi todo el planeta.

La población vivía aterrada por todo. Parecía que finalmente la gente había entendido que el concepto de «seguridad» siempre fue una ficción.

Una cantidad importante de las estructuras políticas que habían fracasado durante el siglo anterior, fueron otra vez adoptadas por la Administración, como si la certeza de su nuevo fracaso no tuviera ninguna importancia.

Alexander resultó un ejecutivo sobresaliente y se enorgullecía de la eficiencia del bloque europeo, al igual que su mentora, aunque poco le importaba que su padre tuviera que hacer la fila[3] o que tuviera que convivir con una familia de extraños, dentro de su propia casa.

Para James en realidad no se trataba de extraños; era la familia de Sara, la hija de su viejo amigo Benjamin, del servicio secreto británico, con quien confabuló para lograr esa combinación.

Benjamin y James habían estudiado juntos y tenían la misma edad. Benny también era viudo y tanto él como Sara y su familia habían sobrevivido al virus.

Hacía muchos años que Benny se mostraba interesado en el Grupo Cardiff, a tal punto que James sospechó de una posible colaboración con un periodista.

Cuando coincidían en Londres, les gustaba caminar por el British Museum. En esas ocasiones, ambos dejaban cientos de frases por la mitad. Benny estaba convencido de la notable influencia de Cardiff en la mayoría de los acontecimientos importantes para la humanidad, posteriores a la II Guerra, ninguno de los cuales fue positivo, al menos para el noventa y cinco por ciento de la población mundial.

Un año antes de que apareciera el XR4, Ben se mostró muy preocupado con James durante un almuerzo y fue poco lo que dijo ese mediodía. En la memoria de su amigo quedaron algunas frases inconexas sobre una posible guerra bacteriológica y que debían prepararse para formar parte de la Resistencia.

Hacia fines del año treinta, los dos amigos pudieron reunirse en Londres y acordaron —con un whisky de por medio— la fundación de Maginot[4].  La alusión histórica para ellos era obvia, pero especularon que muy pocos recordarían la versión original. Esa misma noche coincidieron en que los primeros desafíos consistirían en no ser descubiertos —sobre todo por Alexander— y en que tendrían que reclutar nuevos miembros sin usar tecnología, ya que cualquier dispositivo era fácilmente rastreable por H.A.L.[5], que para ese entonces tenía el tamaño de cien estadios de fútbol, y estaba localizado al norte de Boston.

Los dos sonreían amargamente ante la paradoja de cómo vivían rodeados de aparatos electrónicos que no servirían para salvar ninguna vida, ni en la versión oficial ni en la clandestina.

Maginot hizo honor a su nombre, porque debieron recurrir a viejos trucos usados en la II Guerra, noventa años antes. Fue un trabajo ciclópeo, de un día a la vez. Los fundadores tenían en contra su edad y estado físico, por lo que Sara y su marido resultaron un eslabón fundamental.

El hombre ya había aterrizado en Marte para ese entonces, pero la Resistencia se movía de boca en boca, con mensajes en papeles diminutos que eran pasados en la calle y tragados si era necesario.

Benny era consciente del sufrimiento permanente de James, por estar en la vereda opuesta a la de su hijo y, a su vez, rezar para que Alex no lo supiera.

Para Maginot, era muy llamativa la extrema eficiencia de la Administración, desde las cuestiones más complejas hasta los detalles de la vida diaria. Tal nivel de organización había requerido, evidentemente, años de preparación.

La propiedad privada fue eliminada. Todas las empresas —de cualquier rubro y tamaño— fueron absorbidas por alguna rama de la Administración. La justicia quedó en manos de tribunales internacionales y a nivel local estaba a cargo la Policía Global. Las profesionales liberales pasaron a ser dependientes de alguna de las ramas, según la necesidad de cada continente. La educación se impartía on-line y la totalidad de los contenidos eran determinados por la Administración. El individuo que no tenía una profesión u oficio calificado era enviado a trabajar al campo. Las ciudades sólo quedaron pobladas por gente sana, que podía trabajar o sobrevivir sin molestar a los productivos. Los demás fueron distribuidos en distintos campos, según sus particularidades. 

La elaboración de comida sintética había avanzado notablemente en la última década, al igual que el reciclaje de las aguas servidas, que resultó viable al corto plazo; no así la transformación del agua de mar.

Hacia finales de la década del veinte, el dinero billete había dejado de existir, para transformarse en e-money[6], pero la encargada de que desapareciera el concepto de salario fue la Administración, es decir, el Grupo Cardiff.

Desde aquella noche en que fundaron Maginot, Benny y James supieron que sería muy poco lo que podrían hacer, pero ninguno de los dos soportaba la idea de no hacer nada. La sola idea de saber que podían reunir a unos cientos de personas en esa parte del mundo, bajo la simple consigna de estar contra la Administración, era suficiente incentivo. Si además lograban burlar algunos controles fronterizos, sanitarios y conseguían raciones extras, se darían por satisfechos.

¿Quién era el enemigo? ¿El virus? ¿La Administración? ¿La superpoblación mundial? ¿H.A.L.? ¿Cardiff? ¿Alexander? ¿Todos?

Les tomó varios años lograr que sus viejos amigos y colegas supieran de la existencia de Maginot. Algunos se unieron a ellos y otros no. La generación posterior parecía tener pocas quejas ante esa Nueva Administración Mundial. Sara y su esposo, Andrew, habían perdido a la mayoría de sus amigos y conocidos por mostrarse en contra.

Tal como hizo su abuelo en mil novecientos cuarenta, James logró esconder algunos libros de papel dentro de su propia casa, fuera del alcance de las inspecciones[7].

Una noche, James le contó a Benny acerca de sus libros y su amigo no pudo evitar preguntarle cuáles eran los títulos rescatados. James empezó a hacer memoria de los que le habían parecido más conflictivos —por su notable parecido con la realidad sci-fi en la que vivían— y así fue que le enumeró a su amigo: Un mundo feliz[8], 1984[9], La naranja mecánica[10], 2001[11], Yo robot[12], Cita con Rama[13], En el camino[14], Rebelión en la granja[15], Farenheit 451[16], Salem’s Lot[17], La Metamorfosis[18], y algunos otros.

Benny sonrió con algo de amargura y le contó que una vez escuchó una conversación grabada por el «MI6», en la que un miembro de la familia real le comentaba a otro que Un mundo feliz había sido un encargo de Cardiff a Aldous Huxley, a quien luego no felicitaron, ya que el objetivo no fue literario. James no se sorprendió.

Aquellos libros en papel los heredó de su padre y de su abuelo. Cuando Alex era adolescente, James logró que leyera algunos, pero, por lo visto, no dejaron ninguna huella en él o, lo que era peor, le dieron «ideas» de cómo debían ser las cosas.

Cardiff nunca había suspendido sus reuniones anuales, de las cuales seguía sin haber ningún registro, a no ser que uno quisiera asociar que, a continuación, la Administración siempre implementaba un nuevo paquete de medidas.

Desde el año dos mil cuarenta y cinco, los grandes números no hicieron más que empeorar. A pesar del estricto control sobre la reproducción, la población mundial seguía aumentando por la simple razón de que el XR4 prácticamente había desaparecido y era normal que las personas mayores cumplieran cien años. Los accidentes naturales parecían empecinados en ocurrir en lugares donde se concentraban los productivos, por lo que la población no productiva estaba a punto de ser mayoría.

Alexander trabajaba doce horas por día. Vestía el uniforme corporativo, como todos, y vivía en uno de los complejos destinados al personal. Por su rango tenía un departamento para él solo, sin restricciones de visitas o provisiones.

El expediente[19] de su padre había pasado por sus manos y por supuesto que conocía a Benjamín y a Sara. Lo aprobó en el sistema y lo guardó bajo llave, lejos del alcance de Mrs. T.

Alex estaba convencido de que la superpoblación mundial versus la falta de recursos naturales era una ecuación que —en forma natural— no tenía ninguna solución, por lo que la aparición del XR4 había resultado casi un milagro, lo mismo que los cataclismos naturales, sobre todo en Asia y África. Volvía agotado por las noches a su departamento y su vida social era nula fuera de la corporación. No existía tiempo para relaciones personales, no cuando cargaba sobre sus espaldas la responsabilidad de que un continente entero tuviera agua, comida, vestimenta y seguridad todos los días.

Nadie podía negarle el esfuerzo que puso para llegar a donde estaba, y sólo él conocía el agotamiento que experimentaba después de casi veinte años de carrera.

Hacia fines del año cuarenta y nueve, tuvo que intervenir personalmente ante un informe de una inspección realizada en la casa de su padre, que daba cuenta de ciertas irregularidades en el comportamiento de los convivientes, aunque sin mayores pruebas. Benjamin, Sara y su familia fueron reubicados en otra ciudad, pero Alexander logró que su padre conservara su casa y viviera solo, ya que su salud no era buena. Hacía muchos años que no lo veía y no tenía intenciones de visitarlo, pero ordenó que colocaran cámaras, sensores y chips de todo tipo para poder controlarlo. Una vez más guardó el expediente en un cajón de su escritorio, decidido a no investigar nada relacionado con ese episodio. No tenía el menor interés en descubrir hechos que involucraran a su padre y, por ende, lo obligaran a actuar en su contra. Nunca supo que de esa forma se había dado por terminada la existencia de Maginot.

Alexander se alarmó cuando una mañana de fines de noviembre, Mrs. T. lo convocó a su despacho. No era habitual que lo citara en persona y había pasado menos de un mes desde el episodio en la casa de su padre.  Para su sorpresa, Mrs. T. le informó que el Grupo se reuniría ese año antes de lo previsto, aunque tuvo el buen gusto de no decirle ni dónde ni cuándo, datos que de por sí debían ser desconocidos para ambos. También le comunicó que ese año había sido elegido por la Administración para dar el discurso habitual del treinta y uno de diciembre, que sería transmitido on-line a todo el mundo. Él distó de sentirse halagado, aunque no sabía por qué.

Se acercaba Navidad y Alexander se sentía muy cansado y desanimado. Tuvo que admitirse a sí mismo que le pesaba la idea de que su padre pasara esa fecha a solas y decidió que lo visitaría de sorpresa.

El veinticuatro de diciembre amaneció con una de las peores tormentas de nieve que se pudieran recordar en los últimos diez años en toda Europa y no habría forma de llegar a Londres desde Zurich. Alexander se puso de pésimo humor; detestaba los cambios de planes y los imprevistos. Tampoco quiso hablar con James en ese estado, por lo que le envío un texto que podría ver en cualquier dispositivo de su casa.

Los días previos a Año Nuevo fueron caóticos porque la Administración había dispuesto un nuevo paquete de medidas que Alexander debía anunciar en su discurso.

Supuso que él mismo escribiría el discurso, pero Mrs. T. se lo envío durante la tarde del treinta de diciembre. Era breve, enunciativo, frío, corporativo y nefasto. Las principales medidas consistían en reducciones de todo tipo y aumento de horas de trabajo, con un claro énfasis en la supervivencia de los productivos, sobre todo de los más jóvenes. Por último se anunciaba una nueva creación de Cardiff Supplies, dirigida a los improductivos. Se trataba de un alimento sintético, diseñado especialmente para la vejez y ciertas enfermedades crónicas; su nombre era Diffgreen y estaba hecho a base de plancton.

Alex no había cuestionado ni una sola medida u orden de sus superiores en toda su carrera, pero estuvo a punto de comunicarle a Mrs. T. que no cumpliría con el anuncio.

La responsabilidad y la disciplina finalmente lo vencieron y el treinta y uno de diciembre se presentó en la fiesta corporativa, a la hora señalada. Le indicaron que subiera a un pequeño escenario preparado para la ocasión. Con un telón negro de fondo, sobre el cual se proyectaba una imagen en letras plateadas y doradas que decían: Happy New Year, Alexander leyó el discurso, rápida e impersonalmente. En cuanto terminó, bajó del escenario y abandonó la fiesta. Afuera nevaba y el frío era insoportable, por lo que fue directamente a su departamento. Se desvistió y se quedó dormido en cuanto se acostó, agotado.

Se despertó sobresaltado, por el aviso de su asistente virtual de que tenía una llamada urgente que debía atender. La aceptó sólo por audio, sin imagen. Un funcionario inglés —de rango muy menor— le comunicó que la noche anterior su padre había fallecido de un ataque cardíaco y que, dada su jerarquía institucional, le solicitaban instrucciones respecto del destino del cadáver. Alexander apenas pudo procesar lo que estaba escuchando y sólo atinó a decirle al funcionario que enviaría las instrucciones más tarde; y se despidió sin pedir ni dar detalles.

Logró salir de la cama y se vistió, como si aquello hubiera resultado fundamental para reaccionar o tomar decisiones. Le pidió a su asistente que le mostrara los registros de la casa de James de la noche anterior. Se sentó en una silla y empezó a ver los hologramas de su padre y de los distintos rincones de la casa de Londres, a partir de las diez de la noche. Vio que su padre había estado solo —como era de suponer—, que no cenó y que se sirvió un whisky. Luego se sentó en su sillón del living para ver la transmisión del discurso. Alexander sintió vergüenza aun antes de ver que su padre lloró al escucharlo y que mientras se agarraba el pecho por el infarto, sus últimas palabras fueron: «Soylent Green», al mismo tiempo que dejaba caer el vaso y moría.

Alex sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. No recordaba haber vuelto a llorar después del entierro de su madre.

No podía reaccionar y vio la grabación una y otra vez hasta que entendió cuánto le llamaban la atención las últimas palabras de su padre, que no sabía qué significaban. Le ordenó al asistente que buscara todo lo relacionado con Soylent Green[20]. Para su sorpresa, la búsqueda arrojó sólo un resultado, que era una mención al título original de una película de mil novecientos setenta y tres. Alex leyó atentamente el breve texto y sus lágrimas se convirtieron en gritos desesperados de ira y angustia. Su padre se había muerto del disgusto al escuchar a su hijo anunciar semejante atrocidad, a sabiendas de que Alexander no tenía idea de lo que estaba diciendo. Si todo era verdad, Diffgreen no estaba hecho a base de plancton, sino de personas.

Haber encontrado esa referencia era un error grosero de la Administración y de H.A.L.

La tormenta de nieve no había mejorado, por lo que no podría viajar a Londres para hacerse cargo de los restos de su padre. Envió instrucciones al funcionario inglés para que el cadáver quedara en custodia del Departamento de Servicios Fúnebres para empleados de la Administración, hasta su llegada.

El verdadero problema a resolver era qué debía hacer con la información que acababa de descubrir. La lógica le indicaba que Mrs. T. debía tener archivos ultraclasificados sobre el tema, a los que no tenía ningún acceso.

Le ordenó a su asistente que operara sus archivos de la Administración en forma remota y se dispuso a examinar los perfiles de hackers, que eran empleados de Cardiff y que habían sido descubiertos —en los últimos tiempos— como traidores, por la venta de software e información en general, a cambio de beneficios que les interesaban por razones personales.

Una hora después encontró a su candidato ideal. Se trataba de un hombre que había nacido en Noruega, especialista en software de Cardiff Corporation y que había sido descubierto una semana atrás tratando de vender un programa de suministros a cambio de un pase fronterizo. Fue separado de su cargo pero no encarcelado todavía y vivía en Zurich. Cualquier tipo de comunicación quedaría registrada, por lo que Alex decidió que iría a la casa de Otto Hansen, en su propio auto. Hansen vivía en un bloque de viviendas individuales, de los tantos construidos por la Administración para sus empleados, sin ningún tipo de seguridad perimetral, que en esas circunstancias era una gran ventaja.

Alex llegó al departamento 1219 y tocó el timbre. Escuchó ruidos adentro y las pisadas hacia la puerta, hasta que Hansen la abrió y al verlo empalideció. Alexander entró, sin pronunciar palabra. De pie en el medio de la habitación, dijo:

—¿Sabe quién soy?

—Sí —contestó Hansen, muy perturbado.

—Decidí venir por lo que le voy a explicar a continuación, pero esta visita nunca existió.

Alexander le relató su descubrimiento y las circunstancias. El hombre se sentó en su cama y le ofreció la única silla que tenía a Alex.

—Si acepta el trabajo, le consigo un pase fronterizo con cambio de identidad y lo borro del sistema de precondenados[21], pero necesito ver resultados antes de la medianoche. Hansen no preguntó nada y aceptó la propuesta.

Alex se sorprendió al ver que Otto sacaba del bolsillo de su pantalón un Dido[22], que seguramente no tendría autorización de la Administración. Hansen lo apoyó sobre la mesa y empezó a trabajar. Alexander entendió que lo mejor sería que esperara allí sentado.

Dos horas más tarde, Otto había logrado engañar a H.A.L. y entrar a los archivos de Mrs. T., dentro de los cuales había una carpeta con clasificación de máxima seguridad nombrada como Soylent Green. Ambos se miraron, sin decir nada. Hansen pudo abrir algunos archivos aunque no todos.

El plan había sido concebido en una reunión del Grupo Cardiff, en la primera década del siglo y se reactivó tres años atrás, en otra sesión. Los improductivos serían eliminados a discreción y sus cadáveres serían enviados a distintas plantas productoras de alimentos, en todos los continentes, para ser triturados y convertidos en parte del preparado que ahora era anunciado como Diffgreen. El juego de palabras con la versión original era macabro. A su vez, el nuevo «alimento» sería destinado a los improductivos y de esa forma se reservarían la verdadera comida para los productivos.

Hansen intentó durante una hora extraer esos archivos para poder almacenarlos en otro dispositivo, pero fue imposible. También trataron de fotografiarlos, pero la imagen era nula. Otto no podía seguir engañando a H.A.L., debía cerrar todo. Ante la impotencia, Alexander le ordenó a Otto que viralizara los archivos descubiertos. Hansen obedeció y se activarían doce horas después. Los dos hombres sabían lo que habían leído, pero no tenían ninguna prueba concreta.

Desde el Dido de Otto, Alex cumplió con la contraprestación prometida: cambió la identidad de Hansen, emitió un pase de frontera y borró su registro.

Ya era medianoche cuando Alex se fue del departamento de Otto, a quien nunca más vería ni podría contactar. La tormenta de nieve había cesado.

Esa noche Alexander no pudo dormir pese al cansancio. La tristeza por su padre y el peso de lo que había descubierto, más los delitos cometidos con Hansen, eliminaron toda posibilidad de sueño. El otro problema era qué haría al día siguiente, lunes dos de enero de dos mil cincuenta. Sus opciones eran: no ir a la Administración, argumentando que debía viajar a Londres para enterrar a su padre; ir como todos los días y no decir nada; encarar a Mrs. T. con su descubrimiento, o tratar de escaparse en un avión esa misma noche. ¿A dónde? Fugarse era lo mismo que delatarse. No tenía sentido tratar de esconderse. Tampoco tenía sentido tratar de ser «Mc Arrow»[23] frente a Mrs. T. En algún momento de la madrugada, Alex dormitó hasta que su asistente lo despertó, como cualquier día de trabajo.

 Llegó a su despacho y no notó nada en particular. A los diez minutos, su secretaria le comunicó que debía presentarse ante Mrs. T. Si bien la viralización se activaría al mediodía, su superiora ya podía haber descubierto que un hacker había visitado sus archivos ultraclasificados. Cuando entró, Mrs. T. le indicó que tomara asiento.

—Alexander, lamento comunicarle que he recibido instrucciones específicas de notificarle que a partir del día de la fecha la Administración prescinde de sus servicios, agradeciéndole por todos los años de trabajo y dedicación. Se han dispuesto una serie de medidas relacionadas con la reestructuración de los niveles jerárquicos. Usted no es el único afectado. No es necesario que le indique los protocolos de desvinculación porque los conoce perfectamente. En lo personal, no estoy de acuerdo con esta decisión, pero usted sabe que no depende de mí. Le deseo lo mejor. Ahora si me disculpa, me están esperando en la sala de reuniones —dijo Mrs. T. Se paró y extendió la mano a Alexander, quien extendió la suya, al tiempo que decía:

—Mrs. T., ha fallecido mi padre en Londres. Debería viajar para hacerme cargo de sus restos. Le agradecería que extendiera mis credenciales por unas horas…

—Entiendo, pero recuerde que a la brevedad le será comunicada su nueva función, por lo que deberá regresar a Zurich en cuanto sea notificado.

Volvió a su despacho, aturdido. Era muy confuso lo que acababa de pasar. Había sido despedido, después de veinticinco años de servicio para Cardiff, con cinco frases a cargo de Mrs. T., que sonaron creíbles. Todo parecía indicar que esa decisión ya había sido tomada en otro momento y que no era causada por su actuar de la noche anterior. Poco importaba si Mrs. T. se acababa de enterar como él o ya sabía que el discurso de la noche de Año Nuevo sería el último acto de Alexander como ejecutivo de la Administración.

Faltaban tres horas para la viralización. Tenía tiempo de vaciar su escritorio, volver a su departamento y juntar las pocas cosas personales que tenía, llegar al aeropuerto y tomar un jet, que lo dejaría en Londres en veinte minutos.

Dos horas después, Alex entró en las oficinas del Servicio Fúnebre de Londres. Para su sorpresa, su credencial todavía estaba activada, por lo que pidió ver el cadáver, que en forma inmediata procedieran a su cremación y le entregaran las cenizas.

Eran exactamente las once de la mañana en Londres, cuando Alex salió de aquellas oficinas, con un cofre que contenía los restos de su padre, dentro de la valija. En Zurich eran las doce del mediodía: momento de activación de la viralización.

Se dirigió a la casa paterna, a la que hacía por lo menos diez años que no iba. Entró con su clave personal, dejó la valija en el hall y recorrió cada una de las habitaciones. Todo estaba como lo recordaba. Su primer objetivo fue esconder las cenizas de James, para lo cual eligió el lugar secreto que usaba de niño en su habitación. Encontró que su escondite personal había sido ocupado por libros, seguramente guardados por su padre. Se tomó todo el tiempo del mundo para mirarlos: algunos los conocía y los había leído y otros no. Finalmente, optó por dejarlos donde estaban y guardó el cofre, muy conforme con que todos los tesoros quedaran en el mismo lugar.

Después se dirigió a la cocina y, para su agrado, descubrió que quedaban algunas raciones. Se sentó en el comedor y mientras comía pensó que quizás lo mejor sería quedarse en la casa. Ya no tenía acceso a los sistemas de la Administración, por lo que no podía cambiar de identidad ni borrar registros como había hecho con Otto. Cualquier movimiento que realizara sería registrado en forma inmediata. Tampoco sería tan simple descubrir a Hansen y asociarlo con él. Tal vez para ese momento Otto ya estaría en la otra punta del planeta, registrado bajo otra identidad. En definitiva, esperaría a que la Administración le comunicara su nueva función.

Pasaron tres días, durante los cuales Alexander se dedicó a dormir y a caminar por su ciudad natal. Ya debían haberlo notificado de la Administración para ese entonces. El protocolo habitual eran cuarenta y ocho horas, por lo que Alexander tenía un mal presentimiento.

A la mañana siguiente, dos hombres se presentaron a la puerta de la casa. Alex entendió que no abrir la puerta no era una opción. Eran agentes de la Administración, con funciones en la policía local, que décadas atrás había sido conocida como Scotland Yard. Corroboraron su identidad y le indicaron que debía subir al vehículo estacionado en la puerta. No le dieron oportunidad de llevar nada personal. Fueron directamente al aeropuerto y tomaron un jet a Zurich. Una vez en la ciudad, lo condujeron a las oficinas en las que había trabajado. Pero esta vez no lo esperaba Mrs. T. sino otro funcionario al que nunca había visto y que no se presentó.

—Mr. Collins, debemos reconocer que nos ha tomado casi cuatro días armar su rompecabezas, pero hemos logrado encajar todas las piezas. Su error fue comunicar el fallecimiento de su padre. A partir de ese dato, hemos visto la grabación de las últimas horas de James y tomamos nota de sus últimas palabras, que motivaron su curiosidad y búsqueda en la red. También sabemos que el primero de enero estuvo en el Bloque 191, ya que su entrada y salida fueron registradas por skyflies. De los candidatos posibles en ese perímetro, entendimos que fue a visitar a Otto Hansen, con quien nunca se habían visto. El cambio de identidad del señor Hansen le ha permitido salir del continente, pero ya lo hemos ubicado y a la brevedad será capturado. La viralización fue detenida por H.A.L. a los tres minutos de haberse activado y numerosos agentes están trabajando para eliminar todo registro al respecto. Su osadía y traición serán juzgadas por el Alto Tribunal Europeo, al cual se le pedirá que se lo condene a cadena perpetua en Siberia. Mientras tanto, permanecerá confinado dentro de instalaciones de la Administración, cuya ubicación no le será revelada.

El funcionario no esperaba respuesta alguna e hizo una señal a los agentes para que se llevaran a Alexander, a quien encapucharon, subieron a un auto y, media hora después, bajaron. Lo hicieron caminar unos trescientos metros hasta quitarle la capucha y lo dejaron en una celda con mucha luz artificial, ninguna ventana, una cama y un baño químico.

Una semana después, Alexander fue sentenciado a cadena perpetua. El tribunal consideró contundente la prueba reunida en su contra. Fue trasladado a una prisión ultrasecreta en Siberia, construida bajo tierra, a la cual era imposible acceder sin conocer su ubicación exacta y sin tener las credenciales necesarias.

Su celda era como todas y el resto de los reclusos eran perfectos desconocidos, con los que sólo compartía los dos momentos al día en los cuales se les entregaba su ración de Diffgreen.

El primer día Alexander se negó a comer, hasta que entendió que no había otra cosa y no aguantó el hambre. Después de la ingesta se sintió mal, aunque el preparado tenía buen sabor. Al tercer día lo comió sin problemas y a la semana empezó a desear que el objetivo original de Soylent Green se cumpliera lo antes posible.


[1] El virus XR4 fue descifrado y denominado por dos científicos alemanes, Wolfgang Holt y Hans Miller, el 29 de enero de 2030. Los primeros casos fueron registrados en la República Democrática del Congo.

[2] Estos organismos fueron disueltos entre 2030 y 2031 por la Administración.

[3] Fila: todos los ciudadanos debían presentarse, a diario, en los Centros de Distribución para sus raciones de alimentos y agua, en distintos horarios, según su edad y número de terminación de identificación personal.

[4] La Línea Maginot (en francés: Ligne Maginot) fue una línea de fortificación y defensa construida por Francia a lo largo de su frontera con Alemania e Italia, después del fin de la Primera Guerra Mundial.

[5] H.A.L.: Centro de cómputos originalmente creado por EE.UU. Su existencia fue oficializada por la Administración en el 2030. Toda comunicación enviada desde cualquier tipo de dispositivo electrónico, desde cualquier lugar del mundo, era registrado, descifrado y aprobado por H.A.L. Su nombre fue tomado de la megacomputadora de la novela de ciencia ficción 2001: A Space Odyssey (2001, Odisea del Espacio), escrita por Arthur C. Clarke en 1968, desarrollada en paralelo a la versión cinematográfica dirigida por Stanley Kubrick, y publicada después del estreno del filme. La historia se basa en varios cuentos de Clarke, principalmente en El Centinela, escrito en 1948.

[6] La denominación e-money ya era utilizada en internet y por distintos organismos a principios del siglo XXI.

[7] La Administración realizaba inspecciones regulares y sorpresivas en casas particulares, para verificar todo aquello que considerara necesario. Las sanciones podían consistir en la pérdida de la vivienda para el dueño original o en la reubicación de los convivientes o en la disminución de raciones, a criterio del inspector.

[8] Brave new world, 1932, Aldous Huxley.

[9] 1984, 1949, George Orwell.

[10] Clockwork Orange, 1962, Anthony Burgess.

[11] 2001: A Space Odyssey, 1968, Arthur C.Clarke.

[12] I, robot, 1950, Isaac Asimov.

[13] Rendez-vous with Rama, 1972, Arthur C. Clarke.  

[14] On the road, 1957, Jack Kerouac. 

[15] Animal farm, 1945, George Orwell.

[16] Farenheit 451, 1953, Ray Bradbury.

[17] Salem’slot, 1975, Stephen King.

[18] Die Verwandlung (título original en alemán) 1915, Franz Kafka.

[19] La información ultraclasificada relacionada con los empleados jerárquicos de la Administración o personas públicas o conflictivas, era archivada en papel, en original, dejando sólo los datos básicos en el sistema.

[20] Soylent Green, título original en inglés, traducido en castellano como Cuando el destino nos alcance. Película estadounidense de 1973, dirigida por Richard Fleischer y protagonizada por Charlton Heston. La película está basada en la novela Makeroom, makeroom! (en castellano: ¡Hagan sitio!, ¡hagan sitio!), escrita por Harry Harrison y publicada en 1966. El filme transcurre en el año 2022 en Nueva York. La compañía Soylent es una empresa que fabrica y provee los alimentos procesados de concentrados vegetales a más de la mitad del mundo. Soylent Green es el nuevo producto alimenticio, basado en plancton. El protagonista se ve involucrado en la investigación del asesinato de uno de los principales accionistas de la compañía, que ha sido encontrado muerto en su departamento. Averigua que era miembro de la mesa directiva de Soylent y que había decidido poner fin a su vida después de descubrir que el mundo estaba siendo envenenado y que Soylent Green era fabricado a partir de humanos. Heston continúa investigando el asesinato porque se necesitaban pruebas de que se fabricaban los alimentos a partir de la misma gente, para exponer el caso ante un tribunal mundial y tratar de frenarlos. El seguimiento del cadáver enfrenta al protagonista con el destino real de los cuerpos humanos, que era el procesamiento para ser parte del preparado alimenticio anunciado como Soylent Green y que la compañía asesinó al accionista por temor a que hablase. El final de la película muestra Heston mal herido y diciéndole a los que intentan ayudarlo, que la terrible realidad escondida es que: «Soylent Green…es gente…».

[21] Precondenados: los traidores eran sometidos a un juicio formal en el que no eran escuchados sino que el proceso versaba sobre la prueba en su contra. Una vez condenados, eran deportados a cárceles de máxima seguridad, en general dentro del continente al cual pertenecían.

[22] Dido: denominación de un dispositivo de dos centímetros cuadrados, en cuyo exterior sólo había un botón de encendido y un lector láser que proyectaba hologramas, tanto de pantalla como de teclado. También operaba por comandos de voz. Su capacidad de almacenamiento podía igualar a la de cien ordenadores individuales, por lo que su uso era restringido y expresamente autorizado por la Administración para determinado rango de empleados.

[23] Superhéroe creado a principios del siglo XXI. Sus historias se publicaban en formato comic y se filmaron seis capítulos para una serie on line. La Administración prohibió y borró todos los registros relacionados con el personaje, pero su existencia se mantuvo gracias al relato oral.

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