La pesadilla del iconoclasta. Dark: los peligros de convocar a los hijos de la noche

Juan Cruz López Rasch

Para el público hispano-parlante no constituye novedad alguna que los títulos de las series y de las películas, en diferentes ocasiones, experimenten un cambio que, en principio, no hace justicia al contenido de la producción audiovisual respectiva. La modificación en la denominación obedece a diferentes motivos, especialmente vinculados a estrategias de mercado, derechos de propiedad intelectual, etcétera. Algo similar ocurre con algunos libros. En 1994, un historiador británico que supo alcanzar cierta resonancia mediática, Eric Hobsbawm, publicó un trabajo cuyo objetivo era realizar un análisis sintético e interpretativo de lo que él mismo denominó, con muy buen tino, como un «corto siglo XX»[1]. Cuando uno revisa los datos editoriales del libro, ese curioso proceder que tenemos los ratones de biblioteca, se encuentra con que el título original de la obra explica buena parte del contenido de la misma: The age of extremes: the short twentieth century, 1914-1991. Hobsbawm postulaba que el siglo pasado había estado caracterizado, entre otras cosas, por los extremos: ideológicos, políticos o económicos. El capitalismo salvaje, el colectivismo forzoso, la aniquilación sistemática en los campos de concentración, la persecución ideológica, la bomba atómica y el neoliberalismo atroz, constituían algunos de los ejemplos más representativos de una era signada por los efectos nocivos de la radicalización.

Se preguntarán ustedes por qué el análisis crítico de una serie de televisión comienza de este modo. Considero, como otros también lo hacen, que la idea de Hobsbawm puede proyectarse y aplicarse a la realidad que vivimos en el tercer milenio. Por otra parte, conjeturo que los «extremos» también se manifiestan en el terreno de la representación artística, particularmente, en el mundo audiovisual. Creo que esto ilustra lo que ocurre con una de las producciones de Netflix más emblemáticas de los últimos años: Dark, una serie de origen alemán[2].

La serie que nos interesa se estrenóen 2017. Su última temporada, la tercera, salió a la luz durante el mes de junio del presente año, engalanada por una campaña publicitaria en la que se apelaba a fechas representativas dentro de la trama. La obra, creada por Baran bo Odar y Jantje Friese, se encuadra dentro del género de la ciencia ficción. Ambientada en una pequeña localidad alemana que cuenta con una planta nuclear, un frondoso bosque y un sistema de cavernas laberíntico, nos encontramos con una historia dramática en la que se entrecruzan los trágicos caminos de diferentes familias.

 Permítanme relatarles cómo se produjo mi acercamiento a la serie. Cuando se estrenó, miré la primera temporada. Me resultó fascinante disfrutar de una trama cargada de simbolismos, referencias mitológicas y psicoanalíticas. Cada episodio daba cuenta de un guion sólido, bien pensado, finamente orquestado, acompañado por un elenco muy bien seleccionado y un trabajo de edición cercano de la perfección. De hecho, la serie me recordaba que buena parte del éxito de una serie, o de una película, depende de la capacidad de sus equipos de trabajo para ordenar y reconfigurar las escenas grabadas en diferentes ocasiones y circunstancias.

Así, Dark expuso desde su primera temporada un mensaje que, para la sorpresa de propios y extraños, atrajo a un público masivo. Se presentó como una suerte de tragedia griega, en el más puro sentido de la palabra. Los personajes, sin importar lo que hicieran, no podían escapar a su destino. Cada intento por torcer el rumbo del pasado, el presente y el futuro, no hacía más que concatenar los hechos tal y como estaban prefijados. La muerte, el dolor y el abandono eran inevitables. La idea original de la primera temporada de Dark rompía con los esquemas, y ponía en evidencia una retorcida y truculenta trama en la cual, más allá de lo que sucediera, la fatalidad estaba a la vuelta de la esquina. Constituía un excelente aporte que trascendía las virtudes eminentemente artísticas de la serie, por cuanto interpelaba los sentimientos de nuestra época, signada por la permanente búsqueda del gozo y del disfrute individual.

Dos años después del estreno de la serie, en 2019, apareció la segunda temporada. Para no perderme ningún detalle, decidí volver a ver la primera parte. Fue grandioso mirar otra vez los primeros diez capítulos, captar los detalles y disfrutar nuevamente cada escena. La temporada dos profundizó y exploró con mayor detenimiento todo el universo construido por los creadores de la serie. Allí se veía con lujo de detalle cómo y por qué cada uno de los personajes tomaba un determinado camino, cuáles eran las implicancias de sus actos, etcétera. No obstante, fue también cuando empezaron a florecer ciertos problemas. El elemento dramático y desgarrador, el tono solemne, que en la primera temporada ambientaba la historia, aquí comenzó a perder sentido y eficacia narrativa.

La propia empresa que produjo y distribuyó la serie, Netflix, recurrió en diferentes ocasiones a una campaña publicitaria en la que presentó a Dark como una versión sombría del clásico de Robert Zemeckis, Back to the future. En la serie de largometrajes protagonizados por Michael Fox podíamos disfrutar de una obra en la que se conjugaba la comedia, el romance y la desfachatez del mundo cotidiano, con los viajes temporales. Dark aparecía como la contracara absoluta de esa saga de películas de culto. Sin embargo, el efecto dramático estaba mejor logrado en Back to the future que en la serie de Netflix. ¿Por qué ocurrió esto? Para responder a esa pregunta podemos traer a colación a un director de cine que hizo de la ambientación gótica una marca característica de su filmografía, Tim Burton. El propio cineasta comentó que muchos consideraron, en su momento, que Batman returns era más luminosa que su predecesora. Otros, por el contrario, aseguraron que la secuela era más oscura que la original[3]. El debate puede zanjarse si pensamos que la oscuridad es indisociable de la luz. En una representación artística, para que algo sea verdaderamente oscuro, debe contraponerse a algo luminoso. De hecho, los tintes coloridos o luminosos de Batman returns no eran más que un recurso artístico para destacar las facetas tenebrosas y perturbadoras de la trama (la decadencia psicológica de Selina Kyle, la bizarra biografía de Oswald Cobblepot, entre otras).

Ese es el problema con Dark. A la serie le falta luz, mucha luz. Es entendible que la paleta de colores, el recurrente uso de la niebla, la lluvia, las caras largas y las muecas de dolor, hayan otorgado sentido e identidad a la primera temporada, pero para la segunda parte de la serie esto ya resultaba exagerado. A los diez capítulos iniciales de tragedia absoluta, permanente e irremediable, se le sumaban ocho más, los cuales, en términos generales, no hacían más que oscurecer una atmósfera de por sí sombría. Todo era tan dramático, tan serio, tan aparentemente profundo. Operaba un supuesto que confundía lo intrascendente con la algarabía. Los guionistas no se permitían una conversación banal, un chiste, un comentario superfluo. La única excepción la podíamos encontrar en algunos breves minutos del capítulo seis de la segunda temporada. Esa solemnidad y esa pesadumbre constante, y no los elementos de ciencia ficción, eran los que le restaban veracidad a la trama. Sinceramente, ¿quién entra en una relojería y se pone a conversar con un científico excéntrico sobre paradojas temporales? El factor dramático permanente y la recurrente oscuridad, pueden funcionar en una película, o en una temporada, pero no en dieciocho capítulos, y mucho menos en veintiséis (número al que llegamos sumando las tres temporadas).

Por otra parte, la historia caía en su propia trampa y se convertía, de algún modo, en innecesaria. La premisa de la predestinación, que resultaba extraordinaria para la temporada inicial, adquiría un carácter reiterativo, valga la redundancia, y se replicaba durante ocho episodios más. No obstante, la historia se disfrutaba. Los guionistas, los directores y los editores eran lo suficientemente hábiles como para mantenernos a la expectativa del relato. Ahora bien, al terminar esta segunda temporada, en su capítulo final, en sus últimos minutos, ocurría algo que condenaba la calidad narrativa de la serie. El dilema irresoluble del eterno retorno intentaba superarse aquí con un recurso que aparecía de manera sorpresiva y forzada, un típico deus ex machina. La tragedia del viaje temporal y sus consecuencias intentaban resolverse con un recorrido interdimensional, si es que la expresión se aplicaba. Los fundamentalistas de la serie objetarán las afirmaciones precedentes, argumentando que lo acontecido en Dark tenía validez no sólo en el conjunto de la trama, sino incluso en el campo de la física teórica. Sí, querido lector, sí querida lectora, existen militantes radicalizados que profesan la fe hacia un producto televisivo. No les otorgue entidad y continúe con la lectura de este artículo, le prometo que falta poco para terminar.

La necesidad del negocio empresarial de producir y distribuir una tercera temporada se justificaba a sí misma con la simbología filosófica y religiosa que ostentaba Dark (la triqueta, el pasado, el presente y el futuro, etcétera). Así es que, en el mes de junio, se estrenaba la última parte de la serie, la cual, más allá de alguna justificación narrativa, resultaba innecesaria. Aquí repetí el proceso que había realizado el año pasado. Miré, por tercera oportunidad, la temporada uno, por segunda vez, me detuve en la temporada dos, y luego hice lo propio con la tres. La experiencia de contemplar toda la serie, de comienzo a fin, reforzaba mi parecer: una primera temporada brillante, seguida por una segunda temporada que, pese a todo lo comentado, era disfrutable, o por lo menos lo era hasta el último capítulo de esa parte de la serie. La última temporada de Dark, por su parte, profundizaba en la premisa presentada con anterioridad: a los viajes temporales, ahora se le sumaban los interdimensionales. Las idas y venidas entre universos y tiempos distintos hacían confusa una trama que, sin el trabajo de edición, era bastante sencilla. Nótese el declive que padecía la obra. Una de las principales virtudes de Dark, la edición, se transformaba ahora en una de las variables que más la perjudicaban.

En esta tercera temporada, la oscuridad, de la que hacía gala el propio título de la producción de Netflix, se transformaba para el espectador en una nueva normalidad que no arrojaba novedad. Tal vez los realizadores conceptualizaban el infierno como una perpetuación del dolor, la imposibilidad de escapar al repetitivo devenir. ¿Quién sabe? De todos modos, el dilema de la predestinación resultaba cada vez más perjudicial para una trama que, durante capítulos enteros, parecía naufragar. Más allá de conocer detalles puntuales del pasado, o el futuro, de cada uno de los personajes, no nos encontrábamos con grandes sorpresas, como sí ocurría, especialmente, en la temporada uno. El final de la serie, la resolución, apelaba de nuevo a un recurso narrativo que, para alguien que miró la serie en diferentes ocasiones, no tenía sentido, razón de ser o justificación dentro de los propios términos de la obra, aunque podrá objetarse que existían mínimos indicios en los episodios precedentes, incluso una digresión de la física teórica que lo explicaba. Nuevamente, el deus ex machina. La divinidad bajaba en una grúa, como lo hacía cuando las tragedias eran representadas en el teatro de Dionisio. No debería sorprendernos, si recordamos que Dark recupera muchos elementos de la tragedia griega.

 A lo largo de esta columna mi objetivo ha sido demostrar los peligros de caer en el extremismo. Traer a colación a los dioses de la muerte y de la discordia, acompañados por las personificaciones del destino, parece muy atractivo, pero tenerlos todos juntos en una mesa puede ocasionar problemas. Igualmente, no quiero transformarme en un militante radicalizado, ni en un hater de la serie, ni en un acrítico miembro del fandom.

Vayamos por parte. ¿Dark es una buena serie? No, no sólo es buena, es muy buena. Si hacemos un promedio y consideramos que: la primera temporada es excelente; la segunda, más allá de sus altibajos, es muy buena; y, la tercera oscila entre lo regular y lo olvidable, entonces el resultado es bastante positivo. Incurriré aquí en un vicio profesional, producto de más de diez años de docencia, permitiéndome calcular que, del uno al diez, la serie podría tener una calificación general de ocho puntos.

¿Constituye Dark la mejor serie de la historia? No, desde ningún punto de vista; pero si hiciéramos un ranking con las mejores quince series, Dark probablemente ocuparía un buen lugar.

¿Vale la pena ver Dark? Claro que sí. La serie no sólo nos permite disfrutar de una historia de ciencia ficción con tintes dramáticos, sino también acercarnos a la producción audiovisual europea en general y, en particular, a la alemana. Concluyo entonces alentando, a quienes no lo hayan hecho, a ver la serie. Interpelo a los que sí lo hicieron para que no caigan en el extremismo ni en el absurdo; después de todo, nada es tan grave ni tan solemne como parece.


[1] Me refiero al libro titulado Historia del siglo XX, cuya traducción realizada por la editorial Crítica salió a la luz durante el año 1995. La obra funcionaba, además, como una especie de autobiografía. Por momentos, el autor recuperaba momentos de su vida para dar cuenta del contexto general en el que se desarrollaban cada uno de los grandes procesos a los cuales hacía referencia.

[2] Quiero dejar sentado que en el presente escrito se hace alusión, de forma más o menos directa, a diferentes momentos de la serie, pero no se revelan importantes detalles de la misma.

[3] Podemos encontrar estas declaraciones en uno de los capítulos que componen la serie documental producida por la cadena estadounidense TNT, titulado The directors.

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