Desde una perspectiva diferente. Ser miope es una forma impresionista de vivir

Irlanda Estefanía Rodríguez Cortéz

A mis trece años descubrí que soy miope, y claro, para aquel entonces ¡yo no sabía qué era eso! Dentro de mí, lo único de lo que tenía gran certeza era de que cada vez era más difícil y más molesto vivir así. Ir caminando, que alguiente salude y entrar en pánico porque no alcanzas a diferenciar el rostro de la persona. Y ya sea ignorar a la persona y pretender que no la viste o fingir que sabes a quién estás saludando son unas de mis tácticas cuando no tengo los lentes de contacto puestos. ¡Ah! y esa es otra cosa; mi papá, siempre tan superficial, a mis trece años decidió comprarme lentes de contacto y no de armazón. En aquel momento lo maldije, pero hoy día, lo aprecio bastante. Al final es cosa de acostumbrarse, ¿verdad? Como en todo. ¿Por qué, entonces, quiero hablar sobre el impresionismo y empiezo platicándote sobre el defecto en mis ojos? He aquí la razón: un buen día me di cuenta que ser miope es vivir dentro de un cuadro de Claude Monet o de Renoir.

A mis diecinueve años tuve la increíble oportunidad de viajar a París y a varias ciudades de Europa durante un mes y medio. Conocí bastante pero aparte de todo, descubrí que el arte me apasiona mucho más de lo que yo creía. Desde muy chica sabía que escribir, redactar y leer eran puentes a mundos diferentes, una manera de desarrollar habilidades e imaginación. A pesar de eso, la literatura era todo lo que lograba captar mi atención y lo que yo solía conocer. Más alla de eso, todo lo que creía saber sobre el arte, eran datos vagos; no sabía que existían diferentes tipos y evidentemente, nunca me consideré una persona amante del arte en su totalidad. No fue sino hasta el 2019, en mi viaje a Europa que visité muchísimos museos y vi tantas piezas de arte, desde esculturas, fotos, dibujos, pinturas, grafitis, hasta edificios, personas, culturas e infinidad de cosas que llenaron mi alma de emociones que no había sentido jamás. No obstante, lo que más destacó para mí, de entre todo esto fue la pintura. Ver las obras de grandes y reconocidos pintores -y otros no tan reconocidos, pero igual admirables- me entusiasmó tanto que volví a México llena de postales que decidí pegar en una pared de mi habitación que queda justo junto a una ventana; de esa manera sería como despertar en un museo con la luz entrando y mis postales ahí, observándome.

Fue tanto el gusto, que quise saber más acerca de las obras, de los movimientos artísticos, de los grandes pintores y del arte en general.  Al inicio, me sentí frustrada por no entender mucho y querer saber más, sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que, más allá del significado de una pieza de arte (sea cual sea), lo más importante es, al menos para mí, sentir que dicha pieza te transmite y te hace sentir o hasta reflexionar sobre algo. Quizá al inicio a muchos les parezca algo banal y lo único que vean es lo que está plasmado ahí, donde lo están viendo, sin embargo, lo bonito del arte es que todo va mucho más allá de la obra; siempre hay sentimientos, historias y un contexto detrás, y lo más increíble es que, incluso si lo desconoces, la idea de poder interpretarlo a tu manera es algo que ninguna otra cosa puede concederte. Yo no terminé por comprenderlo hasta que escuché la palabra «impresionismo» y le puse más atención. «Impresión», pensé. Noté que muchas de las pinturas que más captaban mi atención, eran, en efecto, del movimiento impresionista. Opté por ponerle un poco más de atención a dichas obras y me dije que quizá todo aquello no trataba de ser perfecto, como las obras de Jacques-Louis David, en donde todo se ve tan real, sino de dar una impresión. Me gustó más la idea que no todo tiene que ser como lo vemos, y eso me hizo también comprender un poco más la parte de la que todos hablan cuando dicen que el arte se debe de sentir y no solo entender; al menos eso me decían a mí. Inicialmente, sentí un alivio: «no todo es perfecto, no todo tiene porqué serlo». Yo sentía que para ser una artista debía de seguir ciertas reglas, debía de ser de cierta forma, y yo era consciente de que yo no era así. Tenía la sensación de que tal vez no estaba hecha para el arte. Pero, ¿adivina qué? En el arte podemos ser tan libres como en la vida.

Al ver las obras del reconocido pintor, Claude Monet, en mi intento por «entender» el arte, caí en cuenta de que quizá no todo se trataba de entender, porque al ver un cuadro de Monet inmediatamente todo cobra sentido y sientes ese «algo» sin necesidad de buscarlo. Aunque sea solo una composición de luces, colores y formas, es eso lo que lo hace único: no hace falta demasiado para encontrar belleza en algo y darle un significado. Considero que es una forma más completa de interpretar. Yo veo sus obras y me atrapan porque no hay mucho que decir, el cuadro habla por sí solo y conecta también con lo que yo misma siento que él quería transmitir cuando lo pintó, y a pesar de ello, sigue siendo hermoso y único. Entonces, ¿por qué hablo de todo esto? Toda esta reflexión viene de un suceso reciente en el que mi último par de lentes de contacto se rompió y, por causas personales, tuve que esperar casi una semana para poder comprarme unos nuevos. Parece poco, pero a mí me pareció interminable. Me parecía lejano el día en que compraría mis nuevos lentes. Ya estaba tan acostumbrada a usarlos que el día en que no tuve para usar, fue totalmente nuevo para mí volver a pasar por esas dificultades que la miopía trae a la vida. ¡Para mí era el fin del mundo ir por la vida sin poder ver nada! Así que, durante mi larga espera podrás imaginarte que me encontraba quejándome de tener que usar mi horrible y único armazón, de lo feo que era tener que vivir viendo de esa manera y depender así de mis lentes. «¡Deja de quejarte!», me dije, «hay peores cosas que estamos viviendo todos ahora».

Fue así que encontré cierto consuelo un día cuando vi una de mis postales de Monet pegada a la pared y me dije, «bueno, Irlanda, esto es como el arte, ¿sabes? Mira tu mundo y mira Amapolas, es básicamente lo mismo, ¿lo ves?». Me causó gracia, pero terminó siendo mi alivio.

Finalmente, quiero concluir con un mensaje para mis amigos miopes y amantes del arte: el arte es para todos y no hay que ser perfectos (o, en su defecto, ver perfecto) para poder apreciar la belleza de la vida. Ser miope es, efectivamente, una forma impresionista de ver la vida; ¡no es que veamos mal, es que vemos diferente!

Comentarios

  1. Muy bonita experiencia el tiempo y las sensaciones que captaste de ese viaje, compartirlas es darle un regalo de vida a todo el que lea tu historia. Espero mucha gente se motive à tratar de apreciar el arte de cualquier perspectiva y eso valdría la pena tu forma tan bonita de escribir.

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