Mesa y silla en el momento creador

Elio Mireles Córdova

Me interrogo acerca de la antigüedad de esta mesa, la que sostiene esta computadora; la que soporta mis roces, el tecleo que hago. Esta mesa, que resiste el peso de los libros apilados y el de algunas libretas que guardan anotaciones de toda índole. Hay diversos objetos, unas monedas y un portalápiz. Debajo hay papales que se encuentran en carpetas apiladas y algunos cofres que solo contienen otras cosas. Esta mesa, la que ha sido sostén y resistencia. Esta mesa, la que ha sido compañera en lentas noches, la que en días asoleados como este ha estado incondicionalmente. Su condición es ser mesa y su accidente es estar conmigo.

En una esquina me encuentro. No es para mí un rincón de la casa, sino el rincón del mundo. O más precisamente, el rincón de mi mundo. Aquí me encuentro, sentado en una silla que también compite en antigüedad. Esta silla, la que sostiene mi cuerpo y no se opone, no se queja, no se quita. La silla que posibilita un punto fijo y la mesa que da un centro de apoyo son la totalidad de mi mundo. ¡Dame una mesa y una silla y moveré el mundo! 

Y aquí estoy; aquí y ahora. Y esta mesa y esta silla son tan participe de lo que escribo. O de lo que trato escribir. A propósito, la escritura no es el total del pensamiento; es imposible escribir todo aquello que se piensa. La escritura solo es una porción de algo inconmensurable, aquello que no podemos precisar y que tan solo intentamos plasmar con ciertas palabras que al final suenan, pero que nunca, nunca, son la expresión del momento o del aquí y ahora. Si la escritura no tiene presencia, tampoco tiene vigencia. Quiero decir, no se queda incrustada en un tiempo; al contrario, recorre el tiempo sin precisión y sin guía. Escribir es un intento para descubrir lo que esconden los tiempos.

Presiento que la mesa y la silla se sonrojan. La mesa es un territorio ocupado, poblado por libros que provienen de diversos tiempos. Aquí está El Momo de Leon Battista Alberti, lo acompaña un libro de Baudrillard, y Civilización y barbarie de Domingo Faustino Sarmiento, se suman Juan de la Cabada, Nietzsche, Ramón Xirau, entre otros. Este territorio no tiene fronteras y, pese a estar sobrepoblado, no excluye. La mesa tácitamente se vuelve el sostén de un conocimiento; no es una mera cosa vulgarmente útil, al contrario, es copartícipe de este proceso al que llamamos aprender.  

Y lo mismo la silla. ¿Qué sería de quien escribe esto si no contara con una? Pienso ahora en las sillas que alguna vez acompañaron a grandes mentes, por ejemplo, la silla que estuvo con Einstein o Curie. En las sillas que alguna vez estuvieron Kant o Beauvoir. No las conocemos, pero son tan importantes como ellos mismos. Esas que fueron testigos de descubrimientos e ideas ¿nos revelarían?

Y no es que estas, la mesa y la silla, cuenten con poderes sobrehumanos. No, son tan terrenales como todos nosotros. Tienen un ciclo y también se van agotando. Son reales y paradójicas. Yo podría dudar de la existencia de estas, pero estas no podrían dudar de mi existencia. Yo las observo y siento, pero me niego —recalco: me niego— que sean solo representaciones mentales o simplemente ideas. Esta mesa y esta silla existen aquí; son, y no están en otra parte. Están aquí.

Elio Mireles Córdova (Ciudad del Carmen, Campeche) es estudiante de Comunicación y Gestión Cultural en la Universidad Autónoma del Carmen; también, estudiante de Filosofía en la Universidad Autónoma de Zacatecas, modalidad a distancia.

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