Literatura y política: relaciones propuestas por Luis García Montero

Andrés Guzmán Díaz

Introducción

En este texto se analizó un fragmento del libro Las palabras rotas escrito por el autor español Luis García Montero en 2019, a saber, el concerniente al apartado de lectura. Para dicho análisis, se partió de la pregunta eje: ¿cómo se relacionan los actos de contar y escuchar historias (literatura), según el autor, con la política?

Como contexto de este ejercicio, se presentó someramente la biografía del autor y su pertenencia a la literatura de la experiencia, en oposición a la generación de los novísimos. Posteriormente, se presentó el análisis en cuestión, utilizando citas textuales y ejemplos pertinentes de la historia política. Es importante mencionar que no se utilizó una metodología de análisis de textos narrativos, puesto que dicho fragmento no corresponde a dicho género, ya que carece de: (1) acciones sucesivas; (2) introducción, nudo y desenlace; (3) personajes; etcétera. El texto de García Montero pertenece más bien al género ensayístico, pues busca soportes y ejemplos para su argumento principal, a saber: «el deseo de contar historias es un acto de rebeldía contra la muerte y el olvido».

Se concluyó que la literatura y la política se relacionan, según García Montero, en tres ejes principales: (1) ambas catalogan al mundo y, por tanto, son cruciales para entender y explicar las realidades; (2) ambas establecen relaciones de poder por medio de narrativas; y, (3) ambas utilizan discursos cuyos significados se complementan y se significan solo con el interlocutor.

Análisis

Nacido en Granada el 4 de diciembre de 1958, Luis García Montero ha dedicado su vida a la literatura y filología. Reconocido por obras como El jardín extranjero, Y ahora ya eres dueño del Puente de Brooklyn, Habitaciones separadas, La intimidad de la serpiente y Las palabras rotas, califica su propio trabajo literario como literatura de la experiencia.

En su obra Las palabras rotas se puede percibir la relación con la literatura de la experiencia, pues, con una narración en primera persona se racionaliza el sentido de las palabras que fueron tan utilizadas que han perdido su valor. Así, con un tono de conversación con el lector y un lenguaje simple, propone ideas —sus ideas— acerca de palabras como verdad, identidad, tiempo…Ofrece sus reflexiones éticas y literarias de manera autobiográfica mientras, en paralelo, cuenta hechos históricos, hace referencias a la literatura, describe el paisaje… Dirigiéndose a todo lector mediante referencias de temas cotidianos —diferente a los novísimos—, García Montero invita a reflexionar no solo en el uso de esas palabras, sino también en los temas que estas encadenan; todo sin descuidar la estética literaria.

En el apartado que García Montero dedica a la palabra lectura, el autor va más allá y toma otras como palabra, discurso, política, poder…que, si bien no utiliza todas, sí hace referencias a ellas. El lector percibe así el valor de la literatura —contar/escuchar historias— en la política. Por ello el análisis que se hace en el presente texto partió de la pregunta: ¿cómo se relacionan los actos de contar y escuchar historias (literatura), según el autor, con la política?

Para García Montero, la literatura es un acto político. La política, al igual que la literatura, posee una historia mediante la cual los humanos explicamos nuestra realidad y catalogamos el mundo. De ahí que el autor español mencione que el relato es «una forma determinada de ordenar el mundo, la identidad de los seres humanos, su condición, sus ilusiones» (2019). Así, los pueblos del globo pueden entender su mundo a través de la historia política; esto es, las civilizaciones han entendido que ciertos sistemas políticos son funcionales o no por medio de las jerarquías y las relaciones de poder experimentadas o registradas (en relatos contados/escuchados/escritos). De esta forma, García Montero afirma que «debajo de cada ser humano […] puede reconocerse un caballero […], un monarca asesino», etc. (2019), puesto que los humanos estamos acostumbrados a buscar historias pasadas. De nuevo, aquellas comunidades que no experimentaron, por ejemplo, las guerras mundiales pueden en efecto vivirlas mediante la historia política que son los relatos.

Además, García Montero explica que, en la literatura, una vez que se conoce por «dentro» a los personajes, se es capaz de discernir «lo viejo del todo» y «lo nuevo del todo», de diferenciar «entre los buenos y los malos» (2019). En ese sentido, la historia política y aquellos que detentan el poder han podido clasificar la realidad del mundo, sistemas políticos vencidos o vanguardistas —discernir «lo viejo del todo» y «lo nuevo del todo»—, Estados «buenos» y Estados «malos», etc. Por ejemplo, no pocos países hegemónicos se han creído con el derecho legítimo de subordinar a otros, ya mediante esclavitud, colonización —recuérdese la relación de la mayoría de Estados europeos con las civilizaciones africanas y americanas—, ya mediante amenazas de corte económico —recuérdese la presión político-económica de Estados Unidos de América, Rusia y China respecto de otros países—.

Si la literatura es un acto político, entonces el autor se manifiesta como uno de los detentadores del poder. Aquella persona que escribe o cuenta historias tiene poder sobre el que las lee o escucha. De tal suerte, Sherezade por ejemplo tiene el poder de retrasar su ejecución al continuar contando historias al Rey Sharaiar. De la misma manera, García Montero argumenta que «el deseo de contar historias es un acto de rebeldía contra la muerte y el olvido» (2019), de ahí que producir narrativas sea una herramienta mediante la cual diversos grupos minoritarios —grupos étnicos, raciales o comunidades, marginados o segregados, por ejemplo— a través de la historia han buscado luchar contra el olvido, esto es, luchar contra la muerte.

Aquellos que poseen el poder subordinan a quienes no lo tienen. Sus despliegues de subordinación pueden ser tan sutiles como un mensaje publicitario que promueve consumos o comportamientos particulares, pero pueden llegar al colmo con la aplicación de lo que Mbembe (2011) llama necropolítica: un estado en el cual el Gobierno y otros grupos hegemónicos deciden quién merece vivir y quién merece morir y, por tanto, debe morir. En el momento que se cuestiona el status quo y es consciente de la muerte, tanto simbólica (olvido) como real (fallecimiento), se vuelve humano (Rivera Garza, 2013). En palabras de García Montero: «La conciencia de la muerte nos hace humanos porque supone la verdadera pregunta sobre el sentido de nuestra vida» (2019).

La política y la literatura tienen la capacidad de ordenar el mundo. Menciona el escritor que los relatos de Sherezade, por ejemplo, «son una forma de poder» y que estos «ordenan el mundo» (García Montero, 2019). El relato contado/escuchado se erige como una entidad autónoma «capaz de cometer acciones cruentas» o «de comportarse de forma generosa» (García Montero, 2019) de la misma manera que un Estado es capaz de ser absoluto, dictador y opresor, por un lado, o beneficioso, dadivoso y generoso por otro.

Si el relato a través del libro o del discurso político puede ordenar el mundo, este solo adquiere un sentido completo cuando el interlocutor lo lee/escucha, «porque el relato es asunto de dos, una convivencia» (García Montero, 2019). García Montero admite, a lo largo del fragmento analizado, todo el potencial de la literatura como acto político, pero también declara que dicho acto debe ser «hospitalario», como «el libro que nos recibe ordenado para hablarnos de nuestra vida» (2019). En ese sentido, las políticas deben buscar ser democráticas, dirigirse al interlocutor para que tengan sentido; la política no debe solo dar sino también recibir (diálogo): «recibir palabra a palabra la huella de los otros, las historias [políticas] y las intimidades contadas por la gente [pueblo] que un día se rebelaron contra la desaparición [el olvido que es muerte]» (García Montero, 2019).

Así como los finales de los relatos son «los que ordenan la escritura, los detalles y las curvas de una historia narrada» (García Montero, 2019), son las aplicaciones o los resultados de las políticas al servicio del pueblo los que en última instancia ordenan el sistema político. En este diálogo, la política y el pueblo se definen a sí mismos y ninguno de ellos tiene sentido pleno sin el otro, de la misma manera que las personas que cuentan y escuchan los relatos se definen a sí mismas. Así pues, García Montero concluye: «En el viento de las palabras y la literatura rema un antiguo deseo de entenderse» (2019), esto es, que el pueblo y la política dialoguen, se ordenen y se entiendan.

Conclusión

A través del fragmento del autor español Luis García Montero, sobre lectura, uno puede comprender que la literatura es un acto político. Debido a que el autor se identifica dentro de la literatura de la experiencia, él se reconoce como un escritor con contexto y responsabilidad política, en oposición a un autor novísimo, quien no se preocuparía por la política ni por el diálogo con el lector.

Como respuesta a la pregunta planteada al inicio, se responde que la literatura y la política se relacionan, según García Montero, en tres ejes principales, a saber: (1) la literatura y la política catalogan al mundo y, por tanto, son cruciales para entender y explicar las realidades vividas (pasado) y por vivir (futuro); (2) ambas establecen relaciones de poder (quien cuenta y quien escucha) a través de narrativas, mediante las cuales ordenan al mundo; y, (3) tanto la literatura como la política utilizan discursos cuyos significados se complementan y se significan solo con el interlocutor, es decir, el pueblo.

Referencias

García Montero, Luis (2019). Las palabras rotas. Barcelona: Alfaguara.

Mbembe, Achille (2011). Necropolítica, seguido de Sobre gobierno privado indirecto. Madrid: Melusina. Recuperado el 17 de mayo de 2020 de https://aphuuruguay.files.wordpress.com/2014/08/achille-mbembe-necropolc3adtica-seguido-de-sobre-el-gobierno-privado-indirecto.pdf.

Rivera Garza, Cristina (2013). Los muertos indóciles: necroescrituras y desapropiación. México: Tusquets.

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