Vagando por las calles. Las grandes cadenas contra los puestos ambulantes de comida

Maleni Cervantes

El otro viernes recorrí las calles del centro de Guadalajara en busca de algo para comer. Fue ese mismo día en el que, mirando de una acera a otra, me di cuenta de cómo en un lado encontraba esas grandes cadenas de comida rápida; y en una esquina o a la mitad de la banqueta podía cruzarme con distintos puestos ambulantes al estilo de esos que vemos en los tianguis. Razón por la cual pensé que lo más mexicano, entre un negocio y otro, era el chile que todos llevan dentro. Nótese que por esta ocasión no hablo del picor del típico albur, sino del proveniente de las plantas del género capsicum que se saborea en tacos, pozole, salsas botaneras, dulces, elotes preparados, mole, carnita asada, tamales de doña Lupe, complementos de comida rápida e incluso para acompañar bebidas dionisiacas como micheladas, mezcal, tequila, casi todo lo consumido por los mexicanos.

Sin embargo, si comparo un comercio con otro, compruebo la existencia de una diversificación de sabores y una globalización de la comida. Mientras en las cadenas de comida rápida se tiene un alimento establecido, ya globalizado, en los tianguis observo una variedad de comida que conforma la cultura gastronómica que va desde los productos conservados en vinagre (chiles, zanahorias, nopales, etc.) hasta los insectos dorados, diferentes tipos de mole, pozole blanco y de camarón, tamales verdes y de rajas, sopes, tortas ahogadas, gorditas dulces y de guisos, menudo, enchiladas, quesadillas con y sin queso…

Es decir, alimentos con una historia por lo regular vinculada con las culturas indígenas. Además, ofrecen una explosión de sabores en los paladares a un precio accesible para todos.

Pero volveré un poco a lo sucedido con las grandes cadenas y para ello veré primero una situación de globalización. Al hacer las compras hay una serie de productos empaquetados con características similares: salsas, condimentos, arroz, frijoles o productos para cocinar en microondas, listos para ser consumidos. Estos alimentos son los mismos por aquí y por allá, a esto se le llamaría «globalización de alimentos». Por ejemplo, si voy a Guatemala, o a cualquier otro lugar, quizá lo único que ha de cambiar en mi sopa instantánea es el nombre de la marca y la presentación, pero nada más allá de eso.

Analizamos una situación parecida con las cadenas de restaurantes de comida rápida. En cualquier lugar ponen al alcance de las manos una variedad de lo mismo: pizzas, hamburguesas, pollo frito, papas y hot-dogs. Alimentos, que dependiendo del ingreso económico que cada quien posee, son aquellos por adquirirse, porque no es lo mismo llegar a un puesto ambulante por una promoción de tres hot-dogs por diez pesos, a ir a una de las cadenas y, por uno, pagar entre treinta y cincuenta.

Aquí se aprecia por qué según donde como, me dirán quién soy. Más si tengo en cuenta que vivo en una ciudad donde para ir de un lugar a otro me traslado por una o dos horas con un presupuesto de salario mínimo; concluiré que soy una persona sin tiempo para preparar sus alimentos y con la necesidad de comprar comida en la calle con una cantidad de dinero que es determinada por la clase social con la que fui bautizada.

Otro caso con el cual se puede clasificar a las personas dentro de una clase social en específico es el de las famosas tortas chilangas, ¡sí!, esas rellenas de tamal o algo más. Si me meto en las redes sociales, o a un buscador común, me toparé con una cantidad de memes que abordan este alimento y le quitan su valor, lo mismo con otros platillos que puedo comprar en los tianguis y mercados. Aquí no me centro en el valor nutricional, sino en la accesibilidad: una sola torta cuesta mucho menos en comparación con una ensalada, sin mencionar que «llena más». Entonces, ¿acaso no se trata de una cuestión económica y de clases?, ¿por qué no simplemente olvidarnos de esos tabúes en los que una comida es mejor a otra?, ¿por qué no dejar de clasificarnos por comer en determinado lugar?

Para finalizar, me atrevo a repetir: la semejanza entre la comida de las grandes cadenas y la de los mercados o puestos ambulantes es el chile, porque sin importar fines, costos y sabores propios de cada tipo de cocina, en ambas gastronomías se puede ordenar el picoso pimiento en diferentes versiones y tipos, sin olvidar que al nombrarlo utilizo una palabra náhuatl que está aquí para representarme como mexicano.

Sin más por el momento, les hago la más atenta invitación a comer chile y sentarse a deleitar todo lo que nos ofrece.

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