Fenómenos virtuales. La guerra en Twitter entre generaciones

Marisol Contreras

¿No sienten que Twitter se trata cada vez menos de intercambiar puntos de vista y más de emprender una cruzada contra quienes piensan distinto?

Pablo Rendón, Twitter, 5 de agosto de 2020

La red social que más se presta para el debate, sin duda, es Twitter: plataforma que nos permite expresarnos de manera breve sobre lo que ocurre a nuestro alrededor y más allá del horizonte que alcanzan a cubrir nuestros ojos. Se ha convertido en una costumbre propia de los usuarios de Twitter el ser opinólogos profesionales y de tiempo completo, entre otras cosas porque la información más relevante sobre los temas del momento, están siempre en la columna derecha de nuestra pantalla.

En los últimos meses, una de las polémicas que más ha encendido los ánimos en dicha red social ha sido la guerra entre generaciones, en la cual se han enfrentado millenials contra boomers, principalmente por no compartir opiniones en distintos temas. «Que empiece la guerra contra la generación de cristal» (@TeAmoTioRober, 24 de julio de 2020) han opinado los que llevan ventaja en edad que, según ellos, se enfrentan a una generación a la que le pueden ganar porque tienen la ventaja de «libros, experiencias, autocrítica y carácter». Esto, mientras los millenias se defienden al grito de «la generación de concreto, sin miedo a nada más que al cambio».

Como opinóloga profesional de twitterland, pienso que esta guerra entre generaciones no es más que la falta de una conducta prosocial. Nos sentimos individuos independientes dentro de las redes sociales (y fuera también, cabe decirlo), pero lo cierto es que nos movemos entre tribus digitales que comparten nuestros puntos de vista, sistemas de creencias y gustos generales. La guerra entre generaciones es una metáfora empleada para emitir opiniones en contra de los que no comparten su manera de ver lo político (lo político como lo público).

La conducta prosocial es la práctica que nos orilla a sentir empatía y compasión, es decir, el reconocimiento de los sentimientos del otro, el ser consciente de su sufrimiento y poner manos a la obra en ayudarlo; un desempeño prosocial adecuado nos ayuda a descubrirnos como individuos y a estar más conscientes de los que nos rodean. Surge la interrogante ¿cómo me doy cuenta de lo que siente el otro a través 250 caracteres?

Existe un largo pero estrecho camino entre tener una idea distinta y así expresarla, a generar un ataque dirigido a un individuo o grupo que no piensa de la misma manera que yo. Las redes sociales se han convertido en el foro perfecto para lanzar ataques a los otros, Debido a que se puede ocultar perfectamente la identidad para buscar la ofensiva sin una consecuencia real y directa (física) de los actos. La guerra entre generaciones consiste en atacar hasta quebrar el ánimo del rival; gana quien posea el título de «la verdad» otorgado por «la mayoría»: el ganador es el que más aplausos recibe en forma de likes.

Lo cierto es que no hay un manual que nos explique cómo comportarnos dentro de las redes sociales; nadie nos dice cómo construir nuestra personalidad digital, cómo dirigirnos a los otros; nadie ha dictado las reglas de convivencia básicas, ni nos han dicho que debemos procurar la conducta prosocial, la empatía.

El problema es que, como perfiles en construcción dentro de las redes sociales, no somos capaces de reconocernos, pues no sobra tiempo para ello. Tenemos que opinar y opinar y opinar para mantenernos vigentes; la vorágine de información nos marea, cada tuit es distinto al anterior, cada tema tiene que ser interpretado y contado, cada opinión puede ser un ataque si se le mira desde el ojo del huracán. Por ello creemos estar en guerra con el otro: al ser distinta su identidad (y también cambiante), nos hace sentir vulnerables, atacados. Olvidamos que detrás de cada perfil hay un individuo de carne y hueso, con una historia que lo ha orillado a tener su propia postura ante la vida, ya sea distinta o similar a la del otro, y que merece un gramo de empatía sólo por existir. 

Todos formamos parte de un campo semiótico al que llamamos realidad, donde es válido y necesario aportar nuestros pensamientos, sentimientos y narraciones. Somos parte de un gran texto: lo que expresamos es lo que somos, al menos dentro de Twitter. No estaría de más entender que, a menor empatía y compasión hacia los demás —y hacia sus opiniones—, menor reconocimiento de uno mismo y de los otros. No estaría de más, tampoco, entender que un individuo que ofende desde el anonimato en una red social, es un individuo incapaz de reconocerse y de darle lugar a su otredad.

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