Horst en Nueva York

Eduardo García-Sánchez

Horst estaba de pie en la acera, con la vista fija en el otro lado, esperando a que el semáforo cambiara y pudiera cruzar. Por la calle no iban demasiados autos, pero no se sentía con el ánimo de sortearlos. Había despertado de buen humor. Era otoño; el clima era fresco y estaba nublado, pero conforme el día avanzaba y se volvía caldeado, su humor se volcó drásticamente. Iba vestido para el frío, —con su gabardina blanca y unos pantalones beige (que había comprado en una tienda nueva cerca del Jardín Público hacía poco)— y de repente era un día de mierda, había salido el sol y el cielo era azul. Todo era humedad y sudor; vapor saliendo de los respiraderos del metro y un olor a drenaje que subía desde la calle.

Nadie sabía que estaba de regreso en la ciudad. A las tres de la madrugada había llegado a la estación Penn, solo, con su maleta de mano de piel y forro de seda que su padre había comprado en Milán. Tras salir de la estación de trenes caminó un par de cuadras hacia los Campos Hudson, no demasiado, a decir verdad. No conocía mucho la zona, y terminó metiéndose en el primer agujero que encontró: un bar de mala muerte donde servían tragos de tres dólares y cerraban al amanecer.

Al bajar del tren había notado que tenía fiebre, los ojos le punzaban y se sentía borracho. En el tugurio al que se había metido —donde no había más que una chica rubia de cabello rizado, bastante delgada, y con aire de prostituta bebiendo café de un vaso de papel, acompañada de chico pelirrojo y enclenque, que no paraba de reírse nervioso— todo era triste y de madera oscura, como en una funeraria, con un piso de tablero de ajedrez que tenía algo de dignidad pasada, y gabinetes de piel verde que comenzaban a resquebrajarse. Todo estaba teñido de rojo por las luces de neón de dos barras luminiscentes que colgaban del techo. Horst pidió una cerveza y dejó su maleta junto a él. El camarero, un hombre gordo, de barba y rapado, tenía la pinta de no haberse bañado en más de una semana, y apestaba al acercarse a la mesa.

—¿Puedo dejar esto aquí? —susurró Horst, señalando su maleta luego de darle un sorbo a la espuma. La rubia y el pelirrojo voltearon a ver qué sucedía, lo que le dio desconfianza.

—Ajá —respondió el camarero, apenas mirándolo.

Estuvo a punto de ponerse de pie, pero las miradas que le llegaban desde la otra mesa no le gustaban. Se vio envuelto en una situación incómoda, no le quitaban los ojos de encima, así que él decidió tomar sus cosas y meterse al baño.

El piso blanco y negro seguía extendiéndose en el baño, Horst vio las vetas del mármol y se lamentó que tuviera que terminar así, lleno de meados y vómito de los que habían entrado a ver el partido de la noche anterior.

Después de orinar, y con la maleta, le entró algo de tentación. Quería hacerse un par de líneas. Se miró al espejo antes de encerrarse en el cubículo. Carajo, vaya que lucía jodido. Tenía un brote de acné justo al lado de la nariz, y unas ojeras púrpuras que se extendían debajo de sus ojos negros, estaba pálido como un fantasma. El pelo oscuro le caía sobre la cara y estaba sudoroso, pero a la vez temblando por el frío que sentía. Se metió al cubículo y pasó el cerrojo. Todo estaba hecho un asco, la madera de la casilla estaba rayada y llena de números de teléfono, pintas de pitos, cráneos y relámpagos. «Mamadas gratis, llámame 0155…», ¿eso era un ocho o un seis mal hecho?, mierda, ni siquiera valía la pena detenerse en ello. Como el buen niño cristiano que era, cargaba su cepillo de dientes, una camisa, calzoncillos limpios y un libro estúpido que le había regalado su madre cuando era niño, antes de abandonarlos a él y a su padre por casarse con un nazi de mierda. Mil obras de arte imprescindibles. Era un libro pesado, casi tres kilos, pero no encontraba la manera de desprenderse de él. También llevaba diez mil dólares en efectivo, amarrados con una liga, y mal habidos. En una bolsa del tamaño de un sobre de té —metido entre la camisa y los calzones— estaba lo que buscaba. Revisó que el tanque del depósito del inodoro no estuviera lleno de orina o algo así, y vació un poco del contenido de la bolsa. De su billetera sacó la credencial de la facultad —que no le había servido de nada— y comenzó a cortar la cocaína. Le habían salido más de dos rayas, pero no importaba. Enrolló un billete y se acercó: todo iba directo a la nariz y ¡pum!, como nuevo, sin gripa, fiebre, resaca, tristeza ni desesperación. Todo se terminaba con esas líneas, y sentado en el asiento de plástico oscuro del escusado.

Decidió hacerse otro par, ¿por qué no? El efecto de la heroína que se había inyectado en el estacionamiento de la estación South de vuelta en Boston, con Leicester, había comenzado a terminarse. Después de pasar la nariz por el tanque y con su índice llevarse el resto a las encías empezó a sentirse desorientado, un poco perdido y con sueño. Eso siempre le pasaba con la cocaína de Leicester, estaba seguro de que le metía más mierda, pero no estaba seguro de qué. ¿De dónde la sacaba ese vago andrajoso, que conocía desde que iban juntos a la primaria?

Subió la maleta al tanque y recargó ahí sus brazos para hacerse un ovillo. ¿Para qué carajo había regresado a Nueva York? Nadie lo quería, eso estaba claro, estaba deshecho y era un caso perdido, un hijo fracasado, un pródigo que valía más muerto, como se lo recordaba siempre su padre. Si se presentaba en casa de éste —al otro lado del parque, en la Sesenta, entre Madison y la Quinta Avenida—, Sara, la sirvienta, ni siquiera le abriría la puerta. Cómo odiaba esa casa. El único buen recuerdo que tenía era el de su madre, quien solía llevarlo a ver la estatua de Balto. Justo cuando salía del colegio: cruzaban el parque tomados de la mano, Horst con su bufanda de lana y con sus botas, saltando entre los charcos y las hojas anaranjadas que se habían pegado al suelo. «¿Por qué siempre recuerdo esta mierda cuando estoy drogado?», pensaba Horst amargamente, cayendo del estado de euforia que le provocaba la cocaína, y sumiéndose en un bajón repentino. Si había regresado no era por su madre, ni por su padre, ni por nadie más que Emma. Era la niña de diecisiete años de la que Horst se había enamorado, y respecto a la cual no podía hacer nada. Había intentado sacársela de la cabeza, dejando de escribirle y metiéndose con otras chicas en la universidad, pero no lo conseguía. Sabía que estaba mal, claro que estaba mal. Sólo era una niña. Pero todo era culpa de ella. De eso estaba seguro Horst. «¿Qué haces aquí?», le preguntó ella, con voz dulce mientras él miraba una pintura de Jean Jullien en el Museo de Arte Moderno, un domingo a principios de mayo del año anterior. «No te ves como alguien a quien le guste el arte moderno», le dijo, acercándose a él. En defensa de nuestro héroe, ella no lucía como una niña, se veía al menos de veinte años, aunque era pequeña de estatura, delgada también, con un vestido floreado que le llegaba a las rodillas y el cabello corto para una chica, largo para un chico, castaño rojizo y peinado detrás de las orejas. Para colmo él usaba traje, el traje índigo que su padre le había mandado hacer, junto con una camisa celeste y una corbata de rayas verdes y azules. Iba de la graduación de Leicester, que había tardado cinco años en acabar la preparatoria, e iba a irse con Horst a la Universidad de Boston en el otoño. «No me gusta, en realidad», dijo Horst, algo nervioso, «estoy matando tiempo, mi padre trabaja cerca, iba a encontrarme con él para almorzar». «¡Qué mal! Justo iba a invitarte yo a almorzar», le dijo ella, acercándose a él. Horst se rio y miró hacia el frente (sobre todo por nervios; estaba acostumbrado a que lo despreciaran las chicas de las que se enamoraba, cosa que hacía que le gustaran aun más).

La pintura era de una gran casa de paredes blancas y ventanas grises, en medio de un pastizal amarillento y un cielo nublado y horrible y, a un lado, un pequeño corriendo, un niño regordete de camiseta azul andando entre la hierba. Aunque a decir verdad era interesante, el cuadro era extraño, algo infantil, aunque daba la sensación de congoja o angustia. ¿El niño huye o va?, ¿qué hay de la tormenta, ya pasó? Era muy diferente, y a la vez muy parecida, a las escenas tristes que le gustaban a Horst. L’hotel des dunes. «Esta es bonita… —dijo ella, sacándolo del trance—, entonces, ¿qué dices?, ¿sí vamos a almorzar?». Horst la miró, algo risueño, extrañado, aunque muriéndose de nervios.

En una cabina telefónica, saliendo del museo, le canceló a su padre y se fue con la chica por la acera, buscando un café en la Sexta Avenida. Ella le tomó el brazo y compartieron un cigarrillo, como si se conocieran hacía mucho. «¿Cómo te llamas?», le preguntó él. «Emma…, ¿tú cómo has dicho que te llamabas?». «Horst», respondió, y luego, al ver su cara, «…es alemán, de familia». Ella no estaba nerviosa, miraba su rostro con una atención impresionante y con bastante curiosidad. Entraron en un café francés, Horst apagó su cigarrillo en la suela de su bota, como solía hacer, y eso la hizo reír. Se sentaron en la barra de imitación de mármol y comenzaron a platicar, al principio algo crudo, y luego se centraron en la exposición. Cuando lo repararon, tenían las piernas cruzadas y estaban tomados de la mano. «Yo pienso que es un genio…, y es tan joven, no lo sé, me encanta la manera en la que hace todo, con tanta desesperación», dijo Emma, haciendo que Horst soltara una risita. «¿Tú pintas?», le preguntó. «No. Pero antes lo hacía», dijo Horst, recordando su pequeña incursión en el mundo del arte cuando adolescente: bodegones malhechos, desnudos idealizados, autorretratos sorprendentemente buenos, aunque bastante tristes. «Aunque eran mejores que los de Jean Jullien», dijo bromeando. Ella le soltó la mano y comenzó a reírse.

«¿Dónde vives?», le preguntó Horst. «En Brooklyn Heights, ¿y tú?». «En Boston», dijo con hastío. «¿Por qué en Boston?». «Estoy allá en la universidad, estudiando Historia del Arte». «Pero sí eres de la ciudad, ¿no?, no tienes acento de Nueva Inglaterra». «Sí, soy de aquí. En el verano vivo con mi papá, en la Sesenta, entre Madison y la Quinta». Ella arqueó las cejas. «Entonces tu papá es uno de los peces gordos de la ciudad. ¿Vives en una de esas casas de piedra caliza?». «Así es», dijo Horst con un tono sarcástico, aunque era verdad. «¿Te gusta Boston?», preguntó Emma. «Para nada», dijo Horst. «¿Por qué?». «No lo sé. Es muy bonito y todo, muy histórico, pero es triste, ¿sabes? Para empezar el clima es horrible. Es como esta masa de aire helado y húmedo que viene del mar, y que en el verano hace que se sofoque todo». «Te entiendo. Mis padres tenían una casa en Maryland, es muy bonito, aunque el mar es desesperante… y al menos aquí Long Island lo cubre, ¿no?». «Sí…, supongo que la vida en el mar no es para mí». Tras decir esto, Horst se dio cuenta de lo mucho que le gustaba Emma, pequeña y dulce como era, educada e inteligente, pensó en besarla, pero desistió; era un enamorado sin remedio, algo acabado por las drogas, a decir verdad, pero muy inteligente. Solía ser gracioso sin notarlo, algo torpe.

Siguieron hablando hasta que Emma miró el reloj, eran casi las cinco. «Perdón, quedé en casa de una amiga para hacer una tarea. Vive por el Bryant y ya voy tarde. ¿No traerás de casualidad una tarjeta del metro? Te la devolveré, te lo juro». Un atisbo de niña caprichosa sonó en su voz, pero a Horst nada se le hizo raro. Le dio su tarjeta; la había cargado con diez dólares en la mañana. Tal vez le quedaba la mitad, pero le bastaría. «¿Podemos encontrarnos aquí de nuevo?, mañana, a esta hora». «Está bien», respondió él, tomándole la mano al salir. «Excelente», dijo ella, como pensándoselo un segundo antes de tomarlo por las mejillas y clavarle un beso en los labios, él respondió y ella se separó, corriendo con dirección al metro. Al día siguiente ella llegó vestida con el uniforme del Colegio del Sagrado Corazón, una preparatoria al norte de Manhattan. Entonces a Horst se le bajó la sangre a los pies, sintió cómo se ponía pálido, y por poco sale huyendo.

Alguien lo despertó golpeando la puerta.

—¡Ey, ¿estás bien?! ¡Puto yonqui de mierda, despierta!

Horst se había quedado dormido en el baño del bar.

—¡Estoy bien! —gritó como pudo, con los ojos medio cerrados, amodorrado y dándose en la cabeza con el tubo del suministro del tanque.

—¡Salte o llamo a la policía! —gritó el camarero. Debían estar a punto de cerrar. Había algo de luz de día entrando por una ventana. Horst le dio una mirada rápida a sus cosas, nadie le había robado el dinero y aún tenía los pantalones puestos.

—¡Ya estuvo! —gritó de nuevo el hombre, alejándose a la oficina para poder llamar.

Entonces Horst destrabó la puerta y salió de allí corriendo. En la calle el aire era fresco y comenzaba a amanecer. Se sentía como un corredor de bolsa alcohólico que había gastado todo lo que había ganado el día anterior en una borrachera. Se detuvo a recuperar el aliento, iba por la calle Treinta y Cuatro. Gente con resaca y vagabundos recién despiertos lo miraban, al idiota de la maleta, al de la gabardina blanca como bata de doctor. Después caminó hasta la Sexta Avenida, donde una patrulla estaba estacionada en la esquina, junto a los árboles de la banqueta de Macy’s. Los policías se le quedaron viendo, la calle comenzaba a llenarse, y en medio de los trajes oscuros y los abrigos marrones de los transeúntes, Horst resaltaba por la suciedad de su atuendo, el cabello grasoso y su palidez enfermiza, y junto con su aspecto general, agitado y revuelto, daba la impresión de que la maleta era robada. Uno de los oficiales pensó en acercarse, pero técnicamente aún no entraba en turno, así que lo ignoró. Paranoico por la mirada que le daban, Horst comenzó a caminar hacia el norte, perdiéndose entre la gente, hacia Midtown Manhattan. Estaba cerca de Bryant Park, donde vivía la amiga de Emma (no sabía dónde ni nada de eso, sólo lo recordó mientras veía la fuente de piedra y el gran prado de pasto húmedo). Los árboles habían comenzado a perder sus hojas, las ramas lánguidas como los huesos de un cadáver, el piso teñido de dorado y naranja, brillante por la lluvia de la noche. Dobló en la calle Cuarenta y Dos, pasó a un lado de la Biblioteca Pública, con sus hermosos leones de mármol y las columnas resplandecientes entre la penumbra del amanecer. Los pies le dolían y tenía fiebre, pero el ambiente fresco lo llenaba de buen humor.

Los diez mil dólares que llevaba encima los había sacado de la venta de una pintura, obviamente ilegal. Era un cuadro pequeño, Paisaje pastoral, de Claude Lorrain. Lo tenía un profesor en su piso de Boston, un hombre presumido e impertinente llamado Thomas Saxby, que decía haberla «recibido como regalo del decano de Yale tras su retiro» cuando te le quedabas viendo, colgada con descaro en la sala de su apartamento. Horst la había reconocido porque aparecía en el libro de su madre, en la sección de obras perdidas («Paysage pastorale de Claude Lorrain, 39×53 cm. Última locación: Universidad de Yale, Galería de Arte de New Haven. Óleo sobre cobre. Situación Actual: Perdido»). Un día, con Leicester, imprimieron una copia del mismo tamaño en el Departamento de Arte, pagaron cien dólares por enmarcarla; no era perfecto, pero para el ojo viejo de Saxby surtiría efecto. Lo sustituyeron cuando sabían que él estaba dando clases. El hombre vivía sólo y no había cámaras en el apartamento. Había sido tal vez demasiado fácil. Se la vendieron por veinticinco mil dólares a Marcus, el tipo que le vendía la cocaína a Leicester. A diferencia de otras ventas de arte, que son sencillas de rastrear, nadie sabía dónde estaba Paisaje pastoral, había pasado mucho tiempo desde que había dejado Yale, y la cadena de corrupción que dejó Saxby para quedársela impedía que la extrañaran demasiado en New Haven. Era un cuadro pequeño, un campo boscoso en el que descansaban un par de campesinos conversadores con túnicas, una pastora y un vaquero, juntos en una piedra ante la vista de un río de aguas doradas y un castillo que dominaba el valle. Horst lamentó no quedárselo él mismo, o no pedir más por él; después de todo, el último Lorrain había sido vendido por cuatro millones de libras esterlinas en Christie’s, pero sabía que era riesgoso, y no quería arruinar su vida por culpa de otro ladrón. Se dividió el dinero con Leicester, y cuando gastó los primeros dos mil dólares en drogas y ropa que no necesitaba comenzó a preguntarse si eso era lo que en realidad quería: abandonarse a sí mismo en Boston, solo y sin haber vivido, esperando a despertar un día con resaca y darse un tiro. Tenía lo suficiente para salir de ahí, intentarlo en otro lugar. Había en él una añoranza por el viejo continente, una obsesión con la belleza y la antigüedad. Quién sabe, quizás Inglaterra le sentaría bien, o por qué no probar con Bélgica. Le gustaba la idea de terminar en un pueblo como Brujas, o quizás una ciudad como Viena o Zúrich, una ciudad antigua y atestada de calles curveadas y pequeñas, un sitio lleno de tabernas y cafés, librerías y paisajes boscosos, paseos cerca del río y viajes en tren, ciudades en las que nadie pudiera hablar con él por el simple hecho de no comprender la lengua, sitios donde pudiera despertar y ver desde su ventana el cielo nublado extenderse entre los campanarios, sentir la brisa lluviosa caer, y llegar caminando a una librería vieja, o un café acogedor donde pudiera trabajar.

Por eso estaba en Nueva York, quería encontrar a Emma, convencerla de que se fuera con él. La quería para sí mismo, no quería pensarse teniendo esa vida sin ella junto a él. Pero era demasiado pedir, eso lo sabía Horst, y en su estado febril y nervioso rogaba porque pudiera convencerla, juraba, casi al borde de las lágrimas, que ese sería el único acto egoísta que volvería a cometer. Estaba dispuesto a abnegar su vida, a dársela a ella, con tal de que la compartiera con él.

Desde que Horst la había encontrado, y esto no se lo había dicho nunca a nadie, había dejado de sentirse sólo, perdido, como siempre hacía desde que había comenzado a crecer. Emma tenía una cualidad acelerante que le hacía sentir agradecimiento en medio del bullicio, una calma en la marejada. Era un poder de atracción innato, la manera en la que te miraba, su inteligencia extrema.

Tomó la línea seis en la avenida Park, se bajó cerca del East Harlem, justo donde terminaba el Parque Central. Cuando salió del metro había salido el sol, estaba sofocado, sentía que los edificios le iban a caer encima, tenía escalofríos y comenzó a sentir una ansiedad asfixiante. Horst estaba de pie en la acera, con la vista fija en el otro lado, esperando a que cambiara el semáforo y pudiera cruzar. Cuando lo hizo los nervios le escaldaron la piel, entró en el Colegio del Sagrado Corazón y una monja lo detuvo en el vestíbulo, donde lo miró de arriba abajo.

—Buenos días, joven, ¿a dónde se dirige?

—Mmm, buenos días. Busco a Emma, Emma Walsh.

—¿Qué es usted de la señorita Walsh?

Mierda. Horst tardó demasiado en responder y, cuando comenzó a balbucear de nuevo, la monja ya había reparado en la maleta y en su aspecto.

—Es mi hermana, papá me llamó…, a la oficina. Hubo una emergencia, tenemos que irnos a Maryland de inmediato.

—¿Una emergencia?, ¿de qué tipo? —dijo la monja, incrédula.

En ese instante Horst tuvo que sacarse algo de la manga, cualquier cosa que se le ocurriera.

—La hermana de mi madre enfermó, creo que es grave, la tía Sue prácticamente nos crio.

—¡Dios mío! Espero que no sea nada grave. Si no es indiscreción, ¿qué le pasó?

—No midió la altura de un escalón, se cayó en su porche y creo que le ha dado una embolia y…, y…

Entonces Horst aplicó una de sus cualidades más patéticas: desde que era niño tenía la capacidad de reproducir un gesto lastimero que producía empatía en las personas, un rostro de víctima en el que parecía que estaba a punto de echarse a llorar.

Horst se aprovechó de la pobre monja antes de que comenzara a entrometerse de más y a hacer preguntas en las que sin duda nuestro héroe se contradiría. Tenía suerte de que esa no fuera una de esas escuelas de siglos de tradición, donde todos conocen a todos por generaciones.

—Permítame llamarle. ¿Quiere un vaso de agua?, siéntese, siéntese aquí —dijo la mujer, dirigiéndolo a la oficina, donde Horst se cubrió el rostro con la mano mientras ella salía.

Emma apareció al cabo de un rato con su mochila, y sin la monja.

—¿Horst? —dijo extrañada. Lo abrazó, y Horst comenzó a caminar hacia fuera, sin decirle una palabra. Ella lo siguió—. ¿Qué haces aquí?, ¿qué es eso de que somos hermanos?

Ya estaban en la calle, Horst estaba alegre de que todo hubiera funcionado.

—¡Háblame! —dijo ella, deteniéndolo en la acera, poniéndole una mano en la mejilla— ¡Dios mío!, estás ardiendo, ¿estás bien?, ¿estás enfermo?, ¡Horst, qué pasa!

Él estaba acomodando sus palabras, se habían alejado lo suficiente.

—Conseguí dinero —comenzó, con la voz entrecortada—. Son diez mil dólares, nos alcanza para dos boletos de avión, y para sobrevivir un tiempo en cualquier lugar. Sé que te pido demasiado, pero… sé hablar francés —dijo al ver su rostro—, alemán… un poco de inglés. Lo que quiero decir es que deberíamos fugarnos tú y yo. Sé que dejé de escribirte, traté de olvidarte, Emma, pero no puedo sacarte de mi mente. No dejo de pensar en ti, no quiero estar lejos de aquí sin ti.

—¿Por qué quieres irte? —susurró.

—Boston no es para mí, Nueva York tampoco… tal vez el del problema soy yo… —rectificó—: sé que el del problema soy yo, pero quiero intentarlo lejos, comenzar de nuevo, lejos de mi padre… contigo.

«Debe estar bien drogado», pensó ella con lástima, al ver sus ojos inyectados con sangre.

—Horst…, me halagas, pero no puedo hacer eso —dijo dando un paso hacia atrás.

—Lo sé. —Se sentía nervioso y eufórico a la vez—. ¡Escucha!, soy un drogadicto, soy el primero que lo reconoce, pero no puedo seguir aquí, Emma, si sigo aquí me voy a morir, entiéndeme. Vámonos de aquí, por favor. Te lo ruego, Emma. ¿Qué hacemos aquí? ¡Mira!, ya casi cumples dieciocho… puedes hacer lo que quieras.

Emma se detuvo en seco y bajó la mirada, estaban en el cruce de Madison y la Ciento Diez. Ella tenía lágrimas en los ojos, le había crecido el cabello. Horst se sentía como un monstruo. Intentó acercarse para abrazarla.

—¡No me toques! —dijo ella, apartándose de él.

—Emma…

—No, Horst —dijo, como en un impulso, asustada—. Aléjate de mí. No…, no quiero ir contigo.

—Pero, Emma…—trató de decir, con la voz desgarrada.

—Perdón, Horst —susurró—. Te quiero, y siempre seremos amigos, pero no puedo hacerlo, esto llegó demasiado lejos, yo… yo no te amo.

Entonces Emma, sin siquiera mirarlo, dio la media vuelta y regresó por la Ciento Diez, apretando el paso rumbo al metro para regresar a Brooklyn Heights. Horst se quedó de pie en la acera mucho rato, respirando fuerte y con el corazón en la garganta, latiéndole en el cuello. Tenía un nudo en el estómago y lágrimas en los ojos. Cruzó la avenida Madison con la maleta entre los dedos. Un motociclista descuidado no vio el alto, y antes de que ambos pudieran notarlo embistió a Horst, rompiéndole un brazo y una pierna, mandándolo al hospital dos semanas, donde nadie lo visitó ni se le avisó a alguien que estaba ahí. Por suerte la maleta se quedó siempre frente a él, guardada por su vista todo ese tiempo sin dormir. Después de que le dieron el alta llamó a Leicester: se iba a Londres, desde donde Horst le escribiría.

Vivió en un piso pequeño cerca de Islington. Le gustaba tomar el metro rumbo a la Plaza de Trafalgar y ver los leones al atardecer, después de haber pasado todo el día en la Galería Nacional o en el Museo Británico. Visitó la Haya una vez, como lo había hecho con su padre de niño. Conoció Londres como la palma de su mano, los burdeles de mala muerte y a sus mejores vendedores de drogas, su apellido le daba acceso a lugares que nunca hubiera esperado. Supo dónde se vendía arte robado, y dónde se llevaban a cabo las transacciones del mercado negro. A decir verdad, no era tan diferente a Nueva York. Después de todo (y eso se los digo yo), si Horst creía que sería feliz en Europa, si esperaba hacer vida en Londres, si pensaba que jamás regresaría a Nueva York, por más que tratase, estaba muy equivocado.

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