Epazote con miel y hojas de guayabo

Orfil Aguilar

Tomás lavaba autos en el estacionamiento de un complejo de edificios donde residían varias empresas e instituciones gubernamentales, llevaba ya diez meses con dicho empleo. Eran muchos los que deseaban un lugar en el espacio ubicado en el centro de la ciudad; no era algo a lo que pudiera accederse con facilidad, mucho menos pensar en caridad: cada uno de los lavadores de autos pagaba una cuota, que se repartía entre el vigilante y empleados oficiales del estacionamiento. Gracias a dicho pago se les permitía el acceso y se les designaba un sector exclusivo para llevar a cabo su labor de convencimiento, el resto dependía de lograr acuerdos con los clientes.

Las cosas no andaban tan bien en últimos días: su esposa había enfermado, cursó un fuerte cuadro diarreico, todos se asustaron mucho en casa, afortunadamente el médico de la farmacia de la esquina de su barrio había acertado, no importaba tanto para ellos el complicado nombre de la patología, sino que las pastillas, por las que pagaron casi 700 pesos, resolvieran la joda que vivieron en últimas semanas. Así fue, tres días de tratamiento y la mujer al cien, las cosas mejoraban con cada pastilla que se tomaba, también ayudaban los remedios naturales, según decía ella: epazote con miel y hojas de guayabo, quinientas veces mejor que cualquier cápsula amarga con el término «ina» en su nombre.

El jueves fue día feriado, por lo que Tomás salió a pasear en familia; con su esposa ya recuperada, su hijo Juan de once años y la pequeña Mariel. Mientras los niños jugaban, Tomás se atrevió a revelar la situación que su mujer ya imaginaba: los días de enfermedad y cuidados habían secado los bolsillos del esposo, desaparecido los guardaditos de la esposa, y hasta vaciado las alcancías que los dos hijos habían comenzado a llenar el año pasado.

«El mayor problema», dijo Tomás en voz baja para que sus hijos no escucharan, «es que les debó la cuota de dos semanas y ya me pusieron un ultimátum, si el lunes no me pongo al corriente, me olvido de pisar alguna vez el estacionamiento siquiera para ir al baño a orinar, mucho menos para seguir lavando carros».

Y así sucedió lo que sucede tantas veces entre padres e hijos, adultos y niños: los primeros creen que por hablar bajo u ocultar temas los segundos no se darán cuenta, cosa que en realidad pocas veces sucede, pues los niños siempre alcanzan a escuchar algo de las conversaciones de los adultos; justo así sucedió con Mariel: «ultimátum», «cuota», «dinero», palabras que rondaban por su mente mientras esperaba turno para patear la pelota.

En el juego hubo una pausa, el niño que cubría el puesto de jardinero derecho, en aquel improvisado juego de futbeis debía amarrarse las cuerdas de los zapatos.

—¡Dinero! —espetó Mariel en voz alta.

—¿Qué dices? —regresó Roberto.

—¡No es nada! —contestó avergonzada Mariel.

—¡Claro que lo es!, alcancé a escuchar clarito que decías esa palabra.

—¡Por supuesto que no! —seguía diciendo Mariel, cada vez más avergonzada.

—Solo por ser mi amiga y para que no lances tan fuerte la pelota te voy a enseñar algo —expresó Roberto mientras sacaba del bolso de su chamarra un par de billetes.

—¡Órale! —gritó en automático la niña.

—¡Es mucho dinero! —afirmó él.

—Ya lo veo —respondió ella sorprendida.

—Me lo ha dado el ratón —dijo mientras sonreía y enseñaba el hueco frontal donde días antes estaba su diente.

Al finalizar el juego y la plática de adultos, todos volvieron  a ser un grupo: una familia; la cual comió pollo asado sobre el césped y vio ponerse el sol mientras parvadas de pájaros volaban buscando un lugar para pasar la noche, una familia que después de pasar el día en el parque del centro de la ciudad volvió a casa para cerrar las actividades del día y marcharse a sus cuartos para dormir.

Pero esa noche Mariel tenía una tarea pendiente y el resto de su familia lo ignoraba, alrededor de las dos de la madrugada se levantó y arrancó tres de sus dientes: el dolor que sintió al presionar las pinzas —que papá usaba para colocar un cilindro nuevo cargado con gas en la cocina— fue calmado con la certeza que tuvo al extraer el primero. La sangre, que brotó como fuente de agua termal, al quitar de su lugar el segundo diente no representó contratiempo alguno; estaba preparada con una playera vieja  que le ayudaría a dejar todo limpio. Finalmente, cuando el tercer diente abandonó para siempre su boca, el dolor cesó, fue remplazado con la tranquilidad de saber que al despertar muchísimo dinero se encontraría bajo su almohada, tal como Roberto le platicó esa mañana cuando jugaban al futbeis sobre el césped de aquel parque, justo en el centro de la ciudad.

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