El sexo en la era tecnocientífica

Damara Velázquez Pastrana

Desde tiempos inmemorables, los humanos hemos soñado con un mundo en el que la tecnología sea la llave que nos abra la puerta del futuro, es decir, con el momento exacto en el que tengamos tan desarrollados los conocimientos científicos y tecnológicos que podamos ser capaces de crear máquinas y robots que nos faciliten ciertas tareas; o que simplemente nos ayuden a encontrar el bienestar; que incluso sean capaces de convivir con los humanos para así formar parte del engranaje que mueve a la sociedad. Por ejemplo, esto lo podemos ver claramente proyectado en caricaturas como The Jetsons[1], en la literatura de Mary Shelley (específicamente en el libro Frankenstein) e incluso en las películas de ciencia ficción como Blade runner[2], Terminator[3], I, robot[4], Her[5] o Ex-machina[6].

Ciertamente, la industria del cine es la que más ha desarrollado el imaginario futurista de la sociedad. En ella se han retratado las habilidades y actitudes que se esperaría tuvieran los androides, como es el caso de la película Bicentennial man, en la cual el robot comienza siendo meramente servicial, pero termina aprendiendo a amar y basa su vida en los valores aprendidos con la familia que se adueñó de él. Por otro lado, está el caso en el que los filmes han sido la base de inspiración para la creación de ciertos aparatos tecnológicos, tal como sucede con la película Back to the future 2, en la cual se mostraban unos tenis que eran capaces de amarrarse solos, los cuales Nike lanzó a la venta en 2016.

Lo cierto es que, como bien dijo Albert Einstein, si lo imaginas, lo puedes lograr; parece ser que la imaginación humana no ha conocido un límite e incluso se ha vuelto muy avariciosa. Esto lo digo porque hemos llegado al punto en el que se anhela crear máquinas que sean la viva imagen de un humano, es decir, androides autónomos, los cuales, más allá de realizar tareas o de ayudarnos para reducir ciertos trabajos, puedan sumergirse en la vida social y lleguen a interactuar de manera libre con nosotros y con otros robots.

Pero, ¿cuál es el fin último de construir máquinas que sean idénticas a nosotros? Tal vez el deseo de crear a estos robots se deba a que el humanoide que tenemos idealizado —dentro de nuestro imaginario futurista— es una buena representación de ese punto de aspiración eterna y perfecta que conjuga todas las capacidades humanas con la inteligencia y las emociones que nos distinguen de cualquier otro ser del reino animal. Entonces, al estar conscientes de que a lo largo de nuestra vida no lograremos desarrollar al cien por ciento nuestras capacidades, emprendimos el camino de construir máquinas que se encarguen de representar nuestra esencia en su máximo esplendor; además, que realicen todas las actividades que nosotros somos capaces de hacer aunque en ocasiones optamos por abandonar debido a ciertas dificultades físicas o mentales.

Siguiendo esa tesitura, podemos decir que una de las metas es hacer que dichas máquinas se asemejen lo mayormente posible a la figura humana. Asimismo, sería relevante que tuvieran, primero, la capacidad de lenguaje, para así funcionar como receptor y transmisor de la información; segundo, la habilidad de crear y reproducir conocimiento; y, tercero, la capacidad de sentir y de expresar sus emociones. Cabe mencionar que con esto no me refiero sólo a la felicidad o la tristeza, puesto que dichas actitudes podrían ser programadas fácilmente; más bien hago referencia a todo el bagaje de emociones que a través de la cultura hemos aprendido a sentir. Específicamente me refiero a aquellos sentimientos que involucran la corporalidad y la dependencia hacía una persona como lo es el caso del amor, los celos, la ternura, la pasión, la excitación, el gozo e incluso el deseo, ya que «si aceptamos que un robot puede pensar, entonces no hay ninguna razón para que no aceptemos que pueda… sentir deseo sexual» (Levy, 2007, p. 5).

Justo lo anterior da pauta para cuestionarnos el nivel de interacción que deseamos tener con un robot, dado que si recordamos que el fin último es el hecho de que sean lo más parecidos a nosotros para que, de esta manera, logremos adentrarlos en nuestro mundo social, resultará que ellos pueden ser capaces de disfrutar de las mismas experiencias que todos tenemos. Ahora bien, si hay algo que cause mayor controversia que imaginar que en unos años los robots estarán entre nosotros y difícilmente lograremos notar la diferencia entre androides y humanos, es el hecho de compartir necesidades básicas con ellos, como tener relaciones sexuales. Hago mención de lo anterior porque, si van a realizar las mismas actividades que nosotros, no podemos asegurar que no se verían envueltos en prácticas que tengan relación con los instintos biológicos básicos de nuestra especie, incluso con prácticas violentas y rechazadas por la mayoría de la sociedad, por ejemplo, la prostitución, la pedofilia, las orgías, etc.

De hecho, no necesitamos una máquina del tiempo para alcanzar a ver este tipo de situaciones, dado que en la actualidad ya existen robots que están programados para la mera satisfacción sexual de los seres humanos. Incluso, se ha creado la modalidad de la prostitución robótica y se ha podido presenciar una guerra empresarial para incursionar en la industria de las innovaciones en estos robots sexuales, mejor conocidos como sex dolls.

Lo cierto es que este tipo de situaciones surgen en la medida en que los desarrollos científicos y tecnológicos se van presentando, ya que si algo está claro es que las novedades que trae consigo «la tecnociencia no sólo transforman la naturaleza, sino también la sociedad» (Echeverría, 1995, p. 106). Hay que recordar que en este preciso momento nosotros seguimos teniendo el poder sobre las máquinas, por lo tanto, somos los encargados de forjar las funciones que queremos que desempeñen dentro de nuestro mundo.

Es por eso que abordaré las principales controversias que han surgido a causa de la creación de las sex dolls, ya que a mi parecer estas representan un nuevo modo de hacer ciencia, de acercar la robótica al público y de generar conocimiento que en un futuro puede ser empleado para la creación de robots que no solo sean sexo-servidores, sino que tengan la capacidad de acompañarnos en nuestro cotidiano y que adopten todas las características de la naturaleza humana. El objetivo es tratar de modificar el imaginario que ronda alrededor de las funciones que se cree que los robots pueden y deben de tener, pero, además, busco mantener la meta de pensar acciones en conjunto que ayuden a seguir transformando nuestro mundo.

Para ello, partiremos desde la premisa de que los robots sexuales son un producto de la revolución tecnocientífica que vivimos actualmente, ya que parte de «los cambios gnoseológicos que provocan…son instrumentales» (Echeverría, 1995, p. 90) y estos se ven reflejados en las mejoras que se le atañen a dichas máquinas. Asimismo, esos cambios son fieles representantes de un desarrollo tecnológico, pues dan muestra de innovación en el medio: el diseño de los androides va adoptando nuevos materiales, lenguajes de programación o elementos tecnológicos, como sensores, que ayudan a que la apariencia del androide posea más y más características humanas. Además, su producción depende de un fuerte apoyo económico y una acción conjunta de diversos agentes que colaboren en el desarrollo de la idea preestablecida, puesto que parte de la esencia de la actividad tecnocientífica es el hecho de que en ella convergen «sistemas de valores que, aunque no la guían, sí pretenden controlar y prevenir sus consecuencias y riesgos» (Echeverría, 1995, p. 51).

Asimismo, para terminar de entender lo que conlleva una polémica de esta índole, incluiremos el enfoque de controversias tecnocientíficas planteado por Javier Echeverría, ya que su propuesta abarca aspectos axiológicos y tiene muy claro que estos conflictos transforman no solo la esencia del conocimiento, sino también la praxis científico-tecnológica, provocando así un cambio en la estructura de la actividad científica y una modificación en el mundo social. Creo fielmente que el día en el que robots y humanos se encuentren realizando las mismas actividades no está muy lejos. Por eso sostengo la idea de que es posible mediar estas relaciones desde ahora y, luego, moldear la imagen del mundo que queremos y tratar de disminuir las conductas violentas que degeneran nuestra vida social, para así no caer en una desgracia del tipo de las películas de ciencia ficción.

Antecedentes

Si seguimos la tesitura del hecho de crear humanoides que asemejen la perfección de la naturaleza humana, entonces resulta que nuestro punto de partida se encuentra en la mitología griega con la historia de Pigmalión y Galatea. Pigmalión, rey de Chipre, era un gran escultor que dedicaba su vida entera a sus obras. Un día, al verse envuelto en la soledad, decidió crear a la más bella de las mujeres: una estatua a la medida de sus deseos, a quien visitaba cada noche y admiraba a tal grado de perderse en su mirada e imaginarse la vida que tendrían juntos. Ciertamente, él se enamoró sin remedio de ella y, en una ocasión, llegó a suplicarle a Afrodita que le diera vida. Afrodita le concedió su deseo y convirtió a Galatea en una mujer de carne y hueso que correspondía los sentimientos del rey; incluso la hizo fértil para que pudieran tener hijos y, así, satisficiera todas las necesidades que Pigmalión pudiese tener.

Este mito es el claro ejemplo de que no tener el conocimiento propio de la existencia de los robots no es un impedimento para edificar, de alguna manera, personajes poseedores de toda la belleza y habilidades del ser humano; incluso, se puede decir que en esta ocasión se le atribuyeron los mismos valores a la estatua, es decir, se veía como un participante pasivo que no era autónomo, pero que se deseaba que lo fuera; se idealizó como un objeto que todos estarían dichosos de poseer, y se construyó bajo los preceptos etnocentristas de la belleza, dando como resultado un mero objeto que se creó para cubrir una necesidad especifica de su dueño.

Ahora bien, si nos adentramos de forma académica, encontraremos que «la palabra robot fue propuesta por Josef Capek en el s.XVII, la cual literalmente significa “obrero” ya que estos son seres-máquinas, de aspecto parecido al humano, diseñados y construidos para servir a sus dueños» (Levy, 2007, p.16)[7]. Cabe mencionar que en un inicio estos robots no fueron pensados meramente con la forma humana, sino que se les visualizaba como viles máquinas que fueran capaces de reproducir alguna de las actividades que el hombre realizaba; en algunos casos, fueron diseñados con forma de animales (patos, búhos, aves, etc.) puesto que se creía que trasladar alguna de sus capacidades fisiológicas a una máquina era un logro presumible de la época.

Por otro lado, no fue sino hasta mediados del «s.XVIII» que tuvimos «un ejemplo destacado de autómata humanoide…el cual era una máquina de partos diseñada…por Angelique Du Códray» (Levy, 2007, p.18), que servía para formar a futuras comadronas, de ahí que tuviera materiales que semejaban la piel y los órganos de una mujer. Asimismo, durante la misma época, los japoneses fueron los primeros en darse cuenta de que «los autómatas eran más atractivos si se presentaban con un aspecto humano» (Levy, 2007, p.18), y por eso diseñaron «una muñeca para servir el té» (Levy, 2007, p.18).

Tiempo después, se produjo lo que podría considerarse como el primer encuentro sexual entre robots y humanos dado que, durante el movimiento nazi, y bajo las órdenes de Heinrich Himmler, se llevó a cabo el Borghild Field-Hygiene Project, el cual consistía en la construcción de unas muñecas sexuales que ayudaran a satisfacer las necesidades de los soldados, y que al mismo tiempo frenaran el número de casos de sífilis ocasionados por los encuentros con prostitutas francesas. No obstante, hasta 1970 se creó la primera aproximación a un robot sexual, este fue llamado C36, una muñeca autómata que fracasó en su cometido pero que sentó las bases de un nuevo concepto de androide que uniría finalmente la robótica con la imparable industria del sexo.

En esa misma década, se crearon «los primeros androides totalmente funcionales…en la Universidad de Waseda» (Levy, 2007, p.22) de Japón, y en 1980, «se produjeron grandes avances en la ingeniería de las manos y otras extremidades artificiales» (Levy, 2007, p.22). A partir de ese momento, los avances que se tuvieron en torno al diseño recayeron directamente en las empresas de entretenimiento y de la industria sexual, las cuales se basaron sobremanera en la creación de un material que fuera igual de suave que la piel, en la implantación de dispositivos sensibles al tacto, en la instauración de elementos que ayudaran a la gesticulación, en la flexibilidad de los materiales para permitir una mayor movilidad, y en la programación de aplicaciones que controlaran el comportamiento de cada robot.

Gracias a este pequeño recorrido histórico queda claro que «las tareas a las que se habían destinado los primeros robots tenían poco que ver con las emociones humanas» (Levy, 2007, p.24), por ende, se les veía como simples máquinas que estaban encargadas de ejecutar acciones específicas. Ahora, si comparamos esto con las producciones actuales, nos daremos cuenta de que la concepción no ha cambiado mucho, de hecho, «la relación entre robot y ser humano siempre se había considerado desde el punto de vista de amo y esclavo…Pero con la adición de inteligencia artificial…los hemos convertido en algo que es mucho más» (Levy, 2007, p.25), estamos creando relaciones personales que van más allá de lo funcional. Es obvio que el camino que nos queda por recorrer es muy largo, pero el hecho de desear que tengan emociones y sentimientos nos va a llevar a edificar maravillas tecnológicas capaces de comprender la propia complejidad que nosotros mismos tenemos como seres humanos.

Tecnología y sexo

Antes de seguir, es importante explicar por qué este caso en específico puede ser considerado una controversia tecnocientífica. Para empezar, representa un cambio en las prácticas científicas, dado que se dejó de lado la programación típica de humanoides que hicieran meramente labores asistenciales (como traer cosas, limpiar espacios, cuidar personas, o incluso entretenernos) para comenzar a programar robots que pudieran complacer las necesidades libidinales de los usuarios; además, dicha característica también modificó la forma de interacción del público con la máquina, a tal grado de simular que uno se encuentra intimando con un ser humano y no con un conjunto de cables con carcaza metálica.

Además, estos robots con inteligencia artificial ya se están adueñando de la industria del sexo, específicamente del sector empresarial de juguetes sexuales, y se posicionan en el mercado desde el costo mínimo de quince mil dólares; incluso se han adentrado al mundo de la prostitución con la creación de casas de citas — la primera en crearse se llama Lumi Dolls y tiene su sede en Barcelona, España—, en ciudades como Barcelona, Londres y París, en las que se cobran desde cien euros la hora; incluso existe la modalidad de tener breves encuentros sexuales dentro de hoteles, en los que el cliente decide la situación en la que espera encontrar a su genoide.

Ahora bien, el protagonismo de la industria está peleado entre dos grandes empresas, la primera de ellas es Abyss Creations, la cual es una compañía estadounidense conocida por generar muñecas sexuales de silicona; ellos ofrecen una personalización muy completa de tu robot, es decir, tú puedes ir edificando a tu propia Galatea, ellos te dan la opción de elegir el color de piel, el tamaño y forma de los pezones, las características de su cara, el color de cabello, el tamaño de los labios, etc., e incluso puedes ir cambiando dichos elementos; también incluye distintas actitudes que van moldeando su personalidad, y las puedes calificar para que en próximos encuentros los modifique y solo actúe conforme lo que más te guste. De igual modo, es capaz de hacerte la plática, de recordar datos específicos (como fechas o nombres), y además es capaz de enamorarse de ti y jurarte amor eterno. El modelo más conocido que tienen hasta ahora se llama Harmony 2.0, una muñeca rubia que puedes programar desde una app y que es capaz de entablar conversaciones que no tengan nada que ver con el ámbito sexual.

Por otro lado, la segunda empresa es Synthea Amatus, la cual fue fundada por el ingeniero Sergi Santos, y ofrece a sus muñecas desde la cantidad de tres mil quinientos euros; a diferencia de las anteriores, estas no mueven ninguna parte de su cara, pero cuentan con sensores en distintas partes del cuerpo y son capaces de llegar al orgasmo.

Analizando otro aspecto, hay que dejar en claro que su creación no se puede llevar a cabo solo con la participación de científicos o ingenieros, sino que requiere de un equipo transdisciplinario que en primera instancia sea responsable de la programación; en segunda instancia, que se encargue de la investigación para que las muñecas se asemejen lo más posible a un humano; y, en tercera, que se encargue de su comercialización y cuidado. Para esto se requiere a investigadores del cerebro, psicólogos que se encarguen de estudiar la compatibilidad robot-persona, biólogos o doctores que ayuden en la creación de las partes sexuales de cada robot, mercadólogos que intervengan en la promoción de las genoides, abogados que se encarguen de las patentes, contadores que vayan administrando las ganancias, comunicólogos que ayuden a la difusión de las nuevas prácticas científicas, y muchos otros agentes que forman parte del puzle de disciplinas y actividades que desencadena la creación de una sola sex doll, lo cual también significa que se ponen en juego distintos valores en «varios subsistemas axiológicos, no sólo en el subsistema de valores epistémicos» (Echeverría, 1995, p.108), de modo que convergen visiones políticas, económicas, culturales, jurídicas, sociales, y en este caso morales, que de cierta forma quedan representadas en las políticas de creación del robot.

Hay que tomar en cuenta otro aspecto: si las muñecas son trasladadas a otros países, significa que el conocimiento que fundamentó la base de su creación se está expandiendo, y por lo tanto, se divulgan esas nuevas formas de tratar a la ciencia y a su objeto de estudio. Sin embargo, se corre el riesgo de que sean vistas como vil mercancía, o de que sean incompatibles con las normas culturales del país.

Todos los elementos anteriores dan muestra de que la creación de robots sexuales son parte de una controversia tecnocientífica, e incluso, su forma de organización vislumbra que es un proceso que puede ser estudiado bajo el enfoque Ciencia-Tecnología-Sociedad (CTS), ya que es un fenómeno en el que convergen distintos puntos de análisis, los cuales ayudan a transformar la mirada que la sociedad tiene de la ciencia y la tecnología y, por tanto, modifican la estructura política de la praxis científica por medio de procesos que son democráticos y que buscan una horizontalidad de posiciones para la comprensión, la creación, la reproducción y la difusión de todo lo que una máquina sexualizada puede desencadenar. 

No todo el sexo es bueno

Desde un inicio, el debate sobre los efectos de la compra y el uso de las sex dolls no se hicieron esperar y comenzaron a permear en las actitudes de la sociedad civil, de hecho, distintos actores alzaron sus voces para demostrar inconformidad ante esta situación, planteando el precepto de que todos esos millones que se gastan en inteligencia artificial podrían ser utilizados para arreglar algunos de los problemas más graves que afectan a la sociedad, como la hambruna o las guerras. Pero, así como surgieron este tipo de respuestas, también surgieron movimientos en pro del cuidado de las sex dolls, como la organización anarquista que reclama la creación de una serie de derechos para las genoides.

Ciertamente, era obvio que la inmersión de estos robots en nuestra sociedad no podía acarrear solo la satisfacción de los deseos más íntimos de las personas, de hecho, son causantes de grandes controversias como el gran problema de la tecnofilia, ya que hay personas que defienden la idea de que si el robot se involucra sexualmente contigo, le falta muy poco para que termine dominando el resto de aspectos de tu vida; también, se afirma que la creación de estos robots nos va a hacer prescindibles del verdadero contacto humano, lo cual solo nos va a separar más y hará que las relaciones sociales se empobrezcan; incluso, hay personas que califican su uso como una infidelidad a su pareja, ya que al tener la apariencia humana es más probable que se creen sentimientos hacia la máquina, cosa que no sucedería con un simple juguete sexual como el dildo.

Asimismo, está el asunto de la brecha digital-económica que se puede generar entre los que pueden pagar para obtener una sex doll y los que no, ya que esto abandona el precepto de que «el público desempeña una función importante en las controversias tecnocientíficas» (Levy, 2007, p.108), por lo que «el conocimiento debería resultar económicamente rentable» (Echeverría, 1995, p.40). Además, se ha planteado cierta incomodidad ante el hecho de que se pueden moldear a semejanza de personas reales con las que sí puedes llegar a tener incidencia en la vida cotidiana o, incluso, el hecho de que se cree que esta sería una forma en la que los índices de trata de blancas disminuiría, sin embargo, el problema no se estaría solucionando de raíz, puesto que aunque ya no se afectara de manera directa a un ser humano, la práctica de esta actividad puede fomentar la violencia y puede reproducir la cosificación de la idea patriarcal del manejo del cuerpo de una mujer.

Se han encontrado diversas ventajas que justifican esta práctica sexual, como el hecho de que, al programar el robot, el usuario tiene casi asegurado llegar al punto de éxtasis, dado que la máquina únicamente efectuará las acciones que le resultan placenteras a su dueño, cosa que ocurre muy pocas veces con un humano; o que la cantidad de enfermedades de transmisión sexual se reduciría; incluso, el hecho de que se pueden utilizar con fines didácticos, es decir, en caso de que el usuario crea que carece de experiencia sexual puede practicar con un robot para después aplicar todo ese aprendizaje con un ser humano; de igual manera, está el hecho de que si el usuario tiene fetiches violentos puede cumplirlos con la seguridad de que no lastimará a su acompañante. Lo cierto es que esta práctica ha llegado tan lejos que en la actualidad ya existen personas que adoptan estos robots como acompañantes y no como sexo-servidores, ya que aquellos que únicamente complacen sus deseos sexuales con elementos tecnológicos son llamadas digisexuales, y se entiende que lo que los hace diferentes es el tener una preferencia sexual distinta a la comúnmente aceptada.

Queda claro que «la sociedad civil responde de distintas maneras ya que sabe muy poco de lo que ocurre en la vanguardia tecnocientífica» (Echeverría, 1995, p.4)[8], sin embargo, muchas de las innovaciones están inspiradas en las necesidades básicas que proyectan los actores sociales, y una de las necesidades actuales es la creación de androides que nos acompañen en nuestro andar por el mundo y que nos ayuden a redescubrir todo de lo que somos capaces.

Conclusiones

Satisfacer nuestras necesidades sexuales con robots no está mal, de hecho, eso nos permite concebir al mundo desde otro punto, desde la cima de la montaña tecnocientífica, y el querer brindarles los mismos sentimientos que nosotros tenemos les da la oportunidad de participar como agentes y no como esclavos, lo cual resulta en la edificación de una estructura social que forja relaciones simétricas entre la ciencia, la tecnología y la sociedad.

Por último, hay que aclarar que, bajo el velo de los sueños y las proyecciones del mundo que fueron guiados por la ciencia ficción, y que en algún momento parecían inalcanzables, siempre existió un miedo profundo ante la creencia de que nuestras propias creaciones terminarían destruyéndonos; ya que a pesar de que la intersección entre tecnología, desarrollo y humanidad es bastante tentadora, hay que aceptar que también es altamente susceptible a fallas, lo cual nos ha orillado a acercarnos a procesos de prueba y error que únicamente nos hace ser más perfeccionistas, y en este caso, el ideal es que algún día las máquinas logren actuar por sí solas, lo cual trae consigo el riesgo de que lleguen a ser más inteligentes que nosotros y opten por desplazarnos. Para evitar este camino, hay que recordar que nosotros seguimos teniendo la batuta de su construcción, lo cual nos da la ventaja de redirigir el rumbo que estamos construyendo, solo nos resta tener claro hacia dónde estamos yendo y hacia dónde queremos ir.

Referencias

Echeverría, J. (1995) La revolución tecnocientífica, Akal. Madrid.

Levy, E. (2007) Amor y sexo con robots. La evolución de las relaciones entre los humanos y las máquinas. Paidós, Barcelona.

Marcos, Laura. (2017) Los robots sexuales. La nueva era de las relaciones en Muy Interesante, Revista en línea. https://www.muyinteresante.es/salud/sexualidad/articulo/los-robots-sexuales-la-nueva-era-de-las-relaciones-671511787536


[1] Serie animada estadounidense estrenada en 1962. Presenta la vida diaria de una familia que vive en el 2062.

[2] Película estadounidense estrenada en 1982. Presenta la historia de un policía que comienza con la cacería de replicantes (humanoides).

[3] Película estadounidense estrenada en 1984. Presenta a un asesino cibernético que es enviado al pasado para matar a la madre del único hombre capaz de terminar la guerra con los robots.

[4] Película estadunidense estrenada en el 2004. Presenta a un detective que está buscando a un robot que es culpado de la muerte de un científico.

[5] Película estadounidense estrenada en el 2014. Presenta la forma en la que un escritor solitario de los ángeles se termina enamorando del sistema operativo de su computadora.

[6] Película británica estrenada en el 2015. Presentan a un genoide (androide con las características femeninas) llamado Ava que trata de seducir a Caleb (un humano) para intentar escapar del lugar en el que la tienen.

[7] Las cursivas son mías.

[8] Las cursivas son mías.

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