El cerro de San Pedro

José Alberto Ibáñez

En el pueblo de mi abuelo paterno había llovido durante tres años seguidos, y después le siguieron quince de sequía. En el año catorce, la tierra era ya árida y desértica: apenas unos cuantos matorrales cubrían el valle de Santa Prisca, rodeado de cinco montes: Santa Rosalía, San Fernando, San Pedro, San Fermín y Santa Clemencia. Estos no eran muy altos, pero bastaban para aislar al pueblo de Hervidero y de Santa Prisca, uno al norte del valle, y el otro al sur.

Mi abuelo paterno atravesaba el valle todos los días para llevar las cartas que llegaban de la ciudad. En uno de esos viajes, mi abuelo conoció a Filomena, hija del alguacil mayor del valle. Encomendada a mi abuelo, fue a visitar a su tía a Santa Prisca para que le instruyera en el uso de la máquina de coser. Cuál fue la sorpresa, que empezaron un amor furtivo entre ellos. Miradas entrecruzadas en la misa del mediodía, y risitas que se compartían en la plaza.

Mi tío abuelo, Casimiro, hacía buen tiempo que pretendía la mano de Filomena, pero jamás se dirigía a ella, sino a su padre, para así, conseguir el favor de la mano de su hija.

Cuando ya había sido tratada la mano de Filomena, ella lloró durante días y noches enteras. El corazón le pertenecía a mi abuelo, pero su mano ya había sido pactada para Casimiro. «¿Por qué lloras, amada mía, si muy pronto serás mi esposa?». «Porque yo no te quiero. Mi corazón es de otro». En un arranque de rabia, Casimiro emprendió la búsqueda del otro que había ultrajado la promesa entre el alguacil mayor y él.

Día y noche buscó, jurando muerte a aquel que hubiera sido el traidor. En todas las tabernas de la región se sabía que Casimiro Mendoza buscaba al ultrajante de Filomena Méndez, y que pagaría buen dinero al que dijera el paradero de este.

Mi abuelo, atento a esa advertencia, se movía con cuidado, haciendo llegar cartas a Filomena como si hubieran sido enviadas desde la capital, pero en las que se leía tan dulce amor que el Cantar de los cantares se quedaría absorto ante tales promesas de amores.

Cierto día de verano, cuando mi abuelo acudió a la casa de los Méndez a entregar la correspondencia habitual, Casimiro estaba presente, y notó la carta que le llegaba a Filomena. Ella intentó guardarla entre sus naguas tan rápido como pudo, pero Casimiro la vio y la hizo que la abriera y la leyera.

Casimiro se fue de bruces al ver que estaba firmada por su hermano. Tales fueron sus caínicas intenciones en ese momento que mató a tres borregos con sus manos desnudas. La traición venía de su propio hermano. Casimiro, sin interrogar a su prometida, salió de la casa de los Méndez para regresar a la casa de mis bisabuelos.

«Prepara tus cosas, Nemesio, que mañana subimos al monte de San Pedro, que tengo datos de que el que me está traicionando saca a pastar a su rebaño en ese monte», dijo Casimiro a mi abuelo.

A las seis de la mañana, con el sol apenas asomando sus rayos por el monte de Santa Clemencia, partieron al monte que quedaba en la exacta dirección contraria. «¿Llevas el agua suficiente, Casimiro? que no te quiero regresar como aquella vez que fuimos a San Fermín» le preguntó mi abuelo a Casimiro. «Tú vente, que se nos va a hacer tarde para encontrarnos con Pelayo, el traidor». «¿Conque Pelayo es el traidor?». «Ese mismo, y me las va a pagar».

Salieron desbocados de Hervidero rumbo al cerro de San Pedro. El aura polvorienta del valle imprimía una incómoda capa en los sombreros de los dos hermanos Mendoza. «¿Y ella sabe lo que vas a hacer, Casimiro?». «No creo, pero espero que lo sospeche, porque por Filomena haría eso y más».

Habiendo subido un tercio del promontorio, Casimiro volteó atrás. Eran alrededor de las nueve de la mañana, y el cielo estaba completamente despejado, como siempre. Nada daba indicios de lo que estaba por ocurrir.

Al subir a la mitad del cerro, se encontraron con un cuervo y un zopilote que se peleaban por los restos de una vaca, la cual, deshidratada, había caído muerta en ese paraje. «Que mal destino el que le tocó a esa vaca», dijo mi abuelo. «Eso le espera al traidor», dijo Casimiro.

Mi abuelo tragó saliva en ese momento. No había otra alma cercana a ellos.  «¿Y si nos detenemos unos segundos a descansar, hermano? El sol arde con fuerza sobre el valle, y ya estoy cansado de seguir subiendo» dijo mi abuelo. «Sigamos, que la justicia, mientras más expedita, mejor sabe».

Al llegar a una cornisa que estaba justo en el borde de un peñasco, casi en la cima, Casimiro se detuvo. «Descubrí al traidor, y vivía en mí misma casa» «Pero Casimiro ¿de qué me acusas?» «Leí la carta, Nemesio. La leí completa. También la firma ¿Cómo pudiste?» «Ella nunca te quiso, Casimiro. En lo que tu tratabas su mano con su padre, yo ya hacía tiempo que la había cortejado. Tú tratabas con el pastor sin escuchar que la oveja no quería ir a tu rebaño». «Mientes, Nemesio. Mientes. Yo sabía que ella no me quería, pero creía que con el tiempo aprendería a quererme». «Ahí estás equivocado, hermano, que el amor no está atado por sogas humanas y no respeta nudos ciegos. Yo estoy enamorado de ella desde que la llevé a Santa Prisca, y fui muy bien correspondido. Como sabes, a fecha de hoy, hace dos años que estaba con ella, mientras tú llevas solamente seis meses de un amor tan fingido que los actores de las películas que ves en la plaza no pudieron interpretarlo mejor. Es por eso que, por más que quieras que ella te quiera, ella jamás te querrá». «Pero, si lo que dices del tiempo es cierto entonces…» «…Entonces el traidor eres tú, Casimiro, por no respetar los designios de Filomena por sobre los de entonces». «¡Vete, Nemesio, lárgate! Que no quiero ver tu rostro nunca más. Baja el cerro antes que yo, y por lo que más quieras, no regreses tu vista hacia acá, sea lo que fuere que tú escuches».

Mi abuelo bajó el cerro de San Pedro corriendo como alma que lleva el diablo. El valle estaba tranquilo hasta que un relámpago retumbó en este, y la lluvia volvió al valle, después de quince largos años.

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