Manjar

Andrés Guzmán Díaz

Estoy cansado de estar aquí, tan caliente, tan aburrido, tan arrepegado y juntito a todos que sentimos que no cabemos. Te veo venir y sé que es mi turno. Mírate. Eres uno más. Eres de esos que utilizan dos tipos de tenedores y cuatro tipos de cucharas, según el alimento. Si es pescado, corresponde un cuchillo redondeado; si es un corte de res, un cuchillo con dientes trituradores; si es mantequilla, un untador; si es vino tinto, una copa de vidrio ancha…

Eres de esos que más aborrezco. No tienes esa barriga que delata a los buenos aprovechadores de bufés; a los bebedores de cerveza en los partidos de fútbol porque vamos perdiendo 2-1; a los consumidores de diez tacos con doble tortilla y cebolla guisada, rábanos y frijoles en el puesto de El Paisa; a las embarazadas que encuentran oportuno cualquier momento para justificar sus antojos y su glotonería con un niño que ni siquiera ha nacido. Eres de esos que vienen porque los trajeron, sin oficio ni beneficio.

Te acompaño y mi curiosidad aumenta; ¿acaso te juzgo mal? Recorres el pasillo de los cereales. Te detienes a ver de cerca la avena que se encuentra en constante punto de hervor, con un par de rajas de canela y una nata grosísima por la grasa de la leche barata. Acá entre nos, esa es una trampa: las personas que se sirven avena pensando que es lo más nutritivo de aquí, llegan a su baño con retortijones bárbaros, pues no consideran que la lactosa hace estragos en sus estómagos ya viejos y desacostumbrados a este disacárido. Benditos sean los sustitutos de soya, de arroz, de coco, de almendra y de más.

No te suelto —me digo porque soy orgulloso— y veo que también observas con cuidado las pastas y los arroces. Dicen que Marco Polo, ese señor que anduvo por medio mundo, se enamoró tanto de los fideos orientales que le rompía el corazón cuando no podía atenazarlos con palillos. Dicen que, frustrado pero empecinado, osó remplazar la herramienta por un tenedor. Con todo y eso, al pobre aún le costaba harto trabajo llevar la porción a su buche, de manera que fue cortando cada vez la extensión de los fideos. Así, de luengas y finas hebras divinas, surgieron en Italia —adonde las introdujo el desdichado— cortas y toscas piezas de harina, indignas de la Última Cena.

Te diriges a la mesa sin tomar ningún alimento. Estaba seguro de que eras un despreciable comensal, pero jamás imaginé que fueras uno tan ruin como para solo echarse un taco de ojo. ¿Nada es lo suficientemente bueno para tu paladar exigente? Es que no sé qué se me antoja, dices después de que te preguntó una señora por qué no trajiste nada. Acto seguido, realizas un golpe bajo: Madre, pásame un poco de tu ensalada. ¿Quieres que también te pase de esto?, pregunta un señor. Sí, papá, por favor.

Pones tu servilleta en tu regazo y utilizas un mismo tenedor para lechuga, jitomate, arroz, huevo y salchichas. Parece que en cierto sentido te he juzgado mal, pero, al mismo tiempo, nunca consideré que fueras un ave de rapiña. Peor aun: me dejas media porción de la ensalada y media porción de los huevos y la salchicha. En este punto me resigno a que me dejes y vayas por un colega limpio.

De nuevo me equivoco y me tomas con fuerza y determinación. Agarra otro, grita tu madre. Igual todo va para donde mismo, respondes. No sé si en esa tu respuesta hay rabia o insolencia o mera juventud.

Vuelves a tomar un poco de ensalada y jitomates. Pones un poco de spaghetti y un poco de tagliatelle. Utilizas las pinzas para agarrar tortas de papa, embutidos fríos y rebanadas de pan. Por poco me desmayo cuando te vi usar una misma espátula para lasagna y chilaquiles, porque este último platillo parecía no tener utensilio correspondiente.

Eres, sin duda, un espécimen único, abominable hombre de las degustaciones. Terminas de comer todos y cada uno de los platillos que este bufé ofrece: entradas y postres, guarniciones y aderezos, cocteles y guisados, panes y tortillas… Creí en algún punto que estaba a punto de vomitar, dices cuando terminas el último bocado de esa enchilada suiza cuyo queso se doró un poquito en las orillas.

Estás saciado, pero tu apetito colosal te lleva a preguntarle a tu padre: ¿dónde conseguiste ese platillo? Ante ti, un guisado extraño de algún tipo de carne suave, como lengua o labio o sesos de res, ahogados en una salsa verde que brilla y expide un humillo que indica que acaba de ser preparado. Él dice que lo tomó cerca de los tacos de canasta, que un señor salió con una olla y preguntó, a quienes estaban cerca, quién quería este platillo que habían preparado para los trabajadores.

Enloquecido, te diriges hacia los alrededores de esos tacos de canasta, buscando frenético ese humillo con sabor a tomate asado con cebolla y ajo y condimentado con cilantro. No encuentras más que los mismos tacos de canasta y los frijoles que ya devoraste, así que decides regresar derrotado a la mesa con tu familia. Tu hermana se ríe un poco y crees que se burla de ti.

Me clavas la mirada y visualizas todos aquellos alimentos que acabas de engullir. Yo soy ahora un plato limpio, inmaculado, cuyos pecados han sido expiados por el tragón del reino de los voraces. No se asoma en mí ninguna migaja, ninguna salsa, ningún residuo que delate que de mí se ha alimentado ese cordero que se sacrifica por el mundo. Me sigues clavando la mirada, absorto. Tus ojos son a la vez martillos y clavos que me crucifican y me divinizan. He aquí la ostia más pura y blanca, cuerpo de mi cuerpo que son otros cuerpos descuartizados, ensalzados y ensalsados.

En un instante, cuando tu contemplación fija parecía romper toda relación de tiempo y espacio, escuchamos todos unos sonidos nasales y guturales muy extraños que vienen de tu cuerpo. En un instante, cuando tus ojos se desorbitaban y daban vueltas cual poseído, regurgitaste un alimento nuevo desde tus entrañas: ese mismo guisado extraño de algún tipo de mezcolanza de carnes y verduras, ahogados en una salsa descolorida que brilla y expide humo ligeramente.

En efecto, los comensales nuevos que no fueron testigos de esta multiplicación de los alimentos habrían de preguntarte ¿dónde encontraste ese platillo? Por supuesto, habrías entonces de decirles que no habrá manjar más suculento que este que es sangre de tu sangre, jugos de tus jugos. Levantemos el tenedor, así como tenemos las miradas y el corazón levantados hacia este señor glotón que eres tú.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s