La inapetente gula de Cristina

Liana Pacheco

La vida de un oficinista o, como nos denominaron en la actualidad, Godín no es tan abrumadora como hacen parecer algunos memes. No, al contrario: cada día, luego de verificar la hora de entrada, nos aguardan sorpresas y emociones en los límites de nuestro escritorio. Algunas veces puede ser algo simple, como que recursos humanos autorizó salir temprano el viernes de partido de la selección; otras más gratificantes, como el día que me dieron una nueva silla, giratoria y reclinable. Casi lloré de alegría cuando deseché mi vieja silla, desgastada y con el insoportable olor a culo por el enorme trasero de mi antecesora, eso dicen.

Pero lo más interesante fue la experiencia que viví con Cristina, una antigua compañera cuyo paso por la oficina vino a sacudir el rutinario ambiente laboral. 

La primera vez que hablé con Cristina fue en la hora del almuerzo. En aquella época, acostumbraba ir a la fonda con Elena, quien llevaba casi diez años trabajando en la misma empresa que yo. Aquel día, decidí sentarme con ella. Recuerdo bien la incomodidad de ser «la nueva» y no conocer a nadie, y me dio pena dejarla sola. Y Elena no tuvo inconveniente en que nos acompañara; además, sentía curiosidad por saber más de la nueva contadora de la oficina.

Nos saludó con un simple «hola». En el momento que se levantó al baño y la vi contonearse como si estuviera en una pasarela, no pude evitar pensar que alguien debía decirle que ser flaca no era sinónimo de sensualidad y que sus ojos claros no mejoraban su rostro poco agraciado, pero no dije nada y le di un codazo a Elena para que no perdiera ningún detalle. Cuando el mesero nos llevó lo que ordenamos, no pude evitar que se me hiciera agua la boca. Cristina había pedido enchiladas suizas con queso gratinado; al ver los vegetales y el pollo hervido que conformaban mi desayuno, me arrepentí de haber iniciado la dieta ese día, aunque los lunes tienen la inherencia de la motivación para iniciar una dieta o algún otro proyecto que a los pocos días quedará postergado. 

Cristina no habló. «Es falta de confianza», pensé. Lo extraño es que no comió mucho. A pesar del suculento plato que tenía en frente, dio unos cuantos bocados, luego revolvió la comida y, al final, arrojó las servilletas sucias encima de esta, como si adivinara mi intención de pedirle que me compartiera de su comida. Me pregunté si padecía un desorden alimenticio. Pero no quise ser impertinente ni tener una impresión errónea; habría que conocerla y corroborar si era tan desagradable como me pareció.

La segunda vez que nos acompañó, el ritual alimenticio se repitió: un suculento platillo, pocos bocados, revoltijo de comida, servilletas sucias encima y nula participación en nuestra charla. Así que preferimos indagar y Elena le preguntó sobre su trabajo anterior. «¿Qué hacías?», «¿era muy estresante?» Ella respondió con amabilidad a nuestras interrogantes. Ya en confianza, me atreví con una más arriesgada: «¿por qué te saliste de ahí?» Hubo un silencio incómodo y sus pupilas claras se posaron en mí. Estaba a punto de retractarme, cuando, sorpresivamente, de sus escasas respuestas nos brindó una extensa —y algo innecesaria, a mi parecer— explicación de lo que le sucedió.

Resultó que, en la empresa donde trabajaba, tenía a su cargo un equipo de repartidores. Empezó a salir con uno de ellos, a los pocos meses se mudaron juntos y ella quedó embarazada. El problema fue cuando se enteró el cuerpo directivo de la empresa. Al haber una política de restricción de relaciones amorosas entre el personal, les dieron un ultimátum: se iba uno por su voluntad o ambos eran despedidos. Él la persuadió a renunciar —nos dijo— con el argumento de que pasara su periodo de gestación en la tranquilidad de su casa; él se haría cargo de ambos. 

Después se quedó en silencio mientras giraba el tenedor sobre la comida. Para romper la tensión le dije que viera el lado bueno: ya tenía empleo y contaba con el apoyo de su esposo. Ella me dirigió una mirada penetrante y dijo que no, de hecho, estaba separada. Él la había engañado con una desagradable mujer, ¡una gorda! Aunque ella puso una demanda de pensión alimenticia para el niño, pasó medio año desempleada, viviendo en casa de su madre, quien la culpaba por «revolcarse con un chófer de cuarta». Elena y yo cruzamos miradas, compartiendo el sentimiento de incomodidad que nos generó escuchar las intimidades de Cristina. Sin darnos oportunidad de finalizar su perturbadora charla, ella continuó hablando mientras hizo a un lado su plato de revoltijo de comida y papel y sacó su celular. 

Dijo que su expareja ya llevaba más tiempo con esa gorda del que duró con ella. Nos preguntó si queríamos conocerla y, sin escuchar nuestra respuesta, prosiguió. Puso sus brazos alrededor de su estómago como si sostuviera un flotador invisible e infló las mejillas simulando la inmensa gordura de la nueva pareja de su ex. Con su teléfono nos mostró la cuenta de Facebook de la mujer, que por la descripción que había escuchado, pensé que era una mujer de desbordantes proporciones; en cambio, me topé con la foto de una joven de complexión media. «¡Vean la pinche gorda por quien me abandonó!». Por fortuna, la hora del almuerzo estaba por terminar. Elena y yo solo atinamos a decir que era una pena que todos los hombres fueran iguales. Después, Cristina ya no volvió a acompañarnos. Yo le comenté a Elena que era mejor prescindir de su compañía. «Me da mala espina que desperdicie la comida», dije y ella rio a carcajadas. 

Por comentarios de los demás compañeros me enteré de que Cristina hacía gala de un modo prepotente y soberbio con su equipo. En una ocasión, la vi humillar a una empleada, supuestamente por empaquetar mal un producto. La joven preguntó cuál era el error, pero en lugar de responderle, arrojó el paquete al suelo. «Levántalo, después te vas a limpiar los baños y cuando aprendas a hacer las cosas bien, regresas». Lo dijo sin importarle la presencia de otros empleados y clientes. Al poco tiempo, me enteré de que la joven había sido despedida. 

Cristina continuó su trabajo, hasta que el personal a su cargo recurrió al gerente de la empresa para externar su inconformidad por la manera en que su jefa los trataba. Un día, la secretaria del gerente me dijo: «Amiga, te tengo un chisme. Pero promete que no dirás nada a nadie. ¡Van a despedir a la Cristina!». Me dijo que no precisamente por las quejas de su personal, sino porque Cristina y su jefe tenían una relación, pero que él ya estaba aburrido de ella. «¡Ay, gordis! Prometiste guardar el secreto, ¿eh?», me recalcó antes de marcharse presurosa con una taza de café.

El reemplazo entró a la oficina del brazo del gerente: una joven de prominentes curvas y grandes pechos. En su rostro se notaba la ilusión que todo recién egresado siente al integrarse al mundo laboral. Pero su sonrisa se turbó cuando Cristina se fue a golpes contra el gerente. Todos permanecimos boquiabiertos y nadie intervino; preferimos escuchar la retahíla de intimidades que ella, en el éxtasis de su furia, gritó: como su deficiente desempeño sexual en el cuarto de mantenimiento y las horas que pasaban encerrados en la oficina, que no eran precisamente para asuntos de trabajo. Intentó agredir a su sucesora, también, proclamando que jamás permitiría que una gorda ocupara su lugar. Finalmente, el guardia de seguridad intervino y detuvo el alboroto. 

Resultó que iban a hacer que Cristina capacitara a esa joven, sin saber que era su reemplazo. Después, cuando la nueva estuviera preparada para el puesto, le despedirían ofreciéndole una jugosa indemnización y así evitar una demanda laboral. Pero con su arrebato de cólera se ganó un despido justificado, sin dinero ni, mucho menos, carta de recomendación. Y aunque algunos se preguntaban cómo se enteró, al cabo de unos días olvidaron el asunto.

La respuesta es que fui yo. Fingiendo estar preocupada por ella, le dije que la iban a despedir, pero que continuara con su trabajo habitual con tal de asegurar su jugosa liquidación, y que no le enseñara de forma correcta las actividades a la nueva para que hiciera mal las tareas del puesto. Cristina accedió y me agradeció ser tan gentil. Lo hice a sabiendas de que su soberbia no le permitiría controlar la voracidad de sus impulsos al verse reemplazada por alguien de esa complexión. 

¿Qué me motivó a hacerlo? Mi madre decía que desperdiciar la comida era pecado y me castigaba cada vez que no terminaba la porción de mi plato. Con el pasar de los años arraigó esa idea, y actualmente muestro con garbo las voluminosas curvas de mi cuerpo. Además, estoy harta de personas como Cristina,que se refieren a personas como yo con la despectiva palabra de: «la gorda».

Liana Pacheco (Oaxaca, México, 1986) estudió Administración de empresas. En 2018 fue seleccionada para el taller de novela corta de Editorial Almadía. Ha publicado en diarios como Noticias, voz e imagen y revistas literarias. En octubre de 2019 autopublicó una selección de sus mejores cuentos en un libro de corte artesanal, presentado en la XXXIX Feria Internacional del Libro de Oaxaca. En enero del 2020 este libro fue seleccionado por la Alcaldía de Coyoacán, Ciudad de México, para el programa de promoción a nuevos escritores «Coyoacán en tus letras».

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s