Gracias a Dionisio

Gloria de la Soledad López Perera

¿Acaso un hijo del dios Zeus no era capaz de sobreponerse a tal espanto y llevar adelante la misión perseguida?

Eso pensó Dionisio cuando la tormenta descargó con fuerza sobre ellos y el duro granizo destrozó sin aflicción las hermosas vides que con tanta pasión había plantado en las colinas de Puglia, su amada tierra. 

Pero aquella prueba enviada por los despiadados dioses del Olimpo no supuso para él un final, sino el inicio de algo nuevo, algo mejor.

Retomó el duro trabajo pero, como no deseaba hacerlo, solo enseñó a los hombres el arduo trabajo de cultivar la vid, los cuales, en reconocimiento, le alzaron estatuas en su honor. 

Para procurar que los titanes no volvieran a descargar su ira contra sus terrenos se convidó a su abuela Harmonía, quien, orgullosa del trabajo de su nieto, inundó la tierra de armonía y concordia.

Pasados los meses y contadas las lunas, Dionisio convocó de nuevo a los hombres y mujeres de todos los pueblos de la comarca. En una reunión alegórica, recogieron las uvas y un Dionisio orgulloso dirigió la vendimia.

Y aquel caldo, que salía a borbotes y colmaba jarras y vasos, tuvo un poder de liberación en los asistentes. Pasadas las horas entre danzas frenéticas y la ingestión de tanto vino, llegaron al éxtasis y a la locura.

El logro de Dionisio corrió como la pólvora y todos deseaban conocer el secreto de aquel producto mágico que sanaba el alma y endulzaba el paladar. 

La fertilidad de las tierras permitió que las vides crecieran con fuerza y vigor por todo el planeta y, en símbolo de gratitud, las fiestas en honor a la diosa Deméter comenzaron a celebrarse en la época de la vendimia, congraciando con tal elixir a los asistentes, quienes disfrazados bailaban y cantaban odas de agradecimiento. 

No hubo lugar donde no llegara, ni quedó hombre o mujer que no lo probara, ni tampoco celebración en la que faltara. 

De eso ya han pasado muchos siglos y el gusto por tal caldo ha sobrepasado el límite de los tiempos.

Por eso sobra decir que, a día de hoy, gracias al buen hacer de un dios, llamado Dionisio por los griegos y renombrado Baco por los romanos, podemos degustar en nuestras mesas la bebida más preciada del planeta, el vino. 

Gloria de la Soledad López Perera reside en la isla de Tenerife, Islas Canarias, España. Es escritora, miembro de la junta directiva de la Asociación Cultural Canaria de Escritores, directora de la Revista digital de ACTE y miembro del Coletivo Arando Letras México en Tenerife. Su novela La leva del poder fue publicada en 2015 y muchos de sus relatos, microrrelatos, nanorrelatos, siglemas y cuentos han sido publicados en diversas antologías a niveles nacional e internacional, por los cuales ha obtenido, en muchos casos, premios y menciones honoríficas.

¿Acaso un hijo del dios Zeus no era capaz de sobreponerse a tal espanto y llevar adelante la misión perseguida?

Eso pensó Dionisio cuando la tormenta descargó con fuerza sobre ellos y el duro granizo destrozó sin aflicción las hermosas vides que con tanta pasión había plantado en las colinas de Puglia, su amada tierra. 

Pero aquella prueba enviada por los despiadados dioses del Olimpo no supuso para él un final, sino el inicio de algo nuevo, algo mejor.

Retomó el duro trabajo pero, como no deseaba hacerlo, solo enseñó a los hombres el arduo trabajo de cultivar la vid, los cuales, en reconocimiento, le alzaron estatuas en su honor. 

Para procurar que los titanes no volvieran a descargar su ira contra sus terrenos se convidó a su abuela Harmonía, quien, orgullosa del trabajo de su nieto, inundó la tierra de armonía y concordia.

Pasados los meses y contadas las lunas, Dionisio convocó de nuevo a los hombres y mujeres de todos los pueblos de la comarca. En una reunión alegórica, recogieron las uvas y un Dionisio orgulloso dirigió la vendimia.

Y aquel caldo, que salía a borbotes y colmaba jarras y vasos, tuvo un poder de liberación en los asistentes. Pasadas las horas entre danzas frenéticas y la ingestión de tanto vino, llegaron al éxtasis y a la locura.

El logro de Dionisio corrió como la pólvora y todos deseaban conocer el secreto de aquel producto mágico que sanaba el alma y endulzaba el paladar. 

La fertilidad de las tierras permitió que las vides crecieran con fuerza y vigor por todo el planeta y, en símbolo de gratitud, las fiestas en honor a la diosa Deméter comenzaron a celebrarse en la época de la vendimia, congraciando con tal elixir a los asistentes, quienes disfrazados bailaban y cantaban odas de agradecimiento. 

No hubo lugar donde no llegara, ni quedó hombre o mujer que no lo probara, ni tampoco celebración en la que faltara. 

De eso ya han pasado muchos siglos y el gusto por tal caldo ha sobrepasado el límite de los tiempos.

Por eso sobra decir que, a día de hoy, gracias al buen hacer de un dios, llamado Dionisio por los griegos y renombrado Baco por los romanos, podemos degustar en nuestras mesas la bebida más preciada del planeta, el vino. 

Gloria de la Soledad López Perera reside en la isla de Tenerife, Islas Canarias, España. Es escritora, miembro de la junta directiva de la Asociación Cultural Canaria de Escritores, directora de la Revista digital de ACTE y miembro del Coletivo Arando Letras México en Tenerife. Su novela La leva del poder fue publicada en 2015 y muchos de sus relatos, microrrelatos, nanorrelatos, siglemas y cuentos han sido publicados en diversas antologías a niveles nacional e internacional, por los cuales ha obtenido, en muchos casos, premios y menciones honoríficas.

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