Elogio de la sensualidad

Rodrigo Ruy Arias

Jorge Martínez (Guadalajara, 1919-2011) fue un gran pintor tapatío. La Universidad de Guadalajara —donde fungió como docente y director de la Escuela de Artes Plásticas— le rindió homenaje con la publicación, en 1996, del libro Jorge Martínez de todos los tiempos.

Martínez inició sus estudios de pintura a los dieciséis años, de manera particular, con el maestro Jesús Guerrero Galván, cuya temática principal era el mexicanismo. Posteriormente, en el estudio del maestro Francisco Rodríguez Caralla —ubicado en contra esquina del mercado Corona, por la calle Independencia—, donde tuvo como compañeros de caballete a Juan Soriano, Raúl Anguiano y María Fernández de la O.: «Eran tiempos en que se aprendía la pintura a través de clases particulares», comenta su alumno y hoy catedrático del Departamento de Artes Visuales, Jorge Pérez y Pérez.

Proveniente de una familia rica, Jorge Martínez se vio forzado a estudiar la carrera de ingeniero civil. Habiendo concluido sus estudios, le mostró el título a su familia, a la vez que les manifestaba el verdadero interés de su vida: ser pintor.

Fue en una exposición de artistas jóvenes, organizada por Caralla, en donde el maestro José Clemente Orozco conoció la pintura de Jorge Martínez y decidió convertirlo en su ayudante para toda su obra muralística realizada en Guadalajara.

Jorge Martínez, convertido ya en un referente de la pintura en Jalisco, fundó en 1953, la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara (hoy Departamento de Artes Visuales), en donde fungió como director hasta 1960.

Martínez llevó al nivel más alto la técnica conocida como piroxilina, hecho que le valió el mote de «el mago de la piroxilina». Su obra, mezcla de realismo extremo y fantasía, ha sido descrita como realismo mágico.

Académico irredento, Martínez se obsesionó por el volumen a través de dos ejes temáticos: los alimentos, sean carnes o frutas (peras, manzanas, mandarinas, granadas, membrillos,etc.), y el cuerpo humano que, en su desnudez, aparece fragmentado (senos, dorsos y traseros); una combinación sensualista/sexualista. La textura y el volumen de las frutas, relacionada subliminalmente con la sexualidad humana.

En esta imaginería fantástica, frenética, hasta cierto punto hiperrealista, el maestro Martínez jugó como si se tratara de una obra clásica del siglo XX (pienso en Así hablaba Zaratustra de Strauss o Los planetas de Gustav Holst); una sinfonía cósmica en donde los frutos se sostienen como planetas en un espacio lúdico al lado de los cuerpos desnudos, sumergidos en las galaxias metafóricas del acto creativo.

Para Freud, el hambre es el primer instinto del ser humano. El recién nacido satisface el hambre al succionar el seno de la madre, hambre saciada a partir de la pulsión sexual. Jorge Martínez parece invocar esa tesis freudiana. Los frutos invocan el placer del sexo, instinto primario que, sin embargo, parece no saciar nuestra mirada, ávida de seguir mirando.

Jorge Martínez vivía por la calle Juan Manuel, a la vuelta de la Escuela de Artes Plásticas. En esa mansión fantástica, como sus cuadros, y en la Escuela de Artes Plásticas instruyó a uno de los más grandes pintores del Jalisco contemporáneo: Jorge Pérez y Pérez.

Sabedor de que las escuelas deben tener una continuidad, decidió heredar sus secretos a uno de sus alumnos: lo convirtió en su espejo, una imagen que evoca el principio y el fin, la juventud y la vejez, el nacimiento y la muerte; una semiótica de la trascendencia.

Referencia

Martínez, Jorge (1996). De todos los tiempos. Guadalajara: Universidad de Guadalajara.

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