El viaje de las semillas

Andrea Rodríguez

La comida es parte esencial de nuestra cultura: vamos a la mesa para toda clase de eventos, desde los ostentosos pasteles de boda, hasta el agrio café con galletas de un velorio; realizamos festivales masivos en torno a la gastronomía de una región, como la tradicional Feria del Elote; realizamos series e historias referentes a aquellos platillos con los que nos identificamos e, incluso, hemos construido rituales y mitos a su alrededor, como la diosa Kaciwali, encargada del maíz a la que los wirraritari aun veneran.

Seguramente, no obstante, la mayoría de los habitantes urbanos de estos tiempos (post)modernos ignoran en buena medida la labor detrás de aquellos alimentos que algunos han tenido el privilegio de dar por sentados. Para nosotros, el tipo de suelo, los sustratos con los que se enriquece, la profundidad que necesita cada semilla, las plagas y hongos que amenazan sus frutos nos resultan una alquimia extraña, casi imposible para quien ya ha secado alguna planta ornamental por mano propia.

Tampoco debería haber vergüenza en admitirlo: nuestros actuales métodos de agricultura son el resultado de numerosas investigaciones y experimentos. Entre ellos se encuentra el trabajo del botánico y genetista ruso Nikolái Vavílov (Николай Вавилов). Discípulo de William Bateson (de quien recibió su tendencia mendeliana), Vavílov fue pionero en el mejoramiento de las semillas con el afán de abastecer las necesidades alimenticias de su país.

Dentro de su investigación, emprendió una de las mayores hazañas en su ramo: realizó alrededor de sesenta expediciones por todo el mundo en las cuales recolectaba semillas locales, estudiaba su contexto ecológico e incorporaba información lingüística, histórica, arqueológica y antropológica a fin de comprender la manera en que tanto las condiciones geográficas como las acciones humanas habían influido en el desarrollo de los especímenes que encontraba a su paso. Su colección alcanzó aproximadamente doscientas mil muestras que eran conservadas y sembradas en más de cien estaciones experimentales. 

En 1925, la Unión Soviética lo puso al frente del Instituto de Botánica Aplicada y Nuevos Cultivos de Leningrado. En este mismo año, Vavílov encargó a Voronov y Sergei Bukasov la organización de la primeraComisión Científica Soviética en México; las muestras que se recolectaron en este contacto sentaron las bases para experimentos de introducción de cultivos en lugares tan remotos como Kazajistán, a donde llegaron las calabazas mexicanas. El propio Vavílov recorrió la costa del Pacífico, la Faja Neovolcánica, Oaxaca y el norte del país en 1930; y visitó Yucatán en 1932. Adicionalmente, la lista de países que visitó es amplia: Irán, Francia, Alemania, Polonia, Holanda, Suecia, Afganistán, Siria, Palestina, Argelia, Marruecos, Túnez, China, Corea, Japón, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Brasil, Argentina, Puerto Rico, entre muchos otros.

Una de las más importantes aportaciones del científico fueron los centros de origen, también conocidos como centros Vavílov. Anteriormente, se creía que toda manifestación de agricultura se había concebido en alguna parte de Medio Oriente, pero Vavílov y su equipo insistían en que había diferentes puntos donde había surgido la domesticación de diversas plantas (algunos de ellos lejos de la agricultura a gran escala). Independientemente de dónde se cultive, por ejemplo, maíz, frijol, trigo, o papa, estos centros son esenciales para la biodiversidad y la alimentación humana, pues para que los cultivos sean viables necesitan de las variantes que sólo se encuentran en su centro de origen.

Vavílov propuso ocho centros de origen: China, India, Región Indo-Malaya, Asia Central, Cercano Oriente, Etiopía, Mediterráneo, Sudamérica y, finalmente, México y Centroamérica. En un artículo de 1931 enlistó más de sesenta especies que ubicó en este último centro de origen, incluyendo el maíz, tres especies de frijol, cuatro especies de calabaza, el chile, el jitomate, el amaranto, el aguacate, la guayaba, las jícaras y el capulín.

Lamentablemente, la vida de Vavílov tuvo un final trágico. Hostigado por una fuerte campaña de difamación por parte de Trofim Lysenko, y en el marco de la Gran Purga organizada por Stanlin en 1940,Vavílov es injustamente acusado de espionaje para el Imperio Británico. El hombre que buscaba una solución para alimentar a su país murió de inanición en 1943 a la edad de 56 años. 

Paralelamente, los nazis sitiaban Leningrado y se organizaban comandos especiales en busca de apoderarse de la colección de Vavílov en el Instituto de Botánica Aplicada, por lo que sus colaboradores realizaron grandes esfuerzos por resguardarla, algunos de ellos muriendo de hambre en medio de aquella vastedad. Gracias a estos hombres y mujeres el trabajo de Vavílov pudo ser conservado y restaurado al final de la Segunda Guerra Mundial. Durante la década de 1960, la comunidad científica soviética logró que se reconocieran los méritos de su colega y, en 1968, el Instituto de Botánica Aplicada de Leningrado cambió su nombre a Instituto Vavílov. Incluso después del rompimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el instituto continuó con su trabajo, así como expediciones botánicas, como la realizada en 2011 en Tajikistán.

La historia de Vavílov ofrece profundas reflexiones en diversas aristas: la increíble sensibilidad del científico, su apertura a conocer otras culturas y las relaciones que estas guardaban con su trabajo; los obstáculos que los avances científicos enfrentan hasta la actualidad debido a los intereses políticos y económicos en turno; e, incluso, el gran compromiso de los individuos por un propósito mayor.

Sobre todo, me parece necesario hacer hincapié en nuestra responsabilidad —siendo una nación tan diversa y un centro de origen— de conservar estas especies que fascinaron a un extranjero —al grado de morir por ellas—, las cuales ahora se ven amenazadas por el mercado desigual de las semillas con patentes, resultado de las grandes transnacionales. La agrobiodiversidad depende de la interacción del ser humano con la naturaleza, es un proceso vivo que puede verse alterado, mejorando los campos o encareciéndolos.

A nivel local, en la ciudad de Guadalajara se encuentra Xokol, tortillería y «antojería». Aquí no sólo se recuperan las recetas prehispánicas, sino que también se utiliza maíz criollo, cultivado en la región mazahua. Si tienes oportunidad, puedes preguntarle al equipo detrás de este proyecto respecto a la situación del maíz criollo y sus productores, pero, ante todo, saborear una de las tortillas recién hechas con que te reciben y por un instante deleitarte con el sabor, resultado de miles de años de convivencia entre los mexicanos y la tierra que nos vio nacer.

De esta manera, te invito a preguntarte desde cuál rincón del mundo se originaron los ingredientes que han llegado a tu mesa y qué puedes hacer tú para conservar la agrobiodiversidad sobre la que estamos sentados.

Referencias

Jardón-Barbolla, Lev (2015). Orígenes y diversidad a la mitad de las montañas: Nikolai Vavilov, México y las plantas domesticadas. Oikos (1), 6-10.

Macaria (2011, 10 de agosto). Nikolai Vavilov y el origen de la biodiversidad agrícola. Unisem. Recuperado el 6 de junio de 2020 de https://semillastodoterreno.com/2011/08/nikolai-vavilov-y-el-origen-de-la-biodiversidad-agricola.

Ruiz Marrero, Carmelo (2012, 23 de mayo). El logro de Vavilov. Biodiversidad LA. Recuperado el 6 de junio de 2020 de http://www.biodiversidadla.org/Documentos/El_logro_de_Vavilov.

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