Efecto paradojal

Juan Cruz López Rasch

En una bolsa plástica, sellada al vacío, se encuentra la cabeza cercenada de Gonzalo Moretti. Sus últimos y sabrosos restos mortales descansan allí, en la heladera. Si lográramos echar un vistazo al contenido de la bolsa, advertiríamos una cabellera ligeramente rapada, una barba finamente recortada, y escrutadores ojos azules que, durante mucho tiempo, fueron acompañados por gafas meramente decorativas y sin aumento. Corona al muerto, y coronó el aspecto del ser vivo que supo ser, un pendiente de color negro, ubicado sobre una oreja izquierda, que ahora está ligeramente mordisqueada. Sabroso, delicioso, suculento, el cuerpo conservado de Moretti lo tiene todo. Constituye entonces, si se me permite la humilde expresión quizáincorrecta y desafortunada, un cadáver exquisito.

Antes de convertirse en un ingrediente más de un platillo elaborado, Moretti era un chef profesional, reconocido nacional e internacionalmente. Galardonado en múltiples y variadas instancias, Moretti tenía lo que un cocinero del jet set necesitaba para sobresalir. Y vaya que se requería mucho para destacar dentro del universo gastronómico de las clases acomodadas. Consideremos las innumerables pretensiones cosmopolitas que tenían este tipo de consumidores, o las preocupaciones más acuciantes que atormentaban sus vidas, como la posibilidad de llevar caniches en el subterráneo, ir a la barbería, tomar cerveza artesanal o experimentar divagues metafísicos en paisajes de montaña. Todos esos comensales se sentían atraídos por el curioso refinamiento social del gusto. Ese paladar, veleidoso y transmutable, ajeno a las voluntades individuales, que nadie tenía muy en claro de dónde provenía y hacia dónde iba.

Por eso, la pregunta que debemos hacernos, mis queridos comensales, es qué es lo que hace que una persona, una comida, un producto al fin, sea aceptado, querido, valorado, anhelado. Producto y productor, obra y artista, platillo y chef, deben ser ¿llamativos? Preferiría el término «comestibles», tal vez «apetecibles», para la boca y para los ojos. Moretti sabía perfectamente eso y había hecho de sus habilidades culinarias, pero también de sus encantos naturales y artificiales, refinadas y agradables cartas de presentación. La dificultad, claro está, radicaba en el carácter cambiante e impredecible de los usos y costumbres en boga, fueran gastronómicos o estéticos, si es que algo diferenciaba a los primeros de los segundos.

A pesar de todo, y durante mucho tiempo, Moretti se las había ingeniado bien para sobrevivir a todos los plurifacéticos y cambiantes requisitos de un eterno presente líquido y voluble como el agua. Modificó hasta el límite de lo imposible tanto su comida como su cuerpo para adaptarse a los transmutables estándares de lo fashion. A lo largo del tiempo logró habituarse al fanatismo por el sushi, al levantamiento diario de pesas, a la fascinación desmedida y peligrosa por la carne de cerdo, al amor por el fitness, al vegetarianismo excesivo, a la religiosa celebración de quinientas abdominales por día, a las recetas agridulces, a la necesidad de estar bronceado todo el año, al fetiche por las brusquetas, a la imperiosa obligación de beber cinco litros de agua por día, y al veganismo (sí, leyeron bien, incluso al veganismo). Así, Moretti se desempeñó en cuanta preparación gastronómica y actividad física había exigido ese monstruo sin rostro ni forma llamado moda. El problema era que Moretti, pese a sus reiterados esfuerzos, tenía lo que una personalidad del espectáculo había denominado como «genética poco privilegiada». El argumento, cercano al de Josef Mengele, delataba la facilidad con la que Moretti podía incrementar, pese a sus denodados esfuerzos en el gimnasio, el tamaño de su estómago, de sus tripas, de sus colgajos, de su papada. Esto no le había generado importantes dificultades al respecto, hasta el último tiempo que le quedó de vida. Fue entonces cuando se encontró con un terrible problema: la exaltación, el endiosamiento, por parte de sus comensales, de los sujetos esmirriados.

De allí en más, los clientes de Moretti optaron, o creyeron optar, por la búsqueda frenética de culos turgentes con la piel pegada al hueso, de bíceps definidos y rígidos como los de un cadáver con rigor mortis, y de piernas raquíticas como las de los avestruces. No era ilógico. Los habituales consumidores del arte culinario de Moretti eran elegantes, eran cool, eran «finos», podríamos decir. ¿Saben cuál es el antónimo de «fino»? Grueso, ancho, ¡GORDO! ¿Y saben qué nos hace gordos? Prácticamente todo. Para su propia clientela, Moretti pasó a transformarse en un cocinero obeso, preocupado por hacer ejercicio, pero regordete al fin y al cabo. «Un chef rechoncho es muy de los noventa», había sentenciado uno de los comensales de Moretti. Pero, ¿Moretti era gordo? No lo sabemos. Consideremos que, en ese entonces, sólo los que tenían el riesgo de caer en la inanición, de manera voluntaria, eran caratulados como delgados. 

Moretti, entonces, se encontraba frente a una encrucijada: ¿cómo cocinar?, ¿cómo no ensanchar la cintura durante la elaboración gastronómica?, ¿cómo preparar un platillo digno del más elevado paladar sin probar, sin saborear, sin degustar uno y otro ingrediente hasta alcanzar el epítome culinario más alto?, ¿cómo hacer todo eso y no incrementar el tamaño de las carnes propias en el proceso?

Las preguntas volvían loco a Moretti. Toda su vida había sido un tipo adusto, serio, pero esos interrogantes lo transformaban en un frenético. Gritaba y golpeaba las mesadas, arrojaba copas y vasos, exigía a sus ayudantes que lo dejaran solo para pensar, y demás. El estrés por la ¿apremiante? situación que vivía lo llevaba a devorar. Y manducar es como rascarse: cuando uno empieza, no puede parar. Tragaba, tragaba y tragaba. Y sus carnes crecían, crecían y crecían. Para saciar la ansiedad, insaciable, Moretti se refugiaba en lo que más le llenaba la panza: el aceite, las harinas. «Grasa, mal», dirían sus clientes y críticos gastronómicos. Algunas noches, sumido en la depresión, Moretti deambulaba por las pizzerías de la ciudad. Avergonzado, engullía una fugazetta rellena detrás de otra, hasta atragantarse, hasta descomponerse y vomitar por las calles. Cada mordida lo encendía, lo extasiaba, pero también lo engordaba. Ya no alcanzaban las horas en el gimnasio, los litros de agua, los laxantes, incluso los reiterados atajos bulímicos. No, ya no alcanzaba. Ahora no sólo debía hallar el Santo Grial de la comida, sino también adelgazar. ¿Cómo podía presentarse frente a sus clientes?, ¿cómo podía pararse ante esos ojos vacíos, desesperados por comida de alta escuela y por ver a un tipo esbelto que se las preparara? Entonces, una noche, cuando derramaba su contenido gástrico sobre el concreto, Moretti tuvo una revelación. Las lágrimas pasaron por sus mejillas, pero también por la comisura de sus labios. Se pasó la lengua por allí, y sintió un gusto ligeramente salado. Fue un momento hermoso que disparó todo.

A partir de entonces, Moretti tuvo una especie de retiro. Nadie pudo precisar durante cuánto tiempo estuvo ausente. En tiempos como los nuestros, todo parece transcurrir demasiado rápido, o demasiado lento, dependiendo del caso. La cuestión es que Moretti, en algún momento, reapareció, triunfal y trágicamente. Anunció que ofrecería una exclusiva y selecta cena a lo más lindo de la ciudad. Prometió una novedosa oferta gastronómica, acompañada por una renovada y estilizada figura. Ese día, se podía ingresar al restaurante de Moretti únicamente con invitación. Por supuesto que la invitación debió ser abonada, pero todos los comensales la pagaron gustosos, ¡y cuánto la pagaron! El mejor invento del capitalismo: demandantes de productos innecesarios que se sienten orgullosos por gastar, por consumir, por adquirir y por comprar algo que rebasa, de forma abismal, su costo de producción y sus necesidades fisiológicas acuciantes, por supuesto.

Todos los asistentes a la cena, claro está, eran flacos, bellos, erguidos, con esa mirada segura, altiva, dispuesta a devorarse todo (y a todos), sin engordar en el intento. Moretti entró al salón una vez que todos estuvieron sentados en las mesas. Su llegada generó múltiples comentarios. «¿Está más delgado?», inquirió uno de los invitados. «¿Cómo hizo para perder toda la panza?», preguntó otro, con una importante dosis de envidia. «Creo que está un poco rengo», advirtió un tercero, bajando su tono de voz hasta niveles inaudibles. Moretti hizo caso omiso a todos. Parado, como su mutilado cuerpo lo permitía, y vestido con ropa de cocina que le llegaba hasta el cuello, anunció: «Queridos amigos, hoy les traigo una comida muy especial. Es lo mejor que probarán en toda su vida… y en la mía». Se retiró y esperó a que los mozos acercaran los platos.

Desde la ventana de la cocina, Moretti observó cómo los invitados probaron la comida. Al aparatoso y exagerado refinamiento de los comensales les siguió una frenética manía por devorar. Se volvieron locos por la comida, no pudieron reconocer qué era, pero advirtieron un gusto especial, que jamás en su vida, ni en la de Moretti, probaron antes. Quedaron deseosos. La porción, claro está, era diminuta, pero extremadamente adictiva. Por lo general, los platillos minúsculos caracterizaban el refinamiento gastronómico de Moretti, pero esta vez el tamaño obedecía a los rasgos particulares de la escasa materia prima con la que contaba el chef. Todos quedaron con ganas de más, mucho más. Permanecieron sentados, ausentes, con la mirada fija en la nada y la boca abierta. En silencio, cada tanto se escuchaba algún hipo o un eructo. Habiendo presenciado esto, Moretti ingresó de nuevo al comedor con una sonrisa en la cara. Juntando las palmas de las manos, parado frente a todos, dijo: «Hoy han probado un nuevo concepto de la gastronomía internacional». Palabras más, palabras menos, Moretti continuó con su exposición ante personas de ojos desorbitados y labios humedecidos por la baba. Consultado sobre el origen, naturaleza y causa del espléndido manjar, con enorme naturalidad e ignorando que parafraseaba al credo cristiano, Moretti dijo: «Este es mi cuerpo, vengan a comer, esta es mi sangre, vengan a beber».

Algunos de los comensales, al escuchar la confesión, regurgitaron, otros, directamente, vomitaron. Los demás, no obstante, quedaron atónitos, pasándose la lengua por la comisura de los labios. Tan horrendos y golosos como cualquiera de las criaturas de Dios, ellos se abalanzaron frenéticamente sobre Moretti. El sueño de nuestro chef, el de todos nosotros, en realidad: trascender, alcanzar la inmortalidad, superar el paso del tiempo a través de los demás, en este caso, convirtiéndose en un elemento, una molécula, tal vez una diminuta cantidad de calorías dentro del cuerpo de los otros. Cuando empezaron a caer sobre Moretti, él se sintió feliz, como nunca lo había estado en su vida. Al fin, había elaborado un platillo exquisito, fino, digno de los más exigentes consumidores de elite. Un manjar tan sabroso, tan mágico, que hasta los devotos de la anorexia organizada se desesperaban por comer. El éxtasis de Moretti, no obstante, duró poco, y dio lugar a la agonía. Luego de experimentar los primeros mordiscones, los incipientes rasguños, los dientes en el cuelloy demás, Moretti comenzó a padecer el terror. Es ese terror al que nos enfrentamos cuando nuestros deseos, y los de los demás, han sido saciados.

Comentarios

  1. Excelente Juan. No me asombra la calidad de tu narrativa porque ya te conozco en tu faceta docente, y la claridad con que expones tus conocimientos lo veo expresado en la marea de imagenes y emociones que devoro ávidamente, como los comensales de Moretti, al leer este cuento.

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