O reguero de hormigas de Yolanda Segura

Juan Rey

Editado en el 2016 por el Fondo Editorial Tierra Adentro (FETA), O reguero de hormigas de Yolanda Segura hace percatarnos que una vírgula de letras se desliza con el mismo espanto y horror que una ringlera de linfa. Las dos provienen de distintas profundidades pero por igual; al estar expuestas traen y llevan distintos peligros y recuperaciones: «Puede ser que todas las palabras / provengan de la intención de nombrar al rojo / que todas las palabras nazcan de la sangre».

El arrebol yendo y viniendo, ya sea escrito o diluido desde el corpus también se mueve inquieto, como trepidando sin que nadie se dé cuenta si tiene un origen o un propósito. Yolanda nos advierte con cuestionamientos si aquello que se disfraza de una inocente tonalidad desgarra hasta horizontes por violencia o por amor, pero tratados con un misterio aún no descubierto: «¿puede un ciclo de pensamiento / unificarse con un ciclo biológico?» (Segura, 2016).

No obstante, es verdad que en el orbe, en el transcurso de los tiempos, esa pigmentación ha recibido un distingo de fuerza y vigor por sí mismo. Las destrucciones o subversiones humanas son sólo aditamento para su sublevación: «… el rojo es el color de la revolución» (Segura, 2016).

Irónicamente, le anexamos más un vínculo con el fenecer del existir, pero nadie recuerda que todos hemos sido envueltos y recibidos embalados, por lo que jamás ha dejado de oscilar en cada uno: «Se anuncia en el rojo / todo lo que puede nacer» (Segura, 2016).

No es el significado que la sociedad le adjudica a su escurrimiento. Quizá si alguna vez en la vida la lluvia tomara proporciones, linfa no sería el juicio de Dios, sino la advertencia de lo que las potencias requieren para ser grandes. Luchar contra los hechos para devenir contrahecho; abrazar a aquello que brota como la leche y el mar, sin que nos demos cuenta de las olas demoníacas, para saber ser abrazados por miles de sofocaciones y delirios. ¿Buenos, malos? ¿Acaso importa? «Quieren que te fundas en el rojo y no luches / Deja que venga el miedo si así lo sientes / La sangre es una forma de cerrar los ojos» (Segura, 2016).

Pero ¿por qué se debería dar una lógica a su encuentro cada vez que la percibimos ajena o propia? Como si ya de por sí se le tuviese por medida o conocida. Acaso no podemos ser artistas de una nueva episteme; de un riesgo sobre un infinito líquido que nos disfruta por dentro y pudiendo ser el portavoz de todos nuestros sufrimientos y alegrías. Debería originarse e incubarse una microepistemología para nunca saciar lo inconsumible, una estética sobre la disquisición del flujo: «¿Es sangre? / ¿Es humana o animal? / ¿A cuál clasificación pertenece? / ¿Cuál es la edad de la mancha? / ¿De qué parte del cuerpo es?» (Segura, 2016).

Yolanda dirige su sorpresa a un existente diminuto e inabarcable por la densidad de sus vibraciones. La solepnosis invicta, a diferencia de sus homólogas que por igual son capaces de redoblarse en fuerzas, es artífice de una sangre mineral. Devenir sangre; ondas de líneas expansivas arquitectónicas sobre el planeta, sobre la capa terrestre; insecto bermejo. Sus emigraciones advierten los constantes microseísmos, pero no por ufanía, sino por naturaleza insurrecta:

Hormiga, gota de sangre coagulada, / modelo de viajes en las exploraciones / imposibles, hormiga como sangre que / cae a sobresalto, sangre insensata, / sangre peligrosa, sangre de sonámbula / a punto de caer, paciencia inacabable / de la hormiga, el cansado letargo de la sangre (Segura, 2016).

O acaso no será un matiz ya como condición propia de materia imperecedera, como las estrellas, los planetas, la tierra, el cosmos y, si se puede decir, el espíritu: «¿recuerdas que ya existías antes del rojo?» (Segura, 2016).

Quizá su mismo proceso de engrumecer obedezca a otros nutrimientos y desbaratamientos y no a aquellos que siempre hemos designado. Como si sólo fuera un quehacer recuperativo, pero que va más allá de la restauración. Ese espesar nos advierte del derrumbe de nuestra humanidad; antes de ser polvo nos volvemos líquido, mismo que deja de ser remitido a su órganos para canalizarse al exterior, y mostrarnos el fin cada que se expulsa. El condensamiento tiene la cualidad de asfixiar soles: «¿el coágulo cierra algo?» (Segura, 2016).

Su presencia es inobjetable para que nos procuremos a nosotros y seamos asépticos, característica indispensable para poder vincularnos a ella. No hay que subestimar su audacia. Su arribo es casi siempre intempestivo; en la mayor de las ocasiones, cuando nos enfrentamos a ella, es para sabernos derrotados. Aunque existen excepciones (no lo dudamos), pero la vida se encarga de que nunca las olvidemos cuando nos encontramos en tales circunstancias:

Cuando está, está impura, sucia y fea. Cuando / tiene la primera, no corre riesgo. / Cuando está, no debe bañarse ni lavarse la / cabeza. Cuando está, no debe comer / determinados alimentos. Cuando está, no debe / tocar las plantas. / Cuando está, es malo tener porque el cuerpo / está más abierto y más sensible (Segura, 2016).

Sin embargo, la mejor de sus magnitudes es su descarga que contrasta con todo. No para salir airoso, contradecir, imponerse, someter, necesitar, etcétera, sino que parece que colisiona para que lo demás perciba si pueden adquirir novedad o se trituran en la colisión. Parece sencillo, pero es ejecución de querubines diabólicos.

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